Un hombre busca en una ardiente tarde toledana cómo llegar al Hospital Nacional de Parapléjicos desde la estación de Renfe. El ambiente es abrasador, no hay sombras. El sol se refleja en la marquesina y en el móvil, no es posible ver, todo es calor, sol, luz, el aire quema. Especialmente el alma de este hombre.
Ha emprendido un camino desde un barrio madrileño para llegar al Hospital de Parapléjicos, ese complejísimo enclave de referencia que en Toledo resguardamos con orgullo y el más alto de los respetos. Parapléjicos llegó a la capital hace más de 50 años, una revolución científica para dar respuesta a problemas sin solución, a vidas paralizadas por un infortunio. Para buscar esperanza donde parece imposible encontrarla.
La esperanza está perdida en los ojos de este hombre, llenos de un pesar difícil de calcular. Su camino a Parapléjicos es una travesía para paliar la desesperación. La paciente es su nieta de apenas 14 años. La vida le ha impuesto a esta pequeña el obstáculo más grande: paralizar su cuerpo.
En medio de una tórrida tarde de agosto, un abuelo se abre camino para buscar un momento de consuelo. Para ofrecer una mano, un corazón abierto hasta el infinito. Existen dolores del alma que se reflejan directamente en los ojos y ofrecen una cura de humildad y agradecimiento. Son momentos que regalan una segunda oportunidad, una perspectiva nueva de la vida.
El abuelo se baja de un autobús y se prepara para tomar el siguiente. El camino es mucho más largo dentro de Toledo que desde Madrid hasta la ciudad. Por lo menos tiene una tarjeta con la que poder viajar y no pagar el impuesto del visitante en el transporte público de esta nuestra ciudad. ¿Te pago la tarjeta?, dice cuando la recibe, los ojos llorosos de su confesión, de cómo pasará este infernal verano.
¿Pagar? ¿No ha pagado usted ya suficiente?
Artículo de Francisca Bravo Miranda, periodista









