O el pisazo, según se mire, ya que en esta vida todo es relativo. Para la inmensa mayoría de la ciudadanía particular es un casoplón y para una minoría selecta, una chabola o algo así. Por ejemplo, para el mal llamado emérito, que, por cierto, no es tal, sino honorífico, según el Real Decreto Ley 470/2014, de 13 de junio, publicado en el Boletín Oficial del Estado el posterior día 19. A este señor, que oficialmente conserva también el tratamiento de majestad, igualmente a título honorífico, se le mete en el mencionado inmueble y protestaría diciendo que son cosas de los rojos que no cejan en el empeño de destruir la monarquía y, por ende, a España. Vamos, que es una chabolilla. Porque claro, para vivienda digna propia de su condición, la que disfruta en Abu Dabi, no se sabe con cargo al bolsillo de quién, o sí.
Habrá advertido el inteligente lector o lectora que me estoy refiriendo al ático más afamado de la historia de España. Que si era para ocupación temporal mientras duraran las obras de remodelación de la Real Casa de Correos; que si ni siquiera existe proyecto de remodelación de la Real Casa de Correos (a la sazón, centro de tortura de desafectos al régimen de Franco durante la dictadura); que si era para ocupación temporal durante la ejecución las obras; que si era para ocupación temporal durante la ejecución temporal de las obras, por qué no han alquilado en vez de comprar un inmueble que ha costado una pasta gansa; que si ahora lo vendemos para destinar su venta a prevención, extinción y reparación de los daños causados por los incendios; que si Planifica Madrid, la compradora, no tiene en su objeto social nada que tenga que ver con incendios; que el casoplón no puede ser destinado a otro uso que no sea estrictamente residencia; luego, con cambio de guion, que si la presidenta de la Comunidad de Madrid no tiene residencia oficial, la pobre. Y ni particular, porque coincidiendo cronológicamente con la compra, el ciudadano particular con el que convive la señora presidenta puso a la venta su polémico hogar de Chamberí. Y finalmente, -por ahora, después ya veremos- que la jefa no sabe nada, porque no es asunto de su competencia, como dijo públicamente hace unos días, y que todo esto ha sido cosa de Miguel Ángel García Martín, consejero de Presidencia, Justicia y Administración Local del Gobierno de su Comunidad Autónoma, y a la sazón, presidente de Planifica Madrid, la compradora, pero que eso, que ella, ni idea. Al día siguiente, este pobre hombre -pobre hombre porque parece condenado a comerse el marrón marronazo, casi negro que le ha endosado la jefa- respondió a la prensa que esto es cosa de las izquierdas que construyen fantasmas donde no los hay y que el gobierno lo utiliza para tapar sus vergüenzas y todo en este plan. Solo le faltó decir que la compraventa se celebró el 14 de abril, nonagésimo quinto aniversario de la proclamación de la II República, como guiño a la oposición para demostrar su talante conciliador, propio del centro derecha, que no facha perdido, igual que él y todo su partido, incluidos Miguel Tellado, Ester Muñoz, Cayetana Álvarez de Toledo, el moderado Feijoo y tantos otros.
Reconozco que este señor del que hablo me ha traído obsesionado durante un tiempo. Le recuerdo siempre en su escaño de la Asamblea de la Comunidad de Madrid, cara sonriente, boca entreabierta, moviendo la cabeza arriba y abajo mientras miraba a su jefa -se sienta a su derecha- cuando ella soltaba sus consabidos exabruptos. Mi duda existencial consistía en que me recordaba a alguien o a algo, pero no daba con ello. Y me ocurrió lo que dicen que es frecuente: hasta que no se da con la clave no para uno. Y por fin se me encendió la luz: tatachín, igualito, igualito que aquellos perritos que se pusieron de moda en los años 60 y 70. Eran unos muñecos, perritos, que muchos hombres del 600, como los llamó el gran Moncho Alpuente, colocaban en la bandeja posterior del coche, mientras Luis Eduardo Aute, en 1967, cantaba ‘Made in Spain’: <<El pueblo está muy contento con el fútbol y un 600>>. Los ponían en los 600 y en algunos otros, normalmente utilitarios, pues ya se sabe que los ricos siempre han tenido más gusto que el populacho. Tenían cara sonriente, boca entreabierta y movían la cabeza de arriba abajo, especialmente al frenar o en las curvas. O sea, muy kitsch, muy hortera o las dos cosas a la vez. Siguiendo con la digresión, también se puso de moda colocar una almohadilla, preferentemente de ganchillo, bien sola, bien al lado del muñeco, esto último para que no le faltara de nada al coche de sus sueños del feliz propietario del vehículo. O sea, la alienación por el consumo, analizado por Herbert Marcuse en su obra ‘El hombre unidimensional’, escrita en el año 1964, y que, en mi opinión, sigue de actualidad, más incluso que cuando la escribió. También con esto había gente ingeniosa. Recuerdo el día en que un cachondo pegó un cartelito en la luna trasera del coche: <<Yo también tengo almohadilla, pero hoy está en la lavadora>>.
Sigamos con el asunto. ¿Y ahora qué? ¿Se comerá el marrón el señor siseñor? ¿Caerá Ayuso? ¿Caerán los dos? ¿No caerá ninguno? ¿Supondrá un batacazo electoral en las próximas elecciones? ¿No habrá batacazo? ¿Habrá solo un poco de batacazo? ¿El pueblo de Madrid preferirá votar otra vez libertad, la de las cañitas con tapitas en las terracitas en plena pandemia y contra el comunismo que todo lo destruye o le dará esta vez mayormente por la democracia? Que dicho sea de paso, vaya invento: frecuentar los bares era la única libertad que toleraba la ominosa, o sea…
En tiempos de Franco, en verano los periódicos eran más aburridos que ahora, especialmente en agosto, porque no pasaba nada y tenían que publicar lo que se llamaban serpientes de verano. Recuerdo el titular de una revista satírica, aunque no sé si era de los tiempos de la dictadura o algo posterior: <<El Gobierno se ha ido de vacaciones, España empieza a funcionar>>. Ahora parece al revés, cuánta agitación a pesar del calor. No respetan nada.
No sé si otro día volveré a hablar de esto, pero ya en serio, que tiene mucha miga. Y sí, hoy me he levantado con la vena satírica, pero en legítima defensa, para combatir mi indignación e intentar mantener mi salud mental, dentro de lo que cabe, porque como muchos y muchas, no todos y todas, estoy de estas gentes hasta el pico de la boina o más arriba. Y hay que contar el porqué.
Permanezcan atentos a la pantalla, continuará.
Artículo de Pedro José Martínez García, abogado jubilado, y no solo por razones de edad. Pero esa es otra historia









