Dos colchones, una camisa y poco más. Ese podía ser todo el patrimonio que la Inquisición encontraba cuando confiscaba los bienes de algunas de las mujeres a las que perseguía. Mujeres pobres, marginadas y condenadas por prácticas que hoy se presentan muchas veces como historias de brujas, fantasmas y conjuros.
La realidad que había detrás era mucho más cotidiana. Y también mucho más dura.
El doctor en Historia Felipe Vidales ha abordado este miércoles esa realidad durante una conferencia celebrada en el Círculo del Arte, en la antigua iglesia de San Vicente, uno de los escenarios toledanos vinculados a la actividad inquisitorial. Precisamente desde este espacio ha querido reconstruir una parte de la historia del Santo Oficio y poner contexto a la cantidad de “cosas erróneas, exageradas y frívolas” que todavía se cuentan sobre la Inquisición.
San Vicente tuvo un papel destacado en la actividad inquisitorial de Toledo durante el siglo XVI. Desde allí partían algunos autos de fe y en la propia iglesia se celebraban también pequeños ‘autillos de fe’. El templo formaba así parte del mecanismo de castigo y ejemplaridad con el que actuaba el tribunal.
Los autos de fe se celebraban en días festivos para garantizar la asistencia de público. Lo que allí ocurría debía servir de castigo para quien era condenado y de ejemplo para el resto. Incluso los niños podían ser obligados a acudir para contemplar las condenas.
“La Inquisición hizo algo que es fundamental entender: envenenó a la población”, ha señalado Vidales, en referencia a la forma en la que el tribunal consiguió implicar a la sociedad en las denuncias y en la represión.

Una sociedad que aprendió a denunciar
En Toledo, 38 mujeres fueron sentenciadas por el tribunal de la Inquisición. Algunas terminaron denunciando a otras vecinas en una dinámica en la que adelantarse a la acusación podía convertirse en una forma de protegerse.
La denuncia, de este modo, no era siempre el resultado de una investigación iniciada por el tribunal. La propia población podía convertirse en una pieza fundamental del mecanismo inquisitorial, con acusaciones que en ocasiones eran falsas.
Para Vidales, esa dimensión social resulta imprescindible para comprender el alcance de la Inquisición. Los autos de fe no eran únicamente actos judiciales, sino acontecimientos públicos en los que la sociedad contemplaba el castigo.
Y San Vicente estaba en el centro de esa realidad.
La historia del edificio permite además acercarse a otro de los colectivos perseguidos por el Santo Oficio: los judeoconversos. Algunas familias descendientes de conversos fundaron capillas en iglesias toledanas para poder enterrarse en ellas, entre otros lugares, en San Nicolás y en San Vicente.
La persecución inquisitorial alcanzó también a moriscos, protestantes y otros grupos considerados contrarios a la ortodoxia.
Mujeres pobres, remedios y una ‘brujería’ alejada del relato turístico
Pero si hay una figura que con el paso del tiempo se ha convertido especialmente en objeto de leyenda, esa es la de la ‘bruja’. El historiador ha dedicado una parte especial de su conferencia a estas mujeres, cuya historia considera una de las más “cómicas” y “mercantilizadas” en la actualidad.
En Toledo, sus historias aparecen a menudo vinculadas a museos, visitas y relatos en los que se mezclan la brujería con fantasmas, psicofonías y sustos.
Pero el contexto real que las rodeaba era pobreza, marginalidad y exclusión.
Muchas de estas mujeres eran vecinas con conocimientos sobre plantas, remedios y prácticas medicinales a las que otras mujeres acudían cuando no tenían otra alternativa. También utilizaban supersticiones y conjuros que no funcionaban, pero que podían proporcionar algún tipo de consuelo.
“Estas mujeres, en el momento de decadencia, sirven a través de la magia cierto consuelo”, ha explicado.
Uno de los casos abordados ha sido el de Ana de la Cruz, que vivía entre los barrios toledanos de Pozo Amargo y San Justo y a quien se atribuían prácticas relacionadas con la magia. Según Felipe, hasta el 90% de las mujeres que acudían a este tipo de vecinas buscaban remedios para “amansar a los maridos”, en un contexto en el que podían sufrir palizas y malos tratos.
El dato cambia la perspectiva sobre aquellas acusaciones. Detrás de la supuesta ‘brujería’ había también mujeres que buscaban ayuda en una sociedad que les ofrecía pocas alternativas.
Dos colchones, una camisa y cien azotes
Y esa pobreza aparece también cuando se observan las consecuencias de las condenas. La Inquisición podía confiscar las escasas pertenencias de estas mujeres: dos colchones de lana, una camisa y algún utensilio de cocina.
En uno de los casos expuestos durante la conferencia, la condena llegó en 1637. El castigo: cien azotes por las calles públicas mientras la condenada vestía un sambenito.
Los sambenitos eran prendas utilizadas para identificar públicamente a las personas condenadas. Después de los autos de fe podían quedar expuestos en el exterior de iglesias y conventos, de manera que la condena permaneciera visible incluso después del castigo.
La humillación, por tanto, no terminaba necesariamente cuando acababa el auto de fe. La persona condenada quedaba señalada ante la comunidad.
Vidales también ha aprovechado la conferencia para desmontar otros tópicos sobre el Santo Oficio, como la asociación del garrote vil con la Inquisición, y para cuestionar la imagen de un tribunal especialmente garantista con sus acusados.
Su intención ha sido devolver la Inquisición a su contexto histórico y alejarla de la leyenda. Porque detrás de términos como ‘bruja’, ‘hereje’ o ‘converso’ hubo personas concretas, muchas de ellas pobres y marginadas, que fueron denunciadas, juzgadas y castigadas.
Y detrás de ellas estuvieron también lugares concretos. Como San Vicente, una antigua iglesia que hoy acoge al Círculo del Arte, pero cuyos muros fueron testigos de una época en la que el castigo debía ser visto por todos.
Quizá por eso, para entender la Inquisición en Toledo, todavía haya que mirar a sus propios muros.

















