Comienza el verano y julio entra potente. Con este calor se le quitan a una las ganas de todo, incluso de escribir. Pero cada uno tiene sus manías y ahora que tengo un poco más de tiempo, -sí los profes tenemos vacaciones a partir del 1 de julio- porque desde que la chavalada termina las clases hasta esa fecha los profes rellenamos informes que nadie sabe si servirán para algo, nos reunimos para decidir sobre reclamaciones de alumnos que no han hecho nada, pero nada en todo el año, y a quienes parece injusto suspender la asignatura, a ellos y sobre todo y sorprendentemente a sus padres, y con el tiempo que nos sobra, menos del deseado, programamos posibles mejoras para aplicar el curso siguiente.
Pero llegaron las vacaciones, y ahora que tengo algo de tiempo, decía, aquí estoy aporreando el ordenador. Porque aunque el calor nos quita las ganas de todo, la realidad no deja de darnos situaciones de las que hablar y reflexionar. De qué hablar. De qué no hablar, me pregunto yo.
Porque parece que vivimos en un escenario cada día un poco más distópico.
Lo digo ahora que acabo de llegar de un atardecer en el Valle mientras cientos de motos han comenzado a pasar dando pitidos y acelerones en lo que entiendo era una concentración de moteros. Lamento mi escasa empatía, pero soy incapaz de comprender el atractivo de gastar gasolina y aumentar hasta el infinito y más allá la contaminación acústica en un entorno como el Valle de Toledo, por no hablar del aumento de la temperatura un día en que hemos superado los 40º. Todo sostenible.
A nivel energético no se me ocurre mejor símil que el de un desfile en el infierno, y lo crean voluntariamente personas que nada ganan con ello, más allá de tragar humos y ruido. Pero lo que es peor, lo permiten las autoridades, porque allí había policía local para cortar el paso. Deben considerar que esto es un acto de interés público. No lo sé, claro que tras planificar la pista de Fórmula 1 en Madrid, todo es posible. Pero bien, todo bien. Plantar árboles y aumentar la vegetación, no, pero a los moteros, no les vamos a decir que no a los moteros. Que tampoco pasa nada.
Si total el mundo está que arde. Arde el cielo y arden nuestras vidas. Pero por favor no perdamos el norte, siempre nos quedarán las reposiciones de Verano azul y la esperanza de que todo puede ir a mejor, con la sombra de que también puede ir a peor.
Spoiler: Chanquete muere, ese pueblo idílico será destruido por la especulación inmobiliaria, y uno de los actores sufrirá de alcoholemia en su vida adulta. Vaya con los finales feos. Y como no hagamos algo, el de nuestra serie veraniega llamada realidad no pinta bien.
El cambio climático nos trae temperaturas desérticas. Lo sabíamos. Salvo aquel inolvidable primo de Rajoy, todos las voces autorizadas nos lo llevan avisando décadas. Pues ya está, lo tenemos encima. Y ahora que ya está aquí, quizás, digo quizás, podría ser un buen momento para tomar medidas. Quizás, digo quizás, podríamos pensar en verde, en acondicionar nuestros espacios para que sean más frescos, donde la vegetación podría ser la protagonista. Hasta podemos mirar a las ciudades más sostenibles e intentar imitarlas.
También podemos no hacer nada, seguir sudando la gota gorda y enfermarnos mientras nos quejamos del calor que hace. El otro día comentábamos entre amigos que desde Francia se iba a enviar a España a un grupo de expertos para que les informáramos de cómo gestionamos las altas temperaturas ¨Ya verás la cara de chasco cuando les digan que no hacemos nada¨. Nos reímos un buen rato con el chiste, pero, quita, que no era un chiste, que es la realidad.
Y es que nuestras autoridades viven ciegas al elemento que más marca nuestras vidas durante un tercio del año, el calor.
Pero oye, humos y moteros en el Valle que no nos falten, que eso sale gratis a las arcas y así se fomenta la libertad de expresión. También salía gratis visibilizar la semana del orgullo, y para ello el Ayuntamiento tuvo la delicadeza de colgar en uno de los balcones una banderita tamaño playmobil. Y no me digan que lo importante no es el tamaño de la bandera, con la que nos liaron al izar la que está al comienzo de la Reconquista. El tamaño importa, y para este ayuntamiento mucho. Pero en tema de derechos y libertades aún damos patinazos. De hecho, como nos descuidemos, la libertad de expresión nos va a servir de bien poco. Entre el sinsentido de los acontecimientos y el calor, lo mismo nos quedamos sin palabras.
Esperemos que no, pero esperemos también que la apuesta política de gestión de la temperatura no pase por esperar a que haga más fresco. De ser así, siempre nos quedará la libertad de tomarnos una caña en alguna terraza, aunque ya cuando caiga el sol. Quizás esa es la apuesta política. La hostelería es la gran y única herramienta para soportar los calores. Sí, nuestros vecinos gabachos van a flipar. Ríete tú del chiste.











