Crónica desde la platea del Teatro de Rojas

El Rojas le da réplica a Cliff

Este domingo, 1 de noviembre, el Teatro de Rojas ha acogido una celebración de la magia familiar. En Magic around the world, Cliff the Magician ha enlazado humor y música con las réplicas de los niños y niñas. Una cita del abono familiar en la que varias generaciones han compartido el gusto de seguirle el juego al mago

Los niños se toman la magia en serio. Miran las manos, sospechan de las intenciones del mago y se permiten la alegría de volver a creerle. Cliff the Magician ha encontrado hoy en esa mezcla de vigilancia y entusiasmo un público magnífico para Magic around the world. En el Teatro de Rojas, dentro del festival Toledo Ilusión 2026, el ilusionista inglés ha hecho de la complicidad infantil el argumento que mantenía unida la función. Su mejor recurso escénico era la relación que sabía establecer con quienes tenía delante, una relación franca, divertida y lo bastante ágil para que cada respuesta pudiera incorporarse al juego. El espectáculo avanzaba con esa conversación entre el escenario y las butacas.

Cliff lleva el humor en la manera de presentarse y de recibir a los demás. Su simpatía tiene algo de hospitalidad escénica, hace agradable estar allí y da ganas de colaborar. El personaje adquiere consistencia en esa relación, en cómo reacciona, se toma un tiempo y permite que la respuesta del público cuente. Robert-Houdin definió al ilusionista como “un actor que interpreta el papel de un mago”. La observación resulta pertinente ante un artista que obtiene buena parte de su eficacia de lo que hace entre los efectos, cuando necesita conservar el interés y dar continuidad a la conversación. La personalidad de Cliff mantenía reconocible la función y ofrecía una referencia a la que volver después de cada sorpresa. Se podía seguir su intención, disfrutar de su expresividad y acompañarlo en el siguiente juego.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Antes de la sorpresa hay un problema de tiempo. El artista anuncia una posibilidad y durante unos instantes dispone de nuestra curiosidad. Importa cuánto concede a la espera y cómo convierte esa espera en una situación que apetece seguir. Cliff ha manejado ese intervalo con humor, enlazando las reacciones del público y conservando el deseo de saber qué vendría después. Su soltura daba continuidad a los juegos y permitía que la función mantuviera el impulso entre un desenlace y la siguiente propuesta. La atención de todos llegaba a concentrarse en una misma posibilidad y podía desbordarse después en la risa. Ese movimiento tenía su composición, exigía graduar lo que se ofrece y saber cuándo ofrecerlo. En la magia, el desenlace modifica lo que acabamos de ver y nos obliga a reconsiderarlo. Cliff sabía hacer de ese pequeño vuelco una diversión que daba ganas de seguir mirando.

Los niños ponen a prueba ese trabajo con una franqueza que exige reflejos. Una respuesta puede introducir una lógica imprevista y cambiar el curso de una escena. Cliff ha contado con esa posibilidad, haciendo agradable intervenir y prestando atención a lo que llegaba desde las butacas. Merecía destacarse el trato con cada participante, porque de él depende que los demás se sientan invitados a colaborar. El mago podía atender a una persona y seguir jugando con el conjunto. Esa doble mirada permite que una intervención individual se convierta en asunto de todos y que cada cual conserve su lugar en la representación. Los niños y niñas reconocían la posibilidad de tomar la palabra, aventurar una respuesta y sentirse parte de lo que estaban viendo. La confianza se ganaba en ese intercambio, con el cuidado de quien sabe que ponerse ante los demás también requiere una pequeña dosis de valor.

El humor hacía más fácil dar ese paso. Cliff sabía acompañar las respuestas y aprovechar su energía, manteniendo el tono de una función que se ofrecía con ganas de compartirla. Su simpatía se traducía en una manera de recibir al otro y darle sitio dentro de la broma. La comicidad ayudaba a entender la situación y a reconocerse como cómplice, de modo que la carcajada tenía efectos sobre lo que vendría después. El público entraba en el siguiente juego con la familiaridad que el intérprete acababa de ganar. Esa confianza le permitía conducir a la sala y mantenerla pendiente de una curiosidad que seguía sin resolverse. Cada edad entra en la broma por un sitio. Un gesto puede bastar al niño mientras el adulto disfruta de la intención que lo prepara. Cliff encontraba una comunicación suficientemente clara para que esas entradas diferentes desembocaran en la misma risa. El humor iba escribiendo la función a medida que esta avanzaba.

PUBLICIDAD

Advertisement

La música contribuía a gobernar ese movimiento. Daba pulso al espectáculo y acompañaba sus cambios de intención, mientras Cliff trabajaba también con la música involuntaria de la sala, con la duración de la risa y el tiempo que necesita una respuesta para llegar. El oído interviene en decisiones muy concretas, sostener una pausa, recuperar la acción o dejar que una reacción termine de expresarse. Cliff mostraba esa atención al ritmo, necesaria para dar a cada momento su medida. El gesto y la palabra tenían claridad, y la interpretación conservaba flexibilidad para acomodarse al público. Su fuerza escénica estaba en esa manera de conducir y escuchar a la vez. El Rojas podía seguir una función bien llevada y disfrutar de la impresión de estar influyendo en ella.

“Mi cerebro es la llave que me libera”, dejó escrito Houdini. Ante la atención infantil, la frase adquiere una viveza particular. Los niños piensan mientras se divierten, revisan lo que creen haber visto y ensayan explicaciones con la misma seriedad con la que aceptan una ficción. La imaginación trabaja. Cliff les daba motivos para ejercerla y encontraba en sus reacciones cómo prolongar el interés. El placer del ilusionismo estaba también en esa discusión con lo que parecía posible, en la satisfacción de sostener una sospecha y consentir que el artista la pusiera de nuevo en cuestión. La risa ayudaba a disfrutar de ese desconcierto. Cada uno podía saberse dentro del juego y conservar, al mismo tiempo, el deseo de entenderlo.

Los adultos participaban de esa curiosidad y podían disfrutar, además, de lo que sucedía a su lado. El teatro familiar permite mirar al artista y advertir de reojo la reacción de quien nos acompaña, reconocer su entusiasmo y volver a la escena con algo añadido a la propia diversión. En ese ir y venir hay una intimidad que se comparte con toda la sala. Cliff reunía edades diferentes alrededor de situaciones que cada una podía leer a su manera. Se daba una complementariedad de públicos muy concreta, el niño descubría lo que el adulto quizá había dejado de mirar y el adulto podía encontrar, en aquella atención recién estrenada, un motivo para revisar la suya. La experiencia familiar tenía ahí su interés, en lo que cada generación podía recibir de la otra.

El abono de Teatro y Danza en Familia del Rojas permite prolongar esa relación a través de cinco espectáculos de otoño. La bella durmiente, el musical de tus recuerdos presenta a Aurora, una abuela que decide poner sus recuerdos a salvo a través de su nieta Alba. El relato coloca la transmisión de la memoria entre generaciones en el centro de la propuesta y confía a la música el desarrollo de esa relación, con motivos de interés para quienes reciben los recuerdos y para quienes los entregan. Triplette recurre a tres payasos y a la poesía del absurdo bajo la dirección de Leandre Ribera; La casita de chocolate propone la ficción mediante títeres; La reina pirata incorpora la aventura de un naufragio y la búsqueda de un tesoro, y Cliff sitúa el ilusionismo entre esas posibilidades. Hay una selección de oficios y maneras de contar que merece atención. La voz de un elenco, la precisión de una actriz manipuladora y la presencia del mago piden destrezas diferentes y despiertan otras formas de interés. Quien regresa a la misma butaca puede empezar a distinguirlas, relacionar lo visto y descubrir qué le atrae de cada una.

La complementariedad de las obras alcanza también a quienes las contemplan. Una historia sobre la memoria familiar ofrece motivos de atención distintos a un abuelo, a un padre y a un niño, y hace posible que esas lecturas se encuentren después. La aventura, el cuento conocido o el humor del clown solicitan otras respuestas, amplían el repertorio de emociones y dejan asuntos sobre los que conversar. El abono da continuidad a ese descubrimiento y permite que una función despierte el interés por la siguiente. Esa regularidad importa, concede tiempo para que se forme un gusto propio y para que las familias incorporen el teatro a sus costumbres. El Rojas propone así una relación entre públicos, actuaciones y obras en la que la variedad tiene un propósito, ofrecer distintas razones para volver.

Se agradece al Teatro de Rojas que cuide esa amplitud y haya acogido hoy una función de magia familiar con tan buena disposición para entenderse con sus espectadores. La producción de Woody Aragón y el trabajo técnico de Rubén Martínez Guillén sostienen esta cita en la que Cliff ha conducido el humor y la música con una presencia afable, atenta a los niños y niñas y pendiente del resto de la sala. La infancia tenía derecho de réplica y un artista capaz de escucharla. En el Rojas, la magia había encontrado con quién hablar.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Scroll al inicio