Hacía mucho que no me ponía delante de la hoja en blanco para lanzar las palabras a la sección de opinión. Y la verdad es que motivos no me han faltado, porque cómo anda el patio señoras y señores, que está tremendamente revuelto y denso...
Conflictos armados, delirantes psicópatas apoyando e iniciando guerras, personas inmigrantes abiertamente perseguidas y expulsadas a capricho en un país que se autoproclama adalid de la democracia creada por otro lado sobre la base colonizadora de inmigrantes hace poco más de un siglo.
Si nos centramos en el ámbito nacional, las aguas también andan revueltas y oscuras de barro. La vergonzosa gestión y respuesta ante una catástrofe como la DANA de Valencia; las mentiras, bulos e insultos que se han convertido en moneda de cambio normalizada en el parquet político; el asalto al fiscal general por investigar a quienes para ciertos sectores son intocables; el precio de la vivienda que no deja de subir, como la cesta de la compra; y con la crisis en Oriente Medio -ya se han ocupado pero bien de que esa crisis se intensifique-; la subida del petróleo y con él, el coste de nuestra vida tan dependiente del automóvil.
Del feminismo para qué hablar, parece que ya está fuera de moda. "No serás feminazi", se han atrevido a decirme con total desparpajo en apenas unos meses distintas personas, que sin embargo no se alarman por los fallecimientos de mujeres por razones de género. Y recordemos que esta aterradora cifra es solo la punta del iceberg en la realidad de la violencia machista.
Todo ello en el 50 aniversario de una democracia imperfecta que se tambalea bajo nuestros pies. Quizás siempre hubo en ella arenas movedizas y ahora salen a la luz con absoluta claridad.
En cuanto a dos de los pilares del sistema de bienestar, salud y educación, los profes y médicos andamos cada vez más quemados, precarizados en un sistema con tendencia a fagocitar el entusiasmo e iniciativas por falta de tiempo; con entornos cada vez más complejos en los que el sentimiento de frustración es fácil que se deslice día sí y día también.
No han faltado razones para escribir, no. Y 'hete aquí' que el paciente lector que haya llegado hasta este punto del artículo se preguntará: bueno y ¿qué es lo que ha dado pie a ponerse delante del ordenador y de qué carajo quiere hablar esta mujer en este artículo?
Pues el detonante final ha sido algo tan nimio como una multa de tráfico. Hoy, para celebrar la estela del día de la madre, he pagado una multa que tenía pendiente. Hace unos días fui a buscar a mis hijos al colegio, momento como todos sabemos de tensión a nivel de tráfico. Yo he encontrado un lugar que no molesta a nadie y en el que consigo esperar a mis hijos sin que nadie se juegue la vida como sí sucede en la curva de la cornisa.
Pero, osadía la mía, mi sitio, con el que no molesto a nadie y en el que no estaciono más de tres minutos, está sobre un paso de cebra. Llevo dos años dejando el coche ahí cuando voy a buscar a mis hijos, y nadie me ha dicho nada. También hay otros muchos sobre la acera en plena cornisa. Pero hace un par de semanas tuve la suerte de dar con dos policías, con números de placa 500-245 y 500-206. Se acercaron a mi coche para informarme educadamente que no podía estacionar allí. Igual de educadamente les respondí que no entendía por qué ahí no podía pero en la acera de la cornisa que era más peligrosa sí. Me respondieron que porque no, igual que no se cortaba la calle, y aproveché para recordarles que para otros coles sí se cortaba la calle durante unos minutos y que en este caso tampoco era una locura.
A los agentes lo que sí les debió parecer una locura es que les diera mi opinión en todo momento, de manera sumamente educada, porque uno de los agentes decidió que pasaba de informarme a ponerme una multa por infracción grave, con la consecuente sanción económica. Mientras tanto, el llanto de mis hijos en la parte de atrás del coche acompañaba la espera prolongada hasta que el policía gestionara la sanción. Vamos, una acertada decisión a todas luces.
Les pregunté si entendían que esto formaba parte de su trabajo y me respondieron que ellos venían a informarme educadamente, a lo que sorprendida les dije que yo había expuesto mi opinión con igual educación. ¡Que me ponían una multa por ello! En el escrito aparece "por estacionar sobre un paso de cebra", pero yo sé que es por opinar sin el menor desacato ni falta de respeto a la autoridad.
La gracia me costó cien euros, y la paradoja de no estar segura de lo que les estaba transmitiendo a mis hijos. Les dije que era importante dar la opinión, que hay que expresar lo que uno piensa siempre desde el respeto, pero he tenido que pagar la multa para que no se duplique el coste, porque sabía que en las alegaciones no tenía nada que hacer.
Y entre tanto, escucho de ese vergonzoso caso Kitchen, de corrupción sobre la corrupción, y escucho la entrevista al fiscal general que le hace Évole y cómo tiene que andar con pies de plomo porque sabe lo que se juega y ya ha vivido en carnes que en estos momentos todo es posible y cualquier castigo profesional puede caer sobre él si dice las palabras inadecuadas.
Y lo vamos normalizando. No pasa nada. Yo pagué mis cien euros. Mis hijos dejaron de llorar aunque no sé muy bien cuál fue el aprendizaje que ese día se llevaron a su inconsciente.
El fiscal general dejó de ser fiscal general, 'kitchen' sigue siendo cocina en inglés y los responsables de todo aquello siguen al frente del principal partido político de la oposición. Tenemos un partido de extrema derecha antisistema, hay gente que lleva acampada en la puerta de Ferraz meses para intimidar al partido al que pertenece la mayor parte del gobierno, el responsable de las muertes de la DANA ya no es presidente pero sigue cobrando su buen dinero como alto cargo político, la vivienda no deja de subir, como las tasas de la universidad muy alejadas de la casi gratuidad que yo pude disfrutar.
Las bombas siguen cayendo sobre Palestina y se han extendido a Oriente Próximo; China parece la salvadora del mundo en un juego de relaciones internacionales distópico. El machismo campa a sus anchas y gana terreno entre los jóvenes; los jóvenes perdidos en unas pantallas que les mantienen absortos a ellos y a los adultos, y de paso, si se les deja, destrozan el sistema nervioso de los niños.
¿La solución? Más educación, pero la complejidad del sistema en el que estamos metidos hace que no pocos profesores se sientan desbordados. ¿No estaremos normalizando elementos, muchos, demasiados, que hasta hace no tanto, al menos desde mi mirada, no eran normales?
Normalizar los discursos de odio, la violencia, los conflictos armados, normalizar la precariedad, la corrupción y la injusticia. Normalizar la confrontación por encima del diálogo, y la sanción como rápida respuesta.
No me parece normal, pero lo está siendo. Ojo, que hacía mucho que no escribía, pero faltan razones para alzar la voz. Así que gracias señores policías, hoy tengo cien euros menos en mi bolsillo pero el detonante que me ha animado a escribir. Porque sobran los motivos.












