Agosto de 2026. Un grupo de vecinas de Toledo, hartas de no poder salir de casa debido a las altas temperaturas de un tórrido verano -prueba inexcusable del cambio climático-, de estar solas, de ver las calles desiertas y a los niños y niñas, a los adolescentes, encerrados en sus habitaciones, deciden unirse y plantear al Círculo de Arte, una iglesia del siglo XI desacralizada y convertida en centro de arte y sala de conciertos, adaptarse como Refugio climático.
El Círculo acepta el reto, pero plantea que la cultura y los cuidados sean el hilo conductor del refugio, en la línea de la asociación que lo gestiona. Se ponen manos a la obra y en tan solo dos días abre ‘Oasis. Refugio Climático Cultural y Comunitario’. Organizan un sistema de turnos, una normativa de funcionamiento, se alían con asociaciones culturales del casco histórico -también vecinas y miembros del grupo ‘Pandilla Padilla’, que reivindica la apertura y puesta en funcionamiento del centro cívico del barrio, que lleva años cerrado- lo llenan de libros, actividades y proponen la iniciativa al Ayuntamiento para conseguir la gestión del campamento urbano del casco histórico.
Las primeras semanas fueron las propias asociaciones y vecinas las que organizaron talleres de juegos de mesa, de teatro, de escritura creativa, de collages, pero poco a poco se corre la voz y decenas de asociaciones y profesionales contactan para organizar actividades gratuitas para las vecinas: torneos de ajedrez, lecturas colectivas, trenzado de sillas y artesanía con cáñamo, yoga, respiración consciente, tai-chi, juegos para niños y niñas, … Todo coordinado por las vecinas: cronograma, contactos, logística, producción, evaluación…
Tras un mes de funcionamiento, la camaradería entre las vecinas y los artistas y gestores culturales, el cariño y los cuidados, la compañía, dan sus frutos. Han conseguido levantar de cero un centro cultural comunitario y que toda la ciudad lo disfrute. Objetivo cumplido. “Lo mejor del mundo”, dice Oliva, una niña de apenas 10 años. Han conseguido demostrar que vivir en un barrio, en una ciudad no es sólo garantizar el derecho a la vivienda digna, también a espacios públicos y privados abiertos a la cultura de barrio. Que tomar los escenarios de verbena no es una opción, es una emergencia social. Que el derecho a la vivienda digna lleva aparejado el derecho a la ciudad, a intervenir en ella, a ser tomados en cuenta en su gestión. Que la lucha por el derecho a la vivienda es una lucha transversal que atraviesa todas las luchas sociales. Y que cuando hablamos de vivienda, estamos hablando de barrios, de espacios comunitarios, de una ciudad verde, de plaza pública, flores, fuentes y de sillas a la fresca, no de mega torres construidas hacia dentro (aunque tengan piscina), donde aislar a la clase obrera y desposeerla de todo, de su humanidad.
Así se deduce de las respuestas dadas en el formulario de evaluación contestado para hacer este artículo. El 100 % de las personas encuestadas puntúa con un 4 o un 5 sobre 5 la sensación de haber sido bien recibidas y la capacidad de OASIS para funcionar como espacio de encuentro y convivencia; además, el 100 % considera, con la máxima puntuación (5/5), que ha contribuido a hacer más habitable el verano en el Casco Histórico de Toledo. También destaca que el 95 % considera que las actividades respondían a los intereses del barrio. Las propias personas participantes lo resumen con expresiones como "Oasis ha supuesto un espacio de paz, calma y bienestar en el caos y el calor del verano" o "Ha sido el espacio que necesitaba Toledo y los toledanos. Agosto no es fácil".
Uno de los resultados más relevantes es la capacidad de OASIS para generar relaciones y fortalecer la comunidad. El 75 % de las personas afirma haber conocido a personas con las que antes no tenía relación —un 45 % señala que conoció a muchas y un 30 % que ocurrió en alguna ocasión—. De forma igualmente consistente, un 75 % está bastante o totalmente de acuerdo con que OASIS ha facilitado que personas diferentes se conozcan, ha favorecido el encuentro entre generaciones, ha conectado a vecinas y colectivos, ha generado confianza y colaboración y ha fortalecido el sentimiento de comunidad.

Más allá de los porcentajes, algunas respuestas expresan con especial claridad este impacto: "Volver a sentir Toledo como una ciudad donde no tengo por qué estar solo» o «Compartir tiempo con aquellos que viven al lado de mí y que a veces no sé ni cómo se llaman, de dónde vienen o qué necesitan". La evaluación dibuja a OASIS no solo como un refugio frente al calor, sino como un espacio intergeneracional y diverso de pertenencia, cuidados, cultura y construcción de comunidad, resumido en otra de las respuestas: "Para mí OASIS ha sido lugar de encuentro, de inspiración y una puerta hacia lo que está por venir en Toledo". "Lo que ha ocurrido en Oasis ha sido mágico, he conocido personas, talleres, arte, poesía y otra forma de habitar la ciudad que me ha encantado".
Se llama Cultura Comunitaria
Pero, ¿qué ha ocurrido para que esto pasara? Porque el Círculo de Arte lleva 31 años abierto en la ciudad como sede de la asociación cultural del mismo nombre y nunca había provocado la magia que surgió con el refugio, nunca había sido un espacio comunitario vivo, aunque sí de arte y cultura. Por su parte, las vecinas llevan varios años reunidas en un espacio virtual de WhatsApp con el movimiento ‘Somos casco’ o ‘Pandilla Padilla’ y nunca habían provocado la magia de Oasis ¿Cuál ha sido entonces la diferencia? Se llama Cultura Comunitaria: la suma del espacio físico y amable con las vecinas, su compromiso, su responsabilidad en el funcionamiento, la libertad de uso, la cooperación entre las asociaciones y artistas, la apertura de miras, los cuidados y el respeto. OASIS funcionó porque hubo apropiación comunitaria, cultura y espontaneidad. Funcionó porque hubo ciertas dosis de locura, improvisación sin juicios e incluso desobediencia. Pero podría no haber funcionado porque faltaba algo esencial: financiación.
Parte de la singularidad de OASIS ha estado precisamente en ese cierto caos creativo: actividades que nacían de las propias personas participantes, conocimientos que se compartían sin una programación cerrada, encuentros inesperados y propuestas que podían surgir de un día para otro.
La petición de futuro es conservar esa frescura, pero dotando de recursos a quienes asumen la responsabilidad de mantenerla.
¿Pero, queremos que continúe? Pues atendiendo a la evaluación de las vecinas, sí. Según la encuesta los datos muestran un alto potencial de continuidad: si OASIS siguiera después del verano, el 95 % participaría con seguridad o probablemente lo haría.
Las propuestas de mejora no cuestionan el modelo, sino que apuntan sobre todo a hacerlo más sostenible: conservar su carácter abierto, libre, acogedor, creativo y autogestionado, pero reforzando la planificación, la comunicación, la incorporación de nuevo voluntariado, los recursos disponibles y, en algunos casos, la existencia de apoyo profesional remunerado que evite sobrecargar a las mismas personas. Para que continúe, necesitará pues de una estructura pagada y de un pacto de participación horizontal con normas consensuadas.
En la evaluación del experimento son muchos los que coinciden en alertar: “si se repite debemos ser independientes, tiene que seguir siendo autogestionado y libre”, pero también, “es necesario que haya una o dos figuras remuneradas para que la coordinación de las actividades, su comunicación y la acogida de nuevas voluntarias y usuarias sea eficiente: ha sido un poco caos”. Son dos ideas que si no se armonizan bien pueden dar al traste con la idea principal: generar comunidad, compañía, cultura crítica y sentires compartidos.

Esta tensión entre financiación pública y autogestión es la historia que se repite hasta la saciedad en los movimientos comunitarios. ¿Necesitamos de una mediación profesional? ¿solicitamos fondos públicos para ello? ¿El espacio ha de ser público o privado? En principio parece que sí, dada la situación de partida: la participación ciudadana está bajo mínimos, las asociaciones de vecinos han perdido el pulso de la generación de vecindario, vivimos en una sociedad precaria, veloz e individualista que no facilita que ejerzamos nuestra ciudadanía activa y las administraciones públicas han ido desmontando los cauces e inversión en participación como centros juveniles, casas de cultura, o centros cívicos para sustituirlos por laboratorios de diseño: la participación como producto. Una participación ilusionante y real, comunal, que está recuperando ladrillo a ladrillo el movimiento por la vivienda digna a lo largo y ancho de España, también en Toledo, desde la Unión Popular de Inquilinas.
Si no hay un impulso de arriba abajo, con un presupuesto que sostenga las secretarías técnicas y espacios comunitarios, sus estructuras, ¿la cultura comunitaria está condenada al fracaso? Y al revés, si las comunidades autogestionadas deciden renunciar al sostén económico con fondos públicos en aras de su independencia y frescura ¿la cultura comunitaria está condenada al fracaso?
Autogestión y profesionalización (es decir, financiación para pagar sueldos dignos a mediadoras y artistas) no tienen por qué ser opuestas; la clave es quién conserva el poder sobre el proyecto y de dónde sale ese dinero. Puede haber personas remuneradas para facilitar, coordinar y comunicar sin que sean ellas, ni la Administración, ni una consultora quienes diseñen, dirijan y ‘produzcan’ la participación, por ejemplo, a través de Cajas de Resistencia o con una nueva forma de entender la administración pública (sí, soy una persona con esperanza). Y los artistas deben poder cobrar por su trabajo sin que repercuta en las vecinas ni en la buena voluntad de los artistas, como destaca alguno de los participantes en Oasis. El problema no es que la participación tenga presupuesto. El problema comienza cuando el presupuesto compra también la capacidad de decidir y esto puede hacerlo sin apenas intencionalidad, simplemente por desmovilización de las vecinas a las que ‘se lo dan todo hecho’, al generar competitividad por los fondos públicos entre las vecinas y artistas o al hipotecar a las asociaciones que lideran el proyecto, como ha ocurrido también en Oasis con el campamento financiado por el Ayuntamiento.
Otra autogestión es posible
La experiencia en el Oasis, y en tantos otros espacios a lo largo y ancho de España, demuestra que la autogestión es posible y deseable y que el papel de la mediación profesional ha de limitarse a un rol facilitador, técnico y de comunicación. El espacio actúa como catalizador de sinergias y encuentros si lo llenas de vecinas y cultura, no por sí solo, ni con la garantía de un súper presupuesto.
Armonizar la autogestión y la financiación pública o privada de un ecosistema participativo no es sencillo. ¿Qué ocurre con los movimientos comunitarios financiados o que surgen de arriba-abajo como procesos de la Administración? Laboratorios ciudadanos, mesas de participación, centros cívicos programados por un gestor público u otras fórmulas promovidas por la Administración o la empresa privada. Todos estos proyectos responden al derecho de acceso a la cultura, pero no son en esencia cultura comunitaria, para que la cultura comunitaria se dé, como se deduce de la evaluación del OASIS, hay que activar la participación y eso se hace participando, apropiándose de los espacios y proyectos. Y no lo digo yo, son las conclusiones del estudio europeo CULTURE AND DEMOCRACY. THE EVIDENCE que se puede leer en este enlace.
Tras pasar por OASIS, el 95 % se siente más dispuesto a implicarse en iniciativas colectivas del barrio —el 60 % «mucho más» y el 35 % «algo más»—. Asimismo, el 95 % puntúa con un 4 o 5 sobre 5 que OASIS ha facilitado la colaboración entre asociaciones y vecinas, y otro 95 % considera que ha fortalecido la capacidad de organización comunitaria. Un 35 % señala que ya ha surgido alguna iniciativa, colaboración, grupo o proyecto con intención de continuar, mientras que otro 50 % todavía no sabe si las relaciones generadas acabarán cristalizando en nuevas iniciativas. La cultura aparece como elemento catalizador de este proceso: el 95 % considera que ha servido «"bastante" o "mucho" como herramienta para generar comunidad. La cultura comunitaria, la participación, es radicalmente transformadora y, tal vez, por eso, desde ayuntamientos como el de Toledo no quieran ni oír hablar de ella.

Los laboratorios y demás fórmulas de innovación social son bonitas formas de participación, pero no generan ciudadanía real, comprometida, entretejida, que interiorice el espacio y el proyecto como propio. Es participación de diseño y acaba siendo un producto más, mercantilizado y naíf. Si la semilla que planta un laboratorio ha sido muy dirigida o la gestión de un centro cívico no es participativa y abierta, si no contemplan la autogestión y las dinámicas orgánicas propias de la comunidad y el territorio, no solo no cumplen su función sino que pueden llegar a ser perniciosas para una participación real, para una movilización de ciudadanía activa y crítica, al generar, como las redes sociales o las redes vecinales por whatshap, una falsa sensación de participación: participation washing y de esta manera, acaban produciendo un menoscabo en la democracia y su profundización y una desmovilización hacia proyectos que sí podrían estar canalizando participación real.
En el lado contrario, si las iniciativas de cultura comunitaria autogestionadas no disponen de un presupuesto que evite la precarización y el desgaste de las coordinadoras y las trabajadoras de la cultura, corren el riesgo de desaparecer en poco tiempo y, por ende, desmotivar a quienes sostienen la participación sobre sus hombros y acabar con el tejido cultural de base. Como, de facto, está ocurriendo.
La profesionalización no desactiva la autogestión. Lo que la desactiva es sustituir la capacidad de decisión de la comunidad por una estructura profesional que convierta a las vecinas en usuarias, asistentes o destinatarias de una programación diseñada por otros. Lo que la desactiva es sobreexplotar a las facilitadoras de la participación y a las artistas que co-crean con la comunidad mientras se generan beneficios para ser repartidos entre otras manos que las que tejen.
Ahora que enfrentamos un larguísimo periodo electoral, con una necesaria huelga general precediéndolo y una movilización social que está atravesando el discurso de qué ciudad queremos construir, deberíamos poner sobre la mesa desde el sector cultural y vecinal de la ciudad la absoluta urgencia de poner encima de la mesa de los programas electorales la escucha horizontal a las vecinas, a las luchas sociales (ecologistas, feministas, migrantes,…), a los estudiantes, a los jóvenes, a las múltiples diversidades que conformamos la sociedad para la que van a trabajar. Ya no sirven los programas electorales cocinados en los despachos o con aquellos que se arrogan la representatividad legítima de quienes estamos en las plazas y las calles. Esos modos de hacer política no nos sirven. Ya no creemos en ellos. Escuchen al pueblo y co-creen con
él la ciudad. Ha llegado de verdad el momento del poder popular. De cómo hacerlo irá el siguiente artículo, y no, no es con un congreso a 90€ la asistencia y diseñado en los despachos ni haciéndose fotos con las vecinas, aquellas a quienes cobras una tasa por utilizar los espacios culturales que se han pagado con los impuestos de todas. Se llama soberanía cultural.
"Cuando la cultura y la comunidad se convierten en un refugio podemos cambiar el mundo", pero para ello se necesita ciudadanía informada y dispuesta y políticas valientes que no le teman a profundizar en una democracia real y participativa, en una democracia socialista.
Próximo artículo: Volver a organizar las fiestas de barrio, una urgencia social: la Cava, la Bellota y CulturAlcázares (II)
















