Treinta segundos o treinta accidentes

"La mala suerte no atropella. Atropella la velocidad. Atropella la impunidad. Atropella esperar a que ocurra algo peor para hacer lo que ya debería estar hecho"

Hay ciudades que solo entienden la seguridad cuando ya tiene forma de parte médico, sirena y susto en la garganta. Toledo no puede permitirse ese lujo. Menos aún en el Paseo de la Rosa, donde hace demasiado tiempo que cruzar por un paso de peatones se parece más a un cálculo de supervivencia que a un derecho ciudadano.

Hoy, presuntamente, ha habido alcohol y drogas de por medio. Mañana, ¿qué será? Pasado mañana, ¿qué explicación nos tranquilizará durante unas horas? ¿Un despiste? ¿Un exceso de velocidad? ¿Un móvil? ¿Una prisa absurda? ¿Un conductor que no vio? ¿Una calle que llevaba años avisando?

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Conviene formular la pregunta con toda su incomodidad: ¿todos los que pisan el acelerador en el Paseo de la Rosa darían positivo en alcohol o drogas? Evidentemente, no. Y ahí está precisamente el fondo del asunto. Si reducimos lo ocurrido a una situación extrema, si lo dejamos en la casilla de la excepción, estaremos haciendo trampas. Porque la excepción de hoy no puede tapar la normalidad de cada día. Y la normalidad de cada día es una avenida donde demasiados coches corren más de lo razonable, donde demasiados peatones cruzan con miedo y donde demasiadas veces la ciudad parece confiar la vida de sus vecinos a la buena voluntad de quien conduce.

Hoy he estado cerca de ese accidente. Y permítanme, por una vez, escribirlo no desde la distancia cómoda de quien opina al día siguiente, sino desde esa proximidad que deja el ruido dentro. Vi la actuación de la Policía Local, y es justo decirlo: gracias. Gracias por la rapidez, por la presencia, por la intervención en un momento difícil. Gracias también a los sanitarios, que llegan cuando la ciudad ya ha fallado en algo anterior y más profundo: evitar que el golpe se produzca.

Pero hoy el titular no lo dan ni el atestado, ni la ambulancia, ni el conductor. Hoy el titular lo da una madre.

La madre de la niña afectada. Su saber estar. Su respuesta. Su dignidad. Su forma de sostener el momento sin convertir el dolor en grito, incluso teniendo delante al conductor. Hay testimonios que deberían pesar más que una moción, más que una comisión, más que una rueda de prensa. El suyo pesa. Porque no hizo falta levantar la voz para señalar la verdad. Bastó su presencia. Bastó esa entereza limpia, casi insoportable, para recordarnos que detrás de cada atropello no hay una incidencia de tráfico. Hay una familia. Hay una niña. Hay una vida que pudo romperse en unos segundos.

Y por eso la pregunta vuelve, más seca que nunca: ¿cuánto vale una vida en un paso de peatones de Toledo?

¿Vale menos que un semáforo? ¿Vale menos que un radar? ¿Vale menos que la incomodidad administrativa de tomar una decisión? Porque aquí no se pide una extravagancia urbanística ni una medalla para el barrio. Se pide algo elemental: que el Paseo de la Rosa deje de ser una pista de aceleración disfrazada de avenida urbana.

Hacen falta semáforos reales. No semáforos imaginarios, ni semáforos de expediente, ni semáforos mitológicos que aparecen en las conversaciones municipales como criaturas de otro mundo. Semáforos de verdad. Con luz roja. Con autoridad. Con capacidad de parar un coche antes de que tengamos que escribir una esquela.

Y hacen falta radares sancionadores. No pedagogía de escaparate. No paneles que aconsejan con delicadeza al conductor que quizá va demasiado rápido. Hay velocidades que no entienden de sugerencias. Entienden de consecuencias.

La respuesta, en realidad, es sencilla. Mejor esperar treinta segundos ante un semáforo que sumar treinta accidentes más. Mejor llegar medio minuto tarde que permitir que una familia llegue tarde para siempre a su tranquilidad. Mejor una luz roja hoy que una corona de flores mañana.

Porque esto no va solo de lo que ha pasado hoy. Va de lo que puede pasar mañana. Va de esa muerte en futurible que nadie desea, pero que todos parecen estar dejando escrita por adelantado si no se actúa de una vez. Luego vendrán las condolencias, el minuto de silencio, la promesa urgente y el semáforo colocado tarde. Demasiado tarde.

El Paseo de la Rosa no necesita más paciencia vecinal. Necesita decisiones. Semáforos. Radares. Control. Presencia. Responsabilidad.

La mala suerte no atropella. Atropella la velocidad. Atropella la impunidad. Atropella esperar a que ocurra algo peor para hacer lo que ya debería estar hecho.

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