Hay una edad en la que uno empieza a perder el nombre y a ganar diminutivos. Abuelito, campeón, cariño. La médica Paloma Navas recuerda en una reciente entrevista que su padre, de 91 años, maneja un ordenador y reparaba equipos. El dato tiene algo de escándalo: un anciano utilizando una máquina sin pedir permiso al nieto. Hemos confundido tanto el cuidado con la tutela que basta una cana para empezar a hablarle a alguien como si acabara de estrenar las vocales. Le celebramos que salga, que lea, que tenga planes. Qué mérito, a su edad. También admiramos su gran sabiduría, siempre que no la emplee para llevarnos la contraria. Nos gusta mucho escuchar a los mayores cuando confirman lo que pensábamos; si discrepan, decimos que se han vuelto difíciles. Envejecer consiste entonces en superar un examen diario de simpatía y gratitud. La autonomía queda preciosa en los folletos, hasta que alguien la ejerce. Al ordenador le basta una contraseña. La familia exige que sea la suya.

















