Ilustres lectores, ilustres lectoras,
Como cada año, hemos disfrutado de la gran fiesta toledana que es el Corpus Christi. Este año será algo más difícil rescatar las plantas que ya languidecen tras haber sido usadas de adorno efímero, pero no queremos hablar de cosas tristes.
Celebrar el gran día toledano es un placer y un gusto. Muchas críticas se oyen sobre el Corpus, especialmente por su estrecha relación con un aspecto más conservador de la ciudad, que algunos preferirían convertir en una alegría social inclusiva diferente.
Pero este año no es el año.
Y aunque no lo sea, sí existe un aspecto vecinal que siempre es digno de celebrar y es la conquista de las sillas en las calles de las vecinas. Este es realmente uno de los primeros símbolos de que el Corpus está aquí. Las cadenas que abrazan estos símbolos de libertad frente a las sillas pagadas que, por supuesto, encuentran su origen en un remoto recuerdo franquista.
Y como no podía ser de otra manera, este año he pensado en Bad Bunny, porque las sillas blancas no solo son símbolo de las noches al fresco en un humilde barrio puertorriqueño, también son la esencia de las vecinas que quieren disfrutar del Corpus Christi toledano donde todavía buenamente puedan. Y esta silenciosa, cautelosa y obstinada tradición vecinal es algo que no hace más que recordarnos que tenemos poder para recuperar nuestros espacios públicos.
Que todavía existe un resquicio de esperanza para que no todo sea pagarlo. Y por eso, este año hice muchas fotos de las sillas. Y debí tirarlas mucho antes.













