El acoso no siempre llega de golpe ni con un golpe. Casi siempre empieza de forma más sutil: un comentario fuera de lugar, un rumor que corre por el grupo de WhatsApp o esa burla a la que nadie se atreve a parar los pies. Y el problema es que, la mayoría de las veces, quienes lo están viendo no saben muy bien qué hacer. Para Javier Ruescas (Madrid, 1987), ahí está una de las claves del problema: el silencio de quienes miran desde fuera puede terminar dando más fuerza a quien agrede.
"El silencio es el único espacio en el que el agresor se hace más fuerte", advierte el escritor y creador de contenido, que aborda estas cuestiones desde la literatura juvenil y la divulgación. Con motivo de su visita a la Feria del Libro de Toledo charla con ToledoDiario.es para poner sobre la mesa una realidad que no termina cuando suena el timbre del instituto. Con los móviles y las redes sociales, el acoso puede continuar a cualquier hora y llegar mucho más lejos.
Una de las novelas con las que Ruescas se acerca a este problema es 'Onyma' (editorial Loqueleo), escrita íntegramente en forma de mensajes de WhatsApp. En ella, cuatro personajes reciben una aplicación anónima que les permite difundir rumores. Lo que empieza como un juego va adquiriendo un cariz cada vez más preocupante, hasta que un incidente violento durante una fiesta de verano cambia la situación.
El formato no es casual. Los mensajes, las conversaciones y los rumores forman parte del día a día de muchos adolescentes, de modo que la historia se mueve en un terreno que les resulta familiar. La literatura, destaca el autor, permite entrar en ese mundo, observar lo que ocurre y preguntarse qué haríamos nosotros en el lugar de los personajes. No ofrece soluciones mágicas, pero sí puede abrir una conversación que de otro modo quizá nunca llegaría a producirse.
Ruescas ya había trabajado sobre el acoso escolar en las antologías 'Y luego ganas tú -5 historias contra el bullying-' y 'No te calles', en las que participó como coordinador y coautor. Su experiencia le lleva a insistir en una idea: no toda la responsabilidad recae en quien sufre la agresión o en quien la comete. También importa la actitud de quienes están alrededor.
Romper el silencio para arrebatar el poder al agresor
"El carácter que más quiero tocar con este tipo de historias y con las charlas que doy es precisamente el de la gente que se mantiene en el medio, la que puede hacer que la balanza se incline hacia un lado u otro, porque al final son los que más poder tienen. Esos observadores que se mantienen al margen le dan pábulo al agresor con su silencio o hacen aún más pequeña a la víctima al no mandar un mensaje de apoyo. No tienes que enfrentarte al bullying tú solo si no tienes la fuerza; a veces un simple mensaje de apoyo a la víctima provoca un cambio radical", expone Ruescas.
"A veces, un simple mensaje de apoyo a la víctima provoca un cambio radical"
Sobre los roles que se establecen, señala que "la víctima a veces hace un gesto de agresor para intentarse defender, el agresor a veces se convierte en observador o el observador apoya al agresor". "Esto es una preparación para la vida adulta. El instituto es una antesala a la vida adulta clarísima: se ven las dinámicas de poder, se definen los caracteres y las agresiones", reflexiona.
En internet, además, no siempre es fácil reconocer dónde termina una broma y empieza el acoso. Un insulto repetido, las amenazas, la exclusión deliberada de un grupo, la difusión de fotografías sin permiso o la circulación de contenidos sexuales pueden causar un daño real, aunque sucedan detrás de una pantalla. A ello se suma la posibilidad de crear imágenes falsas o manipuladas mediante inteligencia artificial, una herramienta que abre nuevas vías para humillar y exponer a otras personas.
El hecho de que no haya contacto físico no hace que el sufrimiento sea menor. Y la posibilidad de que los mensajes se compartan, se reenvíen o permanezcan en internet añade otra dificultad: la persona afectada puede sentir que ha perdido el control sobre algo que le concierne directamente, traslada Ruescas.
Además, respecto al ciberacoso, precisa que hay "una línea muy gris porque no ocurre necesariamente en el recinto escolar ni se ve una marca física". "Pero un ciberacoso por ser a través de una pantalla no es menos doloroso, menos agresivo ni tiene menos consecuencias que el acoso físico", advierte.
Ante esta realidad, reclama más herramientas para identificar a quienes utilizan cuentas y aplicaciones para acosar. Pero también hace falta aprender a reconocer las señales y entender que no todo vale en nombre del humor. Que algo se publique en una red social o se comparta entre amigos no significa que sea inofensivo.
En esa tarea, añade, los adultos tienen mucho que aportar, aunque no siempre acierten con la manera de hacerlo. "Hay frases horrorosas como 'son cosas de niños', 'están jugando', 'no les hagas caso' o 'déjalo pasar y se olvidarán'. Hacer de menos el problema es el gran error", subraya Ruescas, que apunta que escuchar sin juzgar, tomarse en serio lo que cuenta un menor y buscar ayuda son pasos más útiles que minimizar el problema o esperar a que desaparezca por sí solo.
"Hay frases horrorosas como 'son cosas de niños', 'están jugando', 'no les hagas caso' o 'déjalo pasar y se olvidarán'. Hacer de menos el problema es el gran error"
Al reflexionar sobre cómo desde la infancia se arrastran estigmas como el de "no ser un chivato", Ruescas argumenta que existe una distancia emocional y generacional evidente entre adultos y jóvenes. Esta brecha provoca que muchos adolescentes sientan que los adultos -ya sean padres o profesores- no entenderán su código o la dimensión real de lo que sufren en las redes.
"En esa traducción de lenguajes entre generaciones se pierden cosas, y en ese espacio es donde se genera el silencio. Los jóvenes no encuentran el espacio para hablar con el adulto porque piensan 'tú no lo entenderías'. Por eso es tan importante que existan otras vías: desde organizaciones o fundaciones hasta hermanos mayores u otras figuras que puedan acercarlos al adulto que pueda parar el problema", sostiene.
Leer para comprender, pensar para decidir
Ante este tipo de situaciones y la búsqueda de posibles soluciones, la literatura juvenil ocupa un lugar importante en esta conversación. A menudo se la considera una etapa previa a la literatura adulta, pero historias como las que escribe Ruescas muestran que puede abordar cuestiones complejas sin renunciar a conectar con sus lectores. Un libro puede ayudar a reconocer emociones, entender las consecuencias de determinadas decisiones y mirar de otra manera a quienes tenemos cerca.
"La literatura juvenil y la que le sigue, la conocida como 'new adult', tienen muchas ramificaciones a día de hoy. En mi caso, los libros que enfoco a la lectura en institutos o clases me gusta que toquen temas sociales que les afecten a ellos, porque es una forma de ponerles un espejo delante y que tengan que hablar de estos temas con sus iguales en clase, de una manera dirigida por un profesor. Lo mejor que tienen este tipo de libros es que pueden generar la conversación", explica el autor.
El escritor también rechaza la idea de que los jóvenes hayan perdido el interés por leer o por comprender el mundo que les rodea. Ve en ellos curiosidad y ganas de informarse, aunque advierte de las dificultades que plantea un entorno digital saturado de estímulos, mensajes breves, contenidos agresivos y noticias cuya procedencia no siempre está clara. En ese contexto, aprender a distinguir las fuentes fiables y preguntarse quién está detrás de cada mensaje resulta cada vez más importante.
La deshumanización del 'internet malo' y la defensa de la cultura
"Yo me he criado en internet, pero no podemos seguir pretendiendo mirar a internet de la misma manera que lo hacíamos en 2012. Ahora mismo vivimos en un 'internet malo' y peligroso, en gran parte generado por inteligencia artificial, por bots y por desinformación. Te crees que estás debatiendo con una persona y estás en una pelea con un programa informático. Es profundamente antihumano", denuncia.
"Ahora mismo vivimos en un 'internet malo' y peligroso, en gran parte generado por inteligencia artificial, por bots y por desinformación"
Frente a la velocidad con la que circula la información online, Ruescas reivindica el valor de la lectura, el arte y la reflexión. También el de esos momentos de silencio o aburrimiento que hoy parece necesario llenar enseguida con una pantalla. Pararse, pensar y dejar espacio a la propia mirada son formas de desarrollar un criterio propio, algo especialmente necesario cuando las redes pueden amplificar tanto un rumor como una mentira.
El autor concluye nuestra charla mostrando su plena confianza en el potencial transformador de los jóvenes y en el valor de la lectura: en cada encuentro en las aulas, asegura comprobar que los estudiantes "tienen curiosidad, ganas de aprender y quieren debatir", encontrando en los libros la vía para perder el miedo a alzar la voz. Para ilustrar la fuerza que adquieren las historias cuando cobran vida ante el público, Ruescas valora muy positivamente obras como 'La bola negra', destacando cómo los textos literarios, más allá de la lectura individual, adquieren una dimensión completamente nueva cuando se escuchan, se discuten y se declaman de forma colectiva.















