Distopías veraniegas (III): Memoria para no perdernos

"Hasta que el 18 de julio de 1936 estallara un golpe de Estado que arrasó con todo. También con la educación y la cultura. No solo dio inicio a una cruenta y desigual Guerra Civil, de una violencia sistemática hasta el momento desconocida para nuestra sociedad"

Un año más llega el 18 de julio. Hace noventa años unos generales bien organizados dieron un golpe de Estado para derrocar un gobierno legítimo elegido en el marco de una República que iba dando sus frutos a pesar de los numerosos obstáculos a los que se enfrentaba. Sí, aquello sí fue un golpe de Estado, de manual, desgraciadamente para este país y pese a quien pese, el 18 de julio sufrimos un golpe de Estado que inició uno de los períodos históricos más oscuros que hemos tenido en nuestra sociedad. No estaban solos, lo llevaron a cabo con el apoyo explícito de importantes fuerzas nacionales: ejército, terratenientes, burguesía, Iglesia católica; e internacionales, con Hitler y Mussolini a la cabeza.

Fue un golpe de Estado contra una República que había puesto a los maestros al frente de su intento reformador, conscientes de que las reformas económicas eran lentas y encontraban fuertes reticencias, sobre todo de los terratenientes y clases privilegiadas en un orden aún postfeudal. Conscientes también de que apostar por la educación y la cultura era apostar por el presente y por el futuro del país. Conscientes de que la ignorancia rampaba a sus anchas y convertía a la población en carne de cañón del abuso y la manipulación.

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La educación y la cultura fueron sus grandes valedores, con no pocos obstáculos también enraizados en la miseria, la ignorancia y la manipulación de una iglesia que usaba gran parte de su poder para mantener a los feligreses mansos frente a los abusos.

La tarea no era fácil, pero había ilusión y muchas posibilidades. Hasta que el 18 de julio de 1936 estallara un golpe de Estado que arrasó con todo. También con la educación y la cultura. No solo dio inicio a una cruenta y desigual Guerra Civil, de una violencia sistemática hasta el momento desconocida para nuestra sociedad, donde la tortura y los paseos se legitimaron y convirtieron en norma. El exterminio del bando enemigo se convirtió en objetivo. Se cometieron crímenes en ambos bandos, pero lo del fascismo fue un empezar y no parar. La represión feroz, ejecuciones masivas, "escuadrones negros", fusilamientos dejando los cadáveres en las cunetas para mostrar lo ejemplificante del castigo, rapados de cabeza, marcas de por vida, violencias mantenidas en el tiempo, mujeres denigradas, encerradas, castigadas de muy diversas maneras. Una forma única de ser mujer y de ser hombre. La diferencia se borró. Y un pensamiento único católico nacional que se metía a la fuerza en salones y dormitorios de las casas, que criaba a los niños y mantenía a raya a los mayores. Así durante largo tiempo, demasiado. El 18 de julio de hace casi cien años estalló la muerte en España. Y su sombra no cesó en 1939, el fin oficial de la guerra Civil, se prolongó hasta 1975, cuando se inició, tras el fallecimiento del dictador, una compleja transición.

Por el camino, tras cuarenta años, dejaron un país irreconocible. La transición y los años posteriores no podían ser fáciles. Se intentaría imponer el silencio, el que durante tanto tiempo funcionó. Cuarenta años sin poder hablar nos convirtió en una sociedad poco acostumbrada al diálogo y la construcción a través de la palabra. El silencio fue durante demasiado tiempo el hábitat natural de esta España. Al que decía algo que no debía, lo mataban, o peor lo torturaban o marcaban de por vida a su familia. No era para andarse con tonterías y decir lo que una pensaba así sin más.

Casi cien años después viene bien recordar esta fecha del 18 de julio donde la muerte se impuso, viene bien recordar sus consecuencias, y viene bien tener presente que no queremos volver a ser aquella sociedad que una vez tuvo un sueño, un sueño que fue erradicado con violencia y crueldad, con manipulación y ruindad, por las clases más pudientes.

Pero casi cien años después escuchamos consignas añorando aquellos tiempos de represión y a jóvenes, demasiados, repitiendo que quizás en la dictadura no se vivía tan mal, que se hacían pantanos, infraestructuras, y que había trabajo. La publicidad del Nodo calando en pleno siglo XXI, increíble. O no.

Hay una ola reaccionaria, y es potente. Se ha aprovechado del lenguaje superficial de las redes, de la entrada de nuestros jóvenes en las mismas sin precaución alguna, de los silencios de quienes dábamos por hecho que los derechos adquiridos no podían perderse. De la falta de memoria, porque nuestra democracia se construyó sobre un pacto de silencio. Pero no nos confundamos, si no hacemos por conservar lo adquirido puede eliminarse, y de un plumazo.

En EEUU ya se están censurando libros, se detiene a personas por su color de piel y empiezan a surgir grupos que defienden que la mujer no debería votar. Es de locos, pero es. Y está sucediendo en el corazón de la sociedad occidental. Mucho más cerca, en España tenemos una presidenta regional que acaba de conceder más derechos a un embrión que a una persona inmigrante sin papeles, una oposición que habla de entrar con lanza llamas en los medios de comunicación porque no les gusta lo que dicen ni cómo lo dicen, unos juicios que se aceleran o demoran, se inflan o se estrechan en función de las siglas políticas a los que pertenezcan los denunciados, jóvenes gritando consignas fascistas orgullosos de ellas, insultos gratuitos a un presidente del gobierno porque les parecen graciosos, intimidación normalizada a personas inmigrantes, denigración del feminismo… La lista de cosicas que tenemos acá y allá es bien larga. Por eso, este año venía bien conmemorar los 50 años de nuestra joven democracia. Y por eso creo oportuno mencionar la distopía que supuso aquel 18 de julio de un aciago verano de 1936, no solo para que no se vuelva a repetir la historia, sino para intentar que ni nos acerquemos a ella.

La democracia que hoy tenemos no es perfecta, pero es nuestra democracia, la construimos entre todos. No dejemos que la destruyan unos pocos.

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