El Rey Felipe VI ha aterrizado en Toledo para visitar el Alcázar, ese edificio emblemático que ha visto pasar romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, guerras, incendios y ahora algunos políticos que no aplauden al presidente del Gobierno. Llegó en helicóptero a la Academia de Infantería y, pocos minutos después, entraba en el Museo del Ejército entre gritos de "¡Viva el Rey!". Y es que Toledo conserva todavía tradiciones de su antiguo carácter imperial, aunque también comunera, y quizás por eso la comitiva real no pasara delante del reciente monumento a María Pacheco.
El motivo era visitar la exposición 'España en los Estados Unidos. La contribución de los españoles y su ejército al surgimiento de una nación', organizada coincidiendo con el 250 aniversario de la independencia norteamericana. Una magnífica ocasión para recordar a nuestros amigos estadounidenses que, antes de que Hollywood inventara Estados Unidos, por allí ya andaban españoles explorando territorios, levantando presidios y complicándole considerablemente la vida a los británicos. God save the king.
La estrella histórica de la exposición del Alcázar es Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, conquistador de Pensacola y uno de esos españoles que ayudaron decisivamente a los insurgentes norteamericanos para después desaparecer discretamente de buena parte del relato popular estadounidense. España puso dinero, armas, suministros y soldados. Francia aportó glamour, George Washington puso su peluca y Mel Gibson ni nos menciona en su película El Patriota. Finalmente les salió bastante mejor a todos ellos que a nosotros en los libros de historia.
Donald Trump, de momento, parece no haberse dado tampoco por enterado del papel de España en su independencia. Probablemente nadie le ha explicado todavía que hubo una época en que España ayudó a hacer grande a América antes incluso de que existieran las gorras MAGA. E incluso que el nombre de su residencia de Mar-a-Lago está escrito en español por algo. Gálvez tiene desde 2014 un retrato en el Capitolio que afortunadamente pasó desapercibido a aquellos iracundos asaltantes y fieles seguidores del mismo presidente. Algo es algo.
Pero el personaje políticamente más interesante de la visita no estaba colgado de ninguna pared. Era Margarita Robles, que acompañaba al Rey apenas veinticuatro horas después de convertirse en protagonista por su llamativa frialdad parlamentaria mientras sus compañeros aplaudían a Pedro Sánchez.
La ministra de Defensa apareció hoy junto a Felipe VI con absoluta normalidad institucional. En España uno puede discrepar con Sánchez el jueves y visitar a Gálvez el viernes. En términos militares se llama capacidad operativa.
Y mientras el Rey contemplaba mapas de Luisiana y campañas en Florida, flotaba inevitablemente otra referencia geográfica más cercana: Ceuta.
El Gobierno asegura que Felipe VI irá a visitarla. El Rey quiere hacerlo. Zarzuela no lo descarta. Mohamed VI también querría hacerlo si pudiera. Todos consideran conveniente la visita. Solo falta ese pequeño detalle administrativo que suele complicar extraordinariamente la política española: poner una fecha.
Así que Felipe VI ha podido llegar hoy sin problemas a Toledo, territorio relativamente seguro y leal a la Corona, pese a sus cuestas. Para Ceuta habrá que esperar. Quizá allí haga falta enviar pronto otro Bernardo de Gálvez que saque adelante el trabajo duro.














