Hay momentos para mirar al futuro y otros para mirar al pasado. Mi amigo dice que siempre hay que mirar al futuro. Sí -le contesto yo-, pero, sin olvidar el pasado.
El quince de mayo de 1939 se publica en Toledo un bando del alcalde Fernando Aguirre Martínez, dando noticias de la próxima visita a la ciudad del conde Galeano Chiano. El conde era ministro de Exteriores de la Italia fascista del gobierno de Benito Mussolini y su yerno, por estar casado con Edda Mussolini, la hija mayor del dictador, aunque, como los grandes nobles, hicieran vida separada cada uno dado a sus lujos y sus amantes. El bando dijo textualmente "Toledanos, una jerarquía insigne de la Italia fascista e imperial, el conde Galeazzo Ciano, va a ser por unas horas huésped de esta ciudad que fue imperial en su historia magnífica de honda raigambre española y que tiene ahora, como tiene España entera, nuevas voluntades de imperio". Para finalmente, solicitar a las toledanos engalanar sus balcones, mostrar gran júbilo y llenar las calles para recibir al citado conde. En la visita, todos se echaron a la calle, brazo en alto, para demostrar la máxima adhesión al nuevo estado. Había que darlo todo, gritar como el que más y demostrar a todo el mundo que se estaba muy en onda con el galán y libertino italiano. Él, siempre atractivo vestido de blanco militar, se dejó querer, besó a niños, saludó desde el ayuntamiento a una plaza abarrotada, visitó el Alcázar destruido, hubo desfiles, fotografías con los vencedores. Y dicen que de esta visita algún italiano con ojo cinematográfico se llevó la idea de rodar la, propagandista, película 'Sin novedad en el Alcázar' dirigida por Augusto Genina en los flamantes estudios Cinecittà que recientemente había inaugurado 'Il Duce'. El conde lucía su mejor sonrisa cuando le contaban los tristes hechos acontecidos. En unos años cambió de opinión y votó contra su suegro y terminó ante un pelotón de fusilamiento. Cosas de la guerra.
El año 39, final de la guerra civil, año de la victoria o año de la derrota, según se mire, era un momento para retomar, por los vencedores, imperios y glorias pasadas. El imperio era el gobierno fascista italiano y a él tendría que aspirar la “nueva España”. La ideología dominante impregnó la literatura de posguerra que se lanzó al encumbramiento de cualquier gloria imperial pasada: apóstoles, reyes santos, y prohombres históricos. Todo tendía hacia el imperio, pero ojo que Toledo ya era ciudad imperial. España siempre ha tenido, desde los romanos, esa misión imperial, para conquistar el mundo y llevar a todos los confines del mundo las tapas, la paella y la sangría y nuestra cultura que en algún momento deberíamos definir. Claro está, si nos olvidamos de Visigodos y árabes que pasaban por aquí. Toledo siempre fue imperial.
Toledo, cuentan los guías de turismo, es la ciudad imperial. Quizás se les olvida contar que es ciudad “imperial” porque antes fue ciudad comunera, ya que se opuso al poder del emperador Carlos allá por el siglo XVI. Tras la derrota de Villalar donde decapitaron a los líderes comuneros y la resistencia de nueve meses que gestiona María Pacheco, Toledo cae en manos de tropas imperiales y Toledo es imperial por la fuerza de las armas y para que a los Toledanos no se les olvide tal derrota, el emperador impone su escudo personal a la ciudad y determina que los ciudadanos de Toledo tendrán que entrar a la ciudad por debajo de su escudo bicefálico. Escudo imperial que se instaló en la nueva entrada a Toledo, la nueva puerta de Bisagra diseñada por Covarrubias. Ya que sus puertas vecinas la antigua de Bisagra, hoy de Alfonso VI, estuvo tapiada hasta 1905 y la otra vecina y simétrica, la puerta del Vado, oculta bajo los restos de los alfareros hasta que su fachada se “redescubrió” en los años iniciales de este siglo.
Hace unos meses se inauguró la remodelación del paseo de la Vega, la entrada a la ciudad por Bisagra. En el proceso se ha colado un término que espero erradicar “paseo imperial”. La carretera jalonada por Sisebuto, Sisenando, Wamba por una banda y por la contraria los Alfonsos desde el sexto al octavo luce nueva. Las estatuas brillan con un acabado muy poco preciso, alguna cercana a la abstracción, ya que han malvivido los tres siglos que ya tienen sus marcas de cincel. Fue el primer Borbón, Felipe V, que deseoso de palacio nuevo, aprovechó el “fortuito” incendio navideño del Alcázar de Madrid para hacerse un palacio a la altura de la estirpe borbónica. Para rematar la cornisa del nuevo palacio encargó un montón de esculturas que representasen a todos los reyes que le habían precedido: visigodos, castellanos, navarros, aragoneses y españoles, con el olvido del periodo de al-Ándalus, en su periodo califal o en sus reinos de taifas. Con esa colección de monigotes pétreos quería el Borbón, demostrar a “su pueblo” su vínculo con la monarquía española y que nadie notase que el rey francés era un rey extranjero. Finalmente, las estatuas son bajadas de la cornisa y mezcladas en los almacenes palaciegos hasta que el cardenal Lorenzana, con la mediación de Antonio Ponz, pide unas pocas para “embellecer” Toledo.
Ahora han sido reubicadas, las que quedaban dispersas, en los flancos del fin de la carretera nacional 401, cuyo mojón también ha sido integrado al conjunto anacrónico. El trasunto pétreo de los reyes de los visigodos y los tres reyes de León y Castilla nos saludan al llegar a Toledo. Llámenme exótico, pero yo preferiría una bienvenida de poetas, científicos y artistas que mejor representarán el Toledo universal, no imperial.
Todo lo que huele a imperio apesta, no me gusta. No me gusta que tengamos espíritu imperial, gloria imperial ni menos futuro imperial cual Trump deseando quedarse con Canadá, Groenlandia, México o el estrecho de Ormuz. Llamemos, a la entrada hacia la puerta Bisagra, paseo de la Vega o de Merchán o calle Cardenal Tavera, por favor, sin glorias innecesarias. Gracias.














