“Tienes que mirar un poquito más por ti”. Esta frase me la dijiste hace ya unos años. Una mañana de junio, con el sol de mediodía entrando por la ventana de la habitación.
Recuerdo que estuvimos horas hablando. Tú me contabas cómo te sentías. Sin entrar mucho en detalles, porque siempre tuvimos la suerte de entendernos con la mirada.
Con una sonrisa empezaste a recordar momentos que vivimos juntas. Y, mientras me cogías de la mano, te alegrabas por mí, por haber encontrado mi sitio y por el rumbo que llevaba mi vida. Hoy, recordándolo, caigo en que fue nuestra última conversación. Hace cinco años.
Han pasado 1.826 días. Mentiría si dijera que me he hecho a la idea. O que nos hemos hecho a la idea. La vida ha seguido su curso. Incluso horas después todo continuaba. Y joder, ¡qué rabia! Ese fue el sentimiento por el que todos hemos pasado. Después vino el enfado, luego la desolación y vuelta a empezar.
Desde entonces, la vida ha cambiado. Me ha cambiado.
Aprobé el trabajo de fin de grado -por el que me preguntabas todos los días-, dejé Madrid, volví a Toledo y tuve trabajos que me hicieron sobrevivir y ser independiente. Y desde hace un año -por fin- trabajo como periodista. Aunque tú nunca tuviste dudas de que esto pasaría.
Dejé atrás a gentes que fueron familia, a amigos que no volví a ver; y han llegado personas para quedarse y que me hacen la vida un poquito más fácil.
Desde entonces, hemos tomado malas, pero también buenas decisiones. Y sé que estarías muy orgullosa de unas cuantas.
Lo bonito de la vida es que continúa. Y lo triste es que lo hace sin ti.
Aun así, hay días en los que te descubro en una frase que repito sin darme cuenta, en una carcajada y en una forma de mirar, o en una noticia que sé que habrías celebrado.
Y, por un momento, vuelvo a aquella mañana de junio.












