Según la experta en economía social y cultura comunitaria, Rocío Nogales Muriel, "la hipótesis central de la soberanía cultural no se basa en participar en programas diseñados desde arriba. No es que tengamos agencia a partir de que nos conceden fondos y recursos, si no que la ciudadanía tiene que tener acceso a cómo se asignan, gestionan, conceden y evalúan esos fondos. Hay algunos ejemplos ya de decisiones que podrían tomarse, desde consejos ciudadanos hasta presupuestos participativos o asignaciones también participadas, pero desde el punto de vista de la eficiencia (mantrísima neoliberal) los “costes de transacción” (que están en la base de una economía relacional y del cuidado) son altísimos para estos modelos de gestión, aunque no se dan cuenta del potencial de amortiguador social que tienen y la de tensiones y problemas que pre-solucionan!!".
Trayéndolo a Toledo, al ecomunicipalismo hacia el que queremos transitar, no es tanto que un grupo de vecinos pidamos que nos abran y doten de presupuesto el único centro cívico que hay en el Casco Histórico -el C.C. de Padilla- o un centro juvenil -estaba en el camarín de san Cipriano y ahora lo van a trasladar a los chalets junto al parque de las Tres Culturas, a ver si así los jóvenes pueden realmente usarlo- es que queremos tomar las decisiones y autogestionarlo, como ya se hizo y se demostró que podía hacerse este verano en Oasis, refugio climático, cultural y comunitario (Ver anterior artículo). En un modelo de participación en el que las asociaciones de vecinas ya no son las principales agentes, sino las asociaciones culturales, las redes vecinales o las plataformas en lucha, urge una reforma radical de la ordenanza de participación que abra todos los centros culturales de la ciudad a estas movilizaciones de manera gratuita. Los municipales, los nacionales, los regionales y, por supuesto, los del Consorcio. No a cambio de tasas prohibitivas. Algo que acabó, por ejemplo, con el Rastro literario de Libros Viven en el Salón Rico o que acaba con cualquier iniciativa cultural en la ciudad. Pero de esto ya hablaremos en otro artículo.
Volvamos a la participación y a la educación en ella. No es que los jóvenes participen, es que se eduquen en y desde la participación en sus centros educativos -ahí tenemos el experimento de la comunidad de aprendizaje en el CEIP San Lucas-, no para que tengan más competencias o habilidades blandas, no son maquinitas o mano de obra barata, sino para que puedan actuar como ciudadanía de pleno derecho. Y sí, las profesoras están para educar en conocimiento, pensamiento crítico, cuestionamiento, colectividad y derechos democráticos. No para enseñar competencias, sino para regenerar nuestras sociedades: el clamor se está sintiendo a lo largo y ancho de Europa, es urgente que la fiesta la organicemos nosotras.
No es de recibo que, de cara a la organización de una huelga general que parte de la ciudadanía, la única asociación activa de la ciudad en materia de juventud -la Unión Popular de Estudiantes- solicite educadamente a los equipos directivos de los centros de secundaria organizar asambleas para explicar los motivos para la movilización y obtenga como respuesta en tres centros no sólo una negativa, sino una amenaza directa a que si ejercen sus derechos ciudadanos “serán advertidas las fuerzas del orden”, literal de una carta del director de un centro. Vergüenza y orgullo de los que sí les han abierto las puertas.
Emergencia barrial
Un ejemplo más, que está ocurriendo en casi todas las ciudades españolas. También en Toledo. Organizar las fiestas de barrio era la ocasión para las asociaciones de vecinos y vecinas para reunirse, aprender a trabajar juntas, escuchar lo que quería el vecindario, recuperar y dialogar desde el ahora con las tradiciones, desde la celebración. Los ayuntamientos dedicaban una partida para ello, exigua, cada vez más exigua. Las asociaciones de vecinas veían cada vez más complicada la organización no sólo por la escasez de dinero, también por un modo de vida que nos impide participar y con cuadros cada vez más envejecidos y precarios.
Cuando los ayuntamientos propusieron dedicar más dinero a las fiestas de barrio pero a cambio de subcontratar su organización a empresas privadas, los vecinos decidieron renunciar a la que era la más potente herramienta de cultura comunitaria y participación democrática de los barrios, contribuyendo a su propia muerte. El resultado: fiestas despersonalizadas, producidas en franquicia y con un único objetivo: ganar dinero. Y, de paso, desmovilizar a los barrios, lo que les viene muy bien a los políticos. Una ciudad en venta, nuestras plazas alquiladas al mejor postor. No solo nuestras casas son un bien de mercado para los señores Velázquez y Page, también lo son nuestras ciudades, nuestros campos, nuestros pueblos y bosques. Extractivismo de sangre.
Pero, y sí hay un pero, cuando asfixias la participación y vendes a tu pueblo, ésta acaba surgiendo a través de las grietas. Vemos ejemplos en nuestra ciudad en las fiestas de la Bellota, de la Cava, el día de la vecindad de La Verdad, asociación de San Antón, o el festival Culturalcázares, de la asociación de vecinos del Tajo. Esta última, por cierto, ha tenido que pedir ayuda a través de un crowfounding ante la falta de apoyo institucional. Curiosamente los barrios que mantienen la llama de la participación encendida también son activos en la defensa de nuestras casas sumándose a la movilización por la vivienda.
Recuperar los espacios de vecindad, los presupuestos de barrio, las asociaciones de vecinas, la cultura comunitaria en suma, es prioritario. Tan prioritario como eliminar la ‘quiebra de mercado de la vivienda’, tan prioritario como defender nuestras casas de la depredación y exigir que habitar en nuestros barrios y ser partícipes de su gestión sea un derecho. Un derecho que es urgente ante derivas ultraderechistas y discursos de odio, un derecho que es urgente ante un cambio climático que ha matado este verano a más de 5000 personas por calor en nuestro país, muchas de ellas, dentro de sus viviendas por falta de adaptación, muchas en unas ciudades aplastadas bajo el hormigón armado, sin fuentes, sin árboles, sin vida. Granjas extractivistas. ¿De verdad, es lo que quieres ser? ¿Un cerdo del que se aprovecha todo?
Próximo artículo: Pero, ¿qué le pasa a la cultura en esta ciudad?














