Había poco tráfico en la carretera, sin embargo, al tomar el desvío, un enorme camión se colocó con obstinación delante de mi furgoneta haciéndome avanzar penosamente, como fila de procesionaria. El trayecto estaba durando un poco más de lo normal, pero no me importaba, el paisaje era magnífico. Los colores de la estación floral por excelencia colonizaban ambos lados de la carretera y yo, al tener el horizonte censurado por la altura del mastodonte motorizado, no podía sino admirar los flancos de mi nueva singladura personal al servicio de mi pasión por la literatura. Al cabo de un rato, el pesado vehículo tomó el camino de tierra a la derecha, justo antes de que la iglesia de bellas proporciones de la localidad toledana de Yepes apareciera al final del asfalto recortada contra la calima gris del mediodía. No viajaba sola, mi compañero de vida, Gabriel Navalón, venía conmigo, como viene siempre, para formar parte de la invitación que la asociación 'El libro de los clubes' me había hecho meses atrás. En su empeño por dinamizar el movimiento cultural en torno a los libros, su presidenta, Esther Galán, incluyó en el programa de actividades del encuentro de primavera de los clubes de lectura de la provincia de Toledo la presentación de mi novela 'El lector de almohadas', de Velasco Ediciones. Acepté encantada, como es lógico. Lo que no sabía en ese momento era la sorprendente jornada que me esperaba en el cálido interior del Centro Cultural Calderón de la Barca del municipio.
Más de cuatrocientas personas abarrotaban el vestíbulo a la espera de sentarse a las mesas que la organización había preparado para compartir pan y viandas el sábado 11 de abril de 2026, después de haber visitado la zona y degustado productos de la tierra, patrimonio tradicional, imprescindible e insustituible.
Nos sentimos honrados de poder participar de ese momento, de la algarabía general y de la acogida sin reparos. El ratito sirvió para constatar una verdad irrefutable: la mayoría aplastante de mujeres en este tipo de encuentros y otros similares con lectores. ¿O debería decir “lectoras”?
El auditorio esperaba su turno en silencio, vacío. Caminé por el pasillo central con Daniel del Cerro, bibliotecario de Yepes e impulsor de cuanto veía. No en vano, me encontraba allí por iniciativa suya, como suya era también la programación de ese día. Qué solvente me pareció aquel joven, qué linda bonhomía dispensaba y qué padrino más adecuado tuve sobre el escenario cuando El lector de almohadas tomó el protagonismo.
Las conversaciones se fueron apagando poco a poco y me sentí abrumada por el silencio atronador que aguardaba mis primeras palabras en torno a la novela. Quise ser breve, sabía que había más cometidos tras mi intervención, pero el interés del público fue un acicate imposible de obviar y me olvidé del reloj. Hablé de los motivos que me llevaron a escribir, de mis anhelos al hacerlo, de la dedicación que hace falta para no tirar la toalla, de la frustración cuando la recoges del suelo y empiezas de nuevo. También de las alegrías proporcionadas por esta obra en concreto, que sigue cosechando éxitos como una de las novelas más vendidas en todas las ferias literarias, de las personas estupendas que he conocido gracias a ella, de otros clubes de lectura, algo más lejanos, que tuvieron a bien elegirla para los encuentros en las Bibliotecas Públicas Municipales de Madrid.
Terminé mi exposición cantando estrofa y estribillo, como hago habitualmente en todas las presentaciones a las que acudo como invitada, y un aluvión de interesantes preguntas sobre El lector de almohadas me reconcilió con el conductor del camión que me llevó hasta allí a paso de tortuga. Quise cumplir con cada una de ellas, con la que suponía cantar de nuevo también, acepté con agradecimiento la ovación que me otorgaron y el presente de manos de María de los Ángeles Campos, concejala de cultura del Ayuntamiento de Yepes, institución que, por cierto, hizo un trabajo de cobertura impecable.
Abandoné el auditorio en una nube de sensaciones tan potente como un ciclón oriental. En el vestíbulo del Centro Cultural Calderón de la Barca, la librería Toledo vendía ejemplares de mi libro a un ritmo alegre, dinámico. Diego, el dueño de la misma, me indicó con un guiño que me acomodara tras la mesa dispuesta para la firma de ejemplares mientras los miembros de los clubes de lectura abandonaban el auditorio y se iban apilando a mi alrededor, ávidos por conseguir uno, conocer los dislates del protagonista e inmortalizar el momento móvil en mano. Pensé en que debería considerarme afortunada porque la vida me regalaba, una vez más, la oportunidad de llegar al corazón de la gente con mi trabajo.
Terminé de charlar con los lectores bien entrada la tarde, feliz y con la confianza reforzada en mi labor como escritora.
Mientras emprendíamos el retorno a casa, llegué a la conclusión de que El lector de almohadas descansaría de allí en adelante sobre mesillas y estanterías nuevas. Me acosté de madrugada, abrazada a mi propia almohada, la misma que aparece en la portada del libro, y, vencida por el sueño, me dormí acunada por ese agradable pensamiento.














