El palestino más joven de Toledo

"Todos sabemos lo que ocurre en Palestina, no se puede minimizar o justificar. Un ciudadano que defiende a su familia, a sí mismo, a su país, no es un terrorista, es un patriota"

El sol se desplomaba ayer sobre la línea del horizonte como si alguien hubiera cortado la cuerda que lo une al cielo. No hacía frío ni calor, se daban las condiciones perfectas para una reunión al aire libre. No éramos muchos, pero sí suficientes para tener la absurda escolta de la Policía Nacional, como si fuéramos a comportarnos igual de mal que los que nos gritaron “¡viva Israel! cuando pasaban en coche a toda velocidad a la altura del hostal El Cardenal. A ellos no los vigilaban, se conoce.

Yo estaba allí con los demás, no conocía a nadie, salvo de vista, pero no me sentí sola sino arropada por una manta de solidaridad y empatía que hacía tiempo que no me cubría. Había personas de todas la edades, jóvenes y no tanto, congregados alrededor de un olivo decorado con lazos de colores palestinos que ondeaban en la brisa del atardecer como aves a punto de abandonar el nido.

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Escuchaba suspiros, tráfico, golondrinas, murmullos, pasos, saludos… y me perdí un ratito en mis propios pensamientos, a la espera.

Entonces, me fijé en él. Tenía apenas unos días, pero, su mirada oscura y profunda parecía dominarlo todo. No pude evitar sonreír cuando lo sacaron del carrito y comenzó a observarnos mientras pasaba de brazo en brazo haciendo las delicias de los presentes. El bebé no sabía que estábamos allí en apoyo a la Global Sumud Flotilla interceptada, secuestrada y vapuleada, ni que los congregados teníamos un sentimiento común de incondicionalidad frente a un genocidio que se está perpetrando en directo; tampoco entendió los poemas leídos con vehemencia y locuacidad, ni las reivindicaciones, ni las exigencias, ni los ruegos. Lo que sí sabrá, estoy segura, es que hubo gente en Toledo (y en muchos lugares del mundo, por supuesto) que alzó la voz en favor de los derechos humanos de su pueblo.

Al cabo de un rato, lo acomodaron de nuevo en su cómodo transporte, envuelto en una capita de ganchillo beis, y se durmió arrullado por consignas repetidas como nana de brasero.

Pensé en los otros niños, los que viven atrapados bajo el yugo del exterminio y la limpieza étnica que el infame estado de Israel está llevando a cabo en su país con la complicidad de Europa y Estados Unidos, y deseé para ellos un sueño parecido, acurrucados por sus padres, rodeados de familiares y amigos, a salvo.

El acto se me hizo muy corto a pesar de los largos aplausos. Me sentí orgullosa de cada una de las almas que se dieron cita junto al olivo de Palestina, orgullosa de su generosidad, de su firmeza y de sus convicciones, que son las mías. Aprendí cosas que no sabía, me refiero a datos históricos y de otra índole que no suelen facilitar los medios de comunicación o los libros, ambos al servicio, a veces, de quienes firman los relatos homologados para que nada turbe nuestro confort.

Todos sabemos lo que ocurre en Palestina, no se puede minimizar o justificar. Un ciudadano que defiende a su familia, a sí mismo, a su país, no es un terrorista, es un patriota. ¿O es que este principio solo es válido dependiendo de la nación dónde se nace?

Yo no sé si el bebé con el que coincidí bajo la muralla toledana es el más joven de Toledo, me pareció un buen título para este artículo de opinión, lo que sí sé es que está a resguardo de las bombas, de las torturas y de las injusticias. Al menos, de momento.

Son malos tiempos para las virtudes humanas, pero, ojalá, cuando abra los ojitos por la mañana, goce de la paz a la que tiene derecho y con la que los demás tenemos una obligación.

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