Hace un año llegué a la vida de Goyo. Como un bote salvavidas; como el agua en una maceta seca; como recogerse el pelo en verano; como la nómina a final de mes.
Hace un año Goyo llegó a mi vida. Como un plan sin planear; como el amor cuando no quieres ni que se asome; como esa persona que conoces por casualidad y transforma tu vida.
En mitad de un revuelto sentimental, fui viendo a Goyo por distintos puntos y vías de un móvil que ocupa poco y abarca mucho. Dos semanas. Instagram, en el estado WhatsApp de una amiga, en un cartel de anuncio... Dos semanas.
Desde hace un tiempo, mi negación de volver a tener un perro a mi lado no siempre ha sido absoluta. Perdí a Txakolí con cuatro años y el duelo animal es duro y en ocasiones, solitario. Te haces mil preguntas. Demasiadas cuando viene una enfermedad: cuestionas si fuiste egoísta, si el perro fue feliz y si se podía haber evitado.
Y en ese miedo prolongado en el tiempo y en una acumulación de coincidencias, aparece un bodeguero andaluz de 10 años. Goyo llevaba cinco años en una protectora. Con idas y venidas. Viviendo en distintos puntos de España, especialmente en la región que compone el nombre de su raza.
“¿Por qué no lo quiere adoptar nadie?”, pregunté a mi amiga Manuela el lunes que subió -un día más- la foto de Goyo pidiendo una adopción urgente. “Hay perros que son invisibles”, me contestó.
El viernes de esa misma semana íbamos de camino a la protectora a por él.
En Castilla-La Mancha se concentra el 5,92% de las adopciones realizadas a través de la web de Tiendanimal, según los datos recabados del primer informe de su plataforma Adopta con Tiendanimal.
Toledo representa el 4,23%; Ciudad Real, el 1,41%; y Guadalajara, el 0,28%. De los 238 animales registrados en la plataforma en la región, el 35% encontró un hogar en 2025.
Adoptar no es un acto de caridad ni una forma de salvarse a uno mismo. Es asumir una responsabilidad. Supone entender que el animal que llega tiene su historia, sus tiempos y sus necesidades, y que no siempre va a encajar en la imagen idealizada que nos habíamos hecho de compartir la vida con un perro o un gato.
Goyo llegó con miedo, con inseguridad, con tristeza… Se revolvió, mordió y se arrepintió. Como aquel que nunca ha conocido una caricia y desconfía; como un niño sin estabilidad emocional en casa y crece pegando; con la mirada clavada preguntándote qué cuánto tiempo tardarás en volver a abandonarlo.
Estoy escribiendo esto con Goyo dormido en mi regazo, roncando como lo hace mi abuelo Antonio sentado en el sofá a cualquier hora del día con la tele de fondo.
No sé si Goyo era invisible para el mundo. Sí sé que durante cinco años nadie le ofreció el hogar que ahora comparte conmigo. Y que, cuando llegó, no apareció un perro nuevo, sino uno que ya traía consigo una vida entera.
Mientras tanto, hay otros animales que siguen esperando que alguien mire una fotografía. Que pregunte por ellos. Que, al fin, vaya a buscarlos.
Y para mí, desde hace un año, ver dormir tranquilo a Goyo se ha convertido en mi pasatiempo favorito.













