Hay homenajes que se miden en el peso de las medallas y otros, mucho más reales, que se miden en las miradas y los abrazos de la gente que llena la sala. El que se ha vivido en la Delegación del Gobierno en Toledo para recordar a Jesús Fuentes Lázaro (1946-2026) ha tenido bastante de lo primero, pero sobre todo de lo segundo: un ambiente a medio camino entre el vacío que deja la ausencia y la sonrisa entrañable de quienes comparten un buen recuerdo.
Allí estaban su viuda, María Ángeles Gómez, y su hijo Jorge, para recoger la Gran Cruz de la Orden de Carlos III -otorgada por el Consejo de Ministros allá por mayo-. Una de las distinciones más altas del Estado, sí, pero que en manos de la familia se sintió sobre todo como una excusa para volver a encontrarse con Jesús.
Porque más allá del titular político -el de aquel primer presidente que ayudó a poner en marcha Castilla-La Mancha-, la ceremonia sirvió para rescatar todas las demás vidas que tuvo Fuentes: el profesor de literatura que enseñaba tanto dentro como fuera de las aulas del Colegio Infantes, el historiador curioso, el articulista cercano que firmaba en las páginas de elDiario.es Castilla-La Mancha o de ToledoDiario.es, el padre y el amigo de charlas largas.
El delegado del Gobierno en Castilla-La Mancha, José Pablo Sabrido, resumió bien el sentir de los asistentes con una frase que flotó durante todo el acto: "Uno no muere mientras perdure en la vida de otros". Y a Jesús, a juzgar por la cantidad de personas que se acercaron, le queda todavía un camino larguísimo por recorrer en la memoria colectiva.
Su hijo Jorge, al tomar la palabra, no quiso rodeos institucionales. Miró a la gente y reconoció a sus "compañeros de batallas, en las duras y en las maduras". Para él, más que un acto protocolario, aquello era simplemente "una reunión de amigos". De hecho, bromeó imaginando cómo estaría viviendo su padre un día así: "Él sería el que de verdad disfrutaría con todo esto, con el conocimiento, la amistad y el cariño que le enviáis".

Esa misma cercanía impregnó la intervención de la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Milagros Tolón, que no dudó en tirar de recuerdos personales para hablar de quien consideraba, ante todo, un maestro. Recordó sus años de docente, su pasión por los libros al frente de la Asociación de Amigos de la Biblioteca y esa forma tan suya de entender la vida y Toledo: defendiendo la ciudad con pasión y lamentando, con ese toque de retranca que le caracterizaba, que el río Tajo "cada vez lo tiene más chungo". “Con Jesús se aprendía siempre, incluso cuando no estabas de acuerdo con él”, confesó la ministra.
Al final, lo que quedó en el aire en Toledo no fue solo el protocolo de una alta condecoración, sino el reconocimiento a un hombre de una generación clave que entendió el servicio público desde la sencillez, la cultura y la libertad. Un maestro que, de una forma u otra, sigue enseñando.















