Ante el accidente ferroviario de ayer en Urda, cuesta encontrar palabras que no parezcan pequeñas. Hay vidas truncadas y personas que tendrán que aprender a vivir con una ausencia que no eligieron. El silencio puede ser nuestra forma de respeto. Callar para no ocupar con opiniones el lugar de quienes necesitan llorar. Para admitir que no sabemos qué decir y que ninguna frase devuelve a nadie. Pero ese silencio nos pregunta cuánto tiempo estamos dispuestos a acompañar. Porque la conmoción pública tiene una duración distinta a la del duelo. Llegará otra noticia, volveremos a nuestras tareas y habrá quien siga intentando comprender cómo puede continuar el mundo. ¿Sabremos estar entonces? No hace falta conocer a las víctimas para reconocer lo que su muerte nos exige: cuidado con las imágenes, respeto a la intimidad, verdad sobre lo ocurrido y una atención que dure más que el impacto. Guardemos silencio. Y procuremos que quienes han perdido a alguien no encuentren después nuestro propio vacío.
Cuando termine el minuto de silencio
No hace falta conocer a las víctimas para reconocer lo que su muerte nos exige: cuidado con las imágenes, respeto a la intimidad, verdad sobre lo ocurrido y una atención que dure más que el impacto. Guardemos silencio






