Vecinos, voluntarios y profesionales: la respuesta humana a la tragedia ferroviaria de Urda

En el dispositivo de emergencia desplegado han llegado a trabajar más de 1.300 efectivos de seguridad y emergencias en total, acompañados por un fuerte movimiento civil coordinado de cientos de voluntarios y vecinos

Inmediaciones de la estación de tren de Urda. 8.53 horas del miércoles 28 de octubre. El pequeño pueblo toledano, de unos 2.500 habitantes, se despertaba recordando todavía que nueve días atrás una tromba de agua inundó las calles. Un susto del que todavía no se habían recuperado y esa mañana se toparon con una tragedia que nunca olvidarán.

Dos trenes de alta velocidad chocaban a escasa distancia de la estación del pueblo, en el cruce con la vecina población de Los Yébenes, cuyo término municipal linda con el de Urda. Allí no escucharon el impacto, pero pocos minutos después varios de sus vecinos llegaron hasta el lugar para ayudar.

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Formaron parte de un amplio grupo de voluntarios que dejaron lo que estaban haciendo para colaborar. No se sabía aún en aquel momento pero el accidente iba a dejar 69 muertos y más de 200 heridos, según el balance provisional.

Entre quienes salieron corriendo para llevar agua, botiquines o prestar sus vehículos y sus manos estaban Antonio y María José, un matrimonio de Los Yébenes que ese día celebraban aniversario de boda. Estaban desayunando tras dejar a sus hijas en el colegio y pensaban disfrutar de un día "tranquilo" en el campo. Eran las 9.15 horas. Cambiaron sus planes al recibir la llamada de un amigo que les avisó del suceso. Cargaron el coche con todas las botellas de agua que pudieron. "Eran unas 200, casi un palé", relata María José Torres. Se fueron hasta el cruce con Urda y allí la Guardia Civil trataba de organizar a sanitarios y voluntarios que llegaban al lugar.

María José y Toni, un matrimonio de Los Yébenes que estuvo ayudando, como voluntarios, en la zona cero del accidente ferroviario de Urda. Foto cedida.

Ayudaron a trasladar heridos leves. El matrimonio de voluntarios llevó a tres chicas hasta el pabellón habilitado en Urda. "Yo intentaba tranquilizarlas. Iban muy asustadas, necesitaban un abrazo o que les cogieras de la mano". En la zona cero ya no les necesitaban, se había organizado ya el dispositivo desde el Puesto de Mando Avanzando, así que volvieron a Los Yébenes. Allí se había preparado otro pabellón para recibir a posibles heridos.

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Antonio y María José tienen experiencia en Protección Civil, así que organizaron las donaciones que llegaban: agua, comida, mantas. Allí se atendió a siete personas heridas, pero la emergencia se centralizó en Urda y no fue necesario este segundo pabellón. "Nos gustaría haber ayudado más. Nos sentimos impotentes", confiesan.

"Realmente no procesas el escenario hasta días después"

Esa misma urgencia por llegar y actuar fue la que movilizó a los servicios de emergencias profesionales. Miguel Ángel Laguna, bombero del Consorcio Provincial de Extinción de Incendios y Salvamento (CPEIS) de la Diputación de Toledo, se encontraba en su domicilio cuando llegaron las primeras notificaciones del 112. Aunque no estaba de guardia, su puesto de desempeño le mantiene localizado durante las 24 horas del día, los 365 días del año. Al conocer la magnitud de lo que estaba sucediendo, decidió desplazarse hasta el lugar del siniestro.

La respuesta del operativo se organizó de manera escalonada. La primera dotación en salir fue la del parque de Orgaz, por su proximidad al lugar del accidente. Una vez confirmada la envergadura del siniestro, comenzaron a movilizarse los parques de la zona, activar más personal y coordinar los refuerzos con otros servicios de emergencia.

Cuando llegaron, los bomberos se encontraron con un escenario en el que muchos viajeros ya estaban intentando salir de los vagones por sus propios medios. También se estaban ayudando unos a otros. "Había mucha gente que se estaba autoevacuando, se estaban ayudando unos viajeros con otros", recuerda Laguna.

La primera tarea fue realizar un barrido de todo el escenario para determinar el alcance real del accidente y localizar los principales puntos de intervención. Mientras se llevaba a cabo ese reconocimiento, los equipos comenzaron a ejecutar los rescates más urgentes. En algunos casos, explica, fueron necesarias maniobras rápidas para extraer a las víctimas de los vagones, con la instalación de escaleras y camillas y actuaciones inmediatas que permitieran trasladarlas cuanto antes.

Laguna reconoce que el trabajo durante una intervención de estas características se desarrolla bajo una enorme tensión. En su caso, su labor estuvo más centrada en la gestión y coordinación del operativo, aunque subraya que sus compañeros estuvieron en contacto directo con las escenas más duras del accidente.

Por eso, el CPEIS cuenta con un procedimiento de atención psicológica para los efectivos que necesiten apoyo después de una emergencia de estas dimensiones. En situaciones extraordinarias, como la vivida en Urda, se plantea una primera reunión grupal con los intervinientes y, si se considera necesario, se derivan posteriormente actuaciones individualizadas.

"Cuando estás en la emergencia estás con mucha tensión, estás muy activado", explica. Laguna describe ese estado como una especie de mecanismo que permite a los profesionales concentrarse por completo en el trabajo y aplazar el impacto emocional de lo que están viviendo. "Realmente no procesas el escenario, el ambiente en el que te encuentras, hasta ahora o días después", añade.

Es precisamente en estos días posteriores cuando los equipos comienzan a asimilar lo ocurrido. Entre las sensaciones que quedan, el bombero destaca la satisfacción de haber podido ayudar a quienes todavía estaban con vida y necesitaban asistencia, pero también el recuerdo de quienes fallecieron.

"Ahora están con la satisfacción de haber podido ayudar y haber salvado a todas aquellas personas que afortunadamente todavía estaban con vida y requerían nuestra atención y, sobre todo, acompañar y traer de la forma más digna posible a los fallecidos", concluye.

Juan Manuel Barrachina, psicólogo voluntario de Cruz Roja / Imagen: Cruz Roja Toledo

"Ante un dolor tan inmenso, la intervención se reduce a estar y acompañar"

Acompañar. Esa palabra define también el reverso invisible de la catástrofe: el sostenimiento emocional de quienes buscan respuestas en medio del caos. Juan Manuel Barrachina, psicólogo jubilado y miembro de los Equipos de Respuesta Inmediata en Emergencias (ERIE) de Cruz Roja, recibió la llamada en su casa de Toledo y se desplazó de inmediato a Urda.

En una conversación con este medio, narra que en el momento del accidente se encontraba en su casa cuando recibió la llamada de sus compañeros. Sin dudarlo, cogió su vehículo y se desplazó desde Toledo hasta Urda, donde participó activamente en la contención emocional y atención directa a las víctimas y sus allegados desde las primeras horas del accidente.

"En esos momentos te pones a disposición de la dirección de la emergencia; nuestra labor principal es estar, acompañar y aliviar el dolor en la medida de lo posible", relata Juan Manuel. "Vamos ya con una preparación que nos facilita el dejar un poco aparte nuestras emociones en un momento dado, y centrarnos en la persona que necesita nuestra ayuda".

Una vez en el municipio, el operativo de emergencia requirió una clara división de espacios para proteger y atender de la mejor manera posible a los afectados. Por un lado, se habilitó el pabellón deportivo enfocado principalmente a la atención de heridos; por otro, se destinó una escuela como centro para la acogida y resguardo de las familias.

Esta separación buscaba evitar que los familiares presenciaran directamente los momentos más críticos, creando un entorno de mayor contención y amparo. No obstante, la crudeza de la situación ponía a prueba a los equipos de emergencia, siendo una de las intervenciones de mayor magnitud a las que se ha enfrentado el voluntario en su trayectoria.

Como psicólogo, Juan Manuel explica que en una tragedia de esta dimensión las primeras palabras a menudo desaparecen. Ante un dolor tan inmenso, la intervención se reduce a la presencia y la escucha. "Hay ocasiones en que no son ni siquiera palabras; simplemente es romper a llorar. Están tan afectados que muchas veces no les salen las palabras. Nuestro deber es estar, acompañar y aliviar el dolor en la medida de lo posible, conscientes de que el dolor no se puede borrar, pero sí hacer un poco más leve", explica.

Durante los días posteriores, su labor continuó codo a codo con el dispositivo, prestando apoyo en la Casa Sacerdotal. En este recurso, Barrachina y sus compañeros acompañaron a las familias durante el complejo y desgarrador proceso de identificación y notificación oficial de las víctimas mortales.

Barrachina enfatiza que la clave técnica de la intervención psicosocial en esta etapa es el respeto absoluto a los tiempos, reacciones y necesidades individuales de cada persona. "Verificamos qué demanda la persona en cada instante: si quiere hablar, se la escucha; si prefiere guardar silencio o romper a llorar, permanecemos a su lado en silencio. Lo crucial es que sientan que están comprendidas y acompañadas por profesionales que velan por ellas", explica.

Intervenir en un escenario de pérdida colectiva requiere una sólida preparación metodológica. Los psicólogos voluntarios se forman para posponer provisionalmente sus propias emociones durante la asistencia directa y concentrar toda su capacidad operativa en las necesidades de las víctimas. Posteriormente, el equipo realiza sesiones internas de desahogo y "ventilación emocional" entre compañeros para procesar el impacto psicológico acumulado durante las jornadas de guardia.

Conscientes de que el impacto emocional perdura más allá de la emergencia inmediata -especialmente cuando las familias regresan a sus hogares y afrontan la ausencia diaria de sus seres queridos-, Cruz Roja mantiene canales de atención y pone a disposición de los afectados el servicio de apoyo psicológico a nivel nacional. Con ello se busca acompañarles en esta "nueva normalidad", ayudándoles a transitar el vacío y los recuerdos que deja una pérdida de esta magnitud.

La organización mantiene su compromiso con la comunidad, coordinando junto al Ayuntamiento sesiones de acompañamiento para vecinos e intervinientes. Pero mientras en Urda y en la Casa Sacerdotal se gestionaba el duelo, el engranaje sanitario libraba otra batalla contrarreloj.

"Sobran pasillos y falta espacio, pero el equipo respondió"

La emergencia movilizó el lado más humano y vocacional del personal del Hospital de Toledo. A través de los testimonios de Helena Galán, Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE) de Neurocirugía, y María Carmen Moraleda, celadora de Urgencias, se dibuja un retrato crudo pero profundamente solidario de las primeras horas.

Helena Galán

Desde el primer momento en que se conoció la colisión entre los dos trenes, el engranaje del hospital se puso en marcha ante la previsión de la llegada masiva de heridos. "Fue una organización de récord", señala Helena Galán, que destaca que la logística se adaptó con rapidez: se despejó la entrada principal sacando carros de ropa a la calle y habilitando mantas y colchas en el suelo para que el tránsito de los pacientes desde las camillas de las ambulancias fuera inmediato, logrando que los vehículos de emergencia pudieran retornar con agilidad a la zona del siniestro.

En las plantas de hospitalización y en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), el panorama era desolador. Helena recuerda el impacto de atender a pacientes con severas lesiones medulares, distintos traumatismos y fracturas múltiples. Historias humanas marcadas por el dolor, como la de un pasajero que, tras despertar en la UCI, conoció el fallecimiento de su mujer en el mismo accidente.

"Sobran pasillos y falta espacio", resume Galán al describir la saturación y la tensión en las áreas críticas, donde a la gravedad de los ingresos se sumaban las dificultades de aislamiento y la presión asistencial constante.

El compromiso de los profesionales no se limitó estrictamente a las horas de guardia. María Carmen Moraleda, celadora con cuatro años de experiencia en el centro, vivió las horas previas desde la distancia. No estaba en turno cuando sucedió la tragedia, pero se movilizó ante la angustia de conocidos que buscaban a familiares desaparecidos. Tras realizar gestiones con hospitales de Toledo, Ciudad Real y Alcázar de San Juan, el trágico desenlace se confirmó con el fallecimiento de una joven de 24 años, Julieta.

Urgencias del Hospital de Toledo en la mañana que se ha producido el choque de trenes en Urda / Imagen: Fidel Manjavacas

Al reincorporarse a su turno con el equipo portátil de Rayos X en la UCI, María Carmen constató la dureza de las lesiones -traumatismos craneoencefálicos y contusiones severas- y el uso de protocolos especiales de identificación provisional para acelerar las pruebas diagnósticas a pacientes ingresados sin documentación.

Pese al desgaste físico y psicológico acumulado, ambas profesionales coinciden en destacar el extraordinario compañerismo y la cohesión interdisciplinar. "Médicos, auxiliares, enfermeras, celadores... esto era un equipo, estaba todo superorganizado", concluye María Carmen, poniendo en valor la fortaleza de un personal sanitario que, curtido en grandes crisis previas, volvió a dar un paso al frente cuando más se le necesitaba.

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