Esta semana el verano nos dio una tregua climática. En varios puntos de la península bajaron las temperaturas y ya se puede respirar. Tiempo de calma, o no.
La semana pasada fui a ver en Toledo el último gran estreno de Chistopher Nolan. "Marta, la sala llena para ver La Odisea. Hay esperanza en la humanidad", me dijo la amiga con la que iba. Creo que las estrellas que en ella participan, director incluido, ayudaba a esta realidad, pero oye... no deja de ser un éxito tanta gente interesada en el mito épico occidental por excelencia.
La adaptación me pareció maravillosa. Mucho cambio respecto al texto original, pero en mi opinión, muy coherente con la esencia de la historia. Lo que Nolan sin duda ha enfatizado en la obra, que Homero quizás dejó entrever, es el antibelicismo. Siendo una peli de guerra, Troya está en su origen, su esencia es puramente antibélica, como las de todas las grandes pelis de guerra por otro lado.
Olé por Nolan, objetivo conseguido. Una sale de la sala pensando, vaya gran mierda que son los conflictos armados, como si no tuviéramos bastante con lidiar con los conflictos personales, se mete un arma por medio y ya está destruido el plan de vida de toda una sociedad.
A Elon Musk parece que no le ha gustado la película, supongo que hubiera preferido otro 'leit motiv', algo así como un "sálvese quien pueda" o "el hombre es un lobo para el hombre" que tantas matanzas y egoísmos justifica. Un espíritu deshumanizado demasiado presente en nuestros días, y que tanto se fomenta desde variadas instancias de poder. Malditos cabrones. Lo siento, no se me ocurren palabras más certeras.
Igual que no se me ocurre un epíteto más certero para aquellos que hayan podido promover el movimiento migratorio masivo que hemos vivido estos días entre Marruecos y Ceuta. Que setenta y dos mil personas fueran impulsadas, aún no se sabe exactamente por quién, pero se intuye la mano a jugarse la vida atravesando a nado la frontera con Ceuta.
Que ante el hecho, la reacción de la derecha haya sido llevarse las manos a la cabeza por la falta de seguridad, hablar de invasión, llamar al miedo, que veintidós gobiernos de derechas de la UE se lanzaran a firmar un manifiesto acusatorio por la mala gestión de la política migratoria, más seguridad y menos regularización venían a decir, me parece inaudito y nos deja claro el marco en el que nos desenvolvemos.
Han muerto cien personas por el camino, hay unos quinientos menores que han llegado y no tienen dónde dormir ni qué comer; la enorme mayoría de las personas que llegaron lo hicieron engañados. De hecho, ya son setenta mil los que han regresado.
La política migratoria falla, sí, pero de base. Falla la política migratoria europea, que delega en los países dictatoriales y violentos el cuidado de sus fronteras. Falla el reparto estratégico del presupuesto; invertir más en el origen del problema, la miseria y guerras de los países de origen, o en la gestión de la acogida de migrantes en los países de destino, en lugar de invertir miles de millones de euros en una seguridad violenta y punitiva que trata como criminales a quienes no lo son.
Falla el espíritu de acogida, que ve con recelo al que llega, es diferente, habla raro y encima es pobre; en España de esto sabemos mucho, hace no tanto éramos un país emigrante y en Francia y Alemania recibimos el mismo trato que ahora damos nosotros. Ironías de la vida, no sucedió así en América Latina, donde se nos recibió con los brazos abiertos, cosa de la que no podemos presumir nosotros en la actualidad.
Han muerto cien personas y se ha manipulado a otras miles, como si su vida no contara, son marionetas en un juego donde las reglas las ponen otros, sin el menor disimulo. Tanto el hecho como la reacción creo que debería dar lugar a un amplio y profundo debate de los tan cacareados “valores europeos” . Cuáles son y si están presentes en los discursos y políticas migratorias.
Porque por favor no lo olvidemos, aunque a día de hoy suene exageradamente cándido, la base de nuestra convivencia es que cada vida es un tesoro y hay que cuidarla como tal, con la dignidad que merece. Cada vida de cada persona, con independencia de su origen, raza, sexo, patrimonio o religión. Así se lo traslado a mis hijos, así se lo traslado a mis alumnos, y así me encantaría que se aplicara en las políticas públicas y discursos de una Europa cada vez más desdibujada en todos los sentidos, salvo el fronterizo.
Uno de los aspectos que más llamó la atención a Hannah Arendt en los juicios de Nuremberg y que describió en La banalización del mal fue la deshumanización de la víctima, su cosificación, su conversión en un dato burocrático. Atención, el discurso de la derecha y nuestra política migratoria nada de lleno en estos conceptos. ¿Queremos seguir en estas aguas? ¿Es este nuestro referente? Entre tanto el Mediterráneo sigue siendo un profundo agujero negro que traga vidas, mientras nosotros seguimos mirando hacia otro lado, con las armas listas no sea que nos invadan.
Tranquilos, ya hemos sido invadidos, pero no por los pobres, sino por los muy ricos y muy psicópatas, que nos van quitando escala de valores, prioridades, viviendas, calidad de vida, nuestra humanidad sin que nos demos cuenta. No la entreguemos tan fácilmente. Conmoverse por lo que ha pasado, por esas cien personas muertas, por las setenta y dos mil personas manipuladas, invisibles para un sistema global que las engulle. Por nosotros, que formamos parte del juego.
El llanto de Odiseo fue por tantos de sus hombres caídos en la locura de una guerra y el regreso a Ítaca. Y ahora, en pleno siglo XXI, ¿por quién derramamos nuestras lágrimas?, ¿dónde está nuestra Ítaca? El Mediterráneo nos lo pregunta con urgencia. Quizás las vacaciones, el tranquilo oleaje mientras miramos el horizonte infinito del mar en el espacio seguro de la playa pueda servir de inspiración para encontrar respuesta. Suerte, la necesitamos.









