Como si de una película de ciencia ficción se tratase. O un capítulo muy largo, muy largo, de Black Mirror. Lo vas viendo por la calle, lo vas viendo en el transporte público. Personas que están entablando una conversación con una IA. Puede ser cualquiera realmente, a estas alturas: están disponibles para activarlas incluso por accidente. Da igual si acaban en gepeté, parezca un signo del zodíaco o un nombre en francés. El quid de la cuestión es el mismo.
Es muy sencillo, hay quienes quieren que usemos estas herramientas sin parar, ofreciendo nuestra información más personal a este inabarcable vacío legal y virtual. Más que explicaciones a por qué todo está acompañado de un simpático ayudante de IA -incluido donde se escribe este documento-, tenemos que pensar qué hacer para no caer en las fauces de este lobo al que todavía no le hemos visto la cola. Y lo que es peor: no tiene pinta de que vayamos a hacerlo.
Existe, sin embargo, un trecho entre los trends que se viralizan constantemente y en utilizar las herramientas de inteligencia artificial como un hombro en el que llorar. Podríamos hablar largo y tendido del enorme impacto que han tenido modas absurdas y totalmente vacías como la de los años 80’. De forma muy resumida: es imposible conocer el daño medioambiental y saber a cuántos futuros bebés hemos dejado sin agua potable por compartir una foto con un chándal de colores. Pero las cuestiones van más allá de ello: en quién poner realmente la responsabilidad. ¿Es individual? ¿Es colectiva? ¿Es de las empresas? ¿Es del fundador de OpenAI? (Sí, pero ya sabes, presuntamente).
Más difícil todavía es cuantificar el daño a nivel emocional, y por tanto social, que está haciendo la inteligencia artificial cuando las personas nos vemos abocadas a utilizar estos robots como apoyo emocional. Este mundo que hemos creado ha normalizado utilizar las herramientas como hemos utilizado el hombro de nuestras amigas para llorar. O la consulta de un profesional de la psicología.
¡Cuán bajo hemos caído en nuestra humanidad si utilizamos el móvil para nuestros desahogos en una aberrante deformación de la interacción humana! Resulta sumamente desalentador. Me conmueve hasta las lágrimas ver a un hombre en el transporte público preguntándole a la demoníaca máquina que llevamos todas las personas en la mano o el bolsillo, si efectivamente es una mala persona. Es una situación demencial, que raya en lo inhumano. Es el Skynet con el que nadie se atrevió a soñar. Con el que nadie nunca debió soñar.
Es difícil dilucidar si nos encontramos en un punto de inflexión o si vamos directamente a caer inevitablemente hacia un oscuro abismo en el que no hay ninguna ramita donde aferrarnos. La única respuesta es volver a recuperar lo que hasta hace muy poco no era tan inusual; encontrarnos con nuestros vecinos y vecinas cuando vamos a comprar el pan; tomarnos un café con el móvil guardado en el bolsillo, en el bolso o directamente lanzarlo por la ventana. Parece que será la única opción para salvaguardar nuestra sanidad.













