Los reformatorios franquistas para niñas "rebeldes" y de los que apenas se habla: "No había esperanzas de salir con vida"

Durante décadas, miles de niñas y adolescentes fueron internadas en estos centros vinculados al Patronato de Protección a la Mujer, un sistema de control moral creado a principios del siglo XX y reactivado durante el franquismo

"Me dijeron que me iban a poner una vacuna contra la gripe. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una habitación que no conocía de nada". Consuelo García tenía 16 años cuando abrió los ojos en un sitio desconocido y vio barrotes en la ventana. Se asomó. Todos los coches llevaban una 'M' en la matrícula. La habían trasladado a Madrid sin saberlo. Era el año 1975. Esta niña de Barcelona acababa de entrar en uno de los reformatorios vinculados al Patronato de Protección a la Mujer.

Durante décadas, miles de niñas y adolescentes fueron internadas en estos centros por ser consideradas "rebeldes" o "mujeres caídas". Una etiqueta lo suficientemente amplia como para incluir desde quienes fumaban o besaban a un chico hasta víctimas de abusos sexuales. El Patronato, un sistema de control moral creado a principios del siglo XX y reactivado durante el franquismo, siguió funcionando hasta 1985, diez años después de la muerte del dictador Francisco Franco.

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Se calcula que más de 200.000 mujeres pasaron por sus centros. Muchas de ellas eran menores que no habían cometido ningún delito. Y ese fue el caso de Consuelo. Una niña que venía de familia "pija" y "adinerada", pero que no era buena estudiante.

Había empezado a participar en protestas contra el régimen y su propia familia facilitó su ingreso. "Nunca piensas que tu familia lo va a hacer. A mí sí me lo hicieron. No había esperanzas de salir con vida", recuerda.

El proceso podía comenzar en la calle, con las llamadas "guardianas de la moral", o en casa, como en su caso. También a través de denuncias familiares o decisiones judiciales, como le ocurrió a la cántabra, Loli Benito.

Loli tenía 12 años cuando un tribunal de menores ordenó su ingreso. Había dejado de ir al colegio para cuidar a su madre enferma hasta que, durante una temporada de ingreso en el hospital se queda a solas con su padre, que abusaba sexualmente de ella. Es aquí cuando Loli escapa de su casa y empieza su "infierno".

"Yo no tenía nada, ni si quiera inquietudes políticas. El psiquiatra consideró que no tenía ningún problema más allá de mi situación familiar, pero aun así me llevaron a un reformatorio", cuenta.

Ninguna de las dos había cometido delitos. Pero ambas acabaron encerradas. Las internas eran clasificadas y trasladadas a centros gestionados en su mayoría por órdenes religiosas. Allí podían permanecer años, incluso hasta los 21 o 25, bajo una tutela que ampliaba la minoría de edad de las mujeres.

Escuela del Patronato de Protección a la Mujer en Sevilla. /Imagen: Junta de Andalucía

Una rutina sin miramientos, una maternidad a solas y el miedo constante

Loli recuerda una vida reducida a la repetición. "Te levantas, trabajas en el taller, comes, vuelves a trabajar y te acuestas. Lo importante era trabajar, casi más que rezar", resume. Dentro del Patronato, el día a día se organizaba en torno al trabajo: confección de ropa, tareas industriales y domésticas sin remuneración.

Esta rutina no desaparecía tampoco durante, ni después de un parto. Loli se quedó embarazada de su padre después de una violación y tuvo que dar a luz en Peña Grande, el reformatorio madrileño donde trasladaban a todas las mujeres en estado. "Te ponías de parto sola, en una habitación blanca. Gritabas y nadie venía. "Tienes que esperar a que te duela más", me decían".

Y esperó a que le doliera más, sin anestesia dio a luz a una niña y sin anestesia también la dieron puntos que ni si quiera quiso contar. "Y después de parir, se continuaba con la rutina, a pesar de los dolores". Y no solo continuaba la rutina sino que, el miedo también crecía.

Tener hijos en el reformatorio se convertía en una amenaza constante. "Decían que si subían a tu niño al botiquín, no volvía". Loli narra como un día le aseguraban que su hija estaba mala y tenían que trasladarla a botiquín.

"Yo subí con ella, a pesar de prohibírmelo. Era muy probable que me la quitaran. Desde entonces, no me lo volvieron hacer, pero me hacían otras cosas perores". En un salida, Loli vuelve a ser violada por su padre -y se vuelve a quedar embarazada- y años después, bajo presión, firmó la adopción de sus dos hijos. "Me dijeron que no iba a poder darles una vida digna". Tardó 27 años en reencontrarse con ellos.

Loli en el centro de la imagen junto a Consuelo a su izquierda/Imagen: Itziar Machicado

Fugas, supervivencia y secuelas

Las fugas eran habituales, aunque pocas tenían éxito. “Nos llevaban lejos de casa para que no tuviéramos a dónde ir”, explica Consuelo. Loli consiguió escapar y recorrió parte del país haciendo autostop. “Si era un camionero, mejor, porque avanzabas más rápido. Aunque tuvieras que permitir tocamientos, más abusos...”, señala.

La huida no implicaba libertad inmediata: muchas acababan expuestas a la precariedad, la violencia o la supervivencia en la calle. Aun así, dentro de los centros también se generaban redes de apoyo entre mujeres. "Había algo muy importante: no estabas sola. Recuerdo el momento del parto. Todas mis compañeras subieron para estar conmigo y fue el único momento en el que me sentí acompañada", recuerda Loli.

Diez años después de la muerte de Franco continuaron las represalias. Loli fue diagnosticada en el 98 erróneamente de esquizofrenia y a día de hoy, sigue medicándose. "Yo decía que tenía dos hijos y pensaban que estaba loca", explica. Su experiencia no fue reconocida como tal durante mucho tiempo.

Reconocimiento tardío, un perdón vago y la resistencia de visibilizar

Durante décadas, estas mujeres quedaron fuera del relato oficial del franquismo. La Ley de Memoria Democrática no las incluyó inicialmente. El reconocimiento ha llegado tarde y es, para muchas, insuficiente.

Reclaman acceso a sus expedientes -en muchos casos desaparecidos o alterados- y exigen responsabilidades. "El 9 de junio nos prometieron que nos iban a entregar nuestros expedientes. Pero nada. Y nos hemos enterado que hay muchas cosas que son mentiras. Los expedientes dicen atrocidades. Hay algunos que no aparecen en ninguna parte. Inundaciones, incendios, excusas. No saben dónde meterse, pero nosotras sí sabemos dónde estamos", cuenta Consuelo.

Y el perdón llegó también pero de forma vaga e insuficiente para ellas y sin que nadie sea condenado. "Solo nos dijeron: Si si, tenéis razón, perdón. Sin ninguna sanción. Nos decían que las monjas solo eran unas pobres ancianas... ¡Y yo una niña!", continúa narrando Consuelo con la voz quebrada.

Loli y Consuelo contaron sus testimonios en la Biblioteca de Castilla-La Mancha estremeciendo y emocionando a todos los asistentes. Y seguirán contando sus historias para evitar que se pierdan. "Con la memoria no se juega", advierten.

"Lo único que hay que hacer para que esto no se vuelva a repetir es dejar de escuchar que con Franco se vivía mejor. Tengo la impresión de que algo no estamos haciendo bien cuando hay tanta nostalgia del franquismo", argumenta Loli.

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