El 17 de agosto se celebra el Día Mundial del Peatón

Atención, se ha visto un peatón

Claro que todos debemos actuar con prudencia, pero proteger al peatón exige calles diseñadas para perdonar errores, velocidades compatibles con la vida, pasos seguros, tiempos semafóricos humanos y administraciones que actúen antes del atropello, no después

Cada 17 de agosto celebramos el Día Mundial del Peatón, una fecha muy necesaria porque todavía hay quien, desde determinadas administraciones públicas y desde no pocos parabrisas, contempla al peatón como una especie de aparición mariana de la movilidad: de pronto está ahí, en medio de la calle, y nadie sabe muy bien de dónde ha salido ni por qué se empeña en cruzar. Conviene, por tanto, avisar a la población. Hay peatones. Los hay en Toledo. Los hay en Castilla-La Mancha. Se han localizado también en España, abundan en Europa y existen testimonios bastante fiables de que aparecen por prácticamente todo el mundo. No es una invasión. Tranquilos. Llevaban aquí antes que los coches.

El hallazgo merece atención porque el peatón posee unas características verdaderamente singulares. Se desplaza sin matrícula, no necesita ITV, carece de tubo de escape y, en la mayoría de los casos, consigue arrancar todas las mañanas sin introducir una llave en ninguna parte. Los ejemplares adultos suelen caminar sobre dos piernas, aunque no siempre: también existen peatones que usan bastones, muletas, sillas de ruedas, andadores o cualquier otro apoyo. Algunos transportan bolsas, otros llevan un carrito y muchos cargan con algo mucho más peligroso: prisa. A pesar de semejante diversidad, todos comparten una desconcertante aspiración: llegar vivos al otro lado de la calle.

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El 17 de agosto nos lleva, además, hasta una historia que merece ser contada sin bromas. Ese día de 1896, en Londres, Bridget Driscoll murió atropellada por un automóvil y quedó registrada como la primera víctima peatonal mortal de un coche en Gran Bretaña. Aquel episodio permanece en la historia de la seguridad vial como uno de los primeros grandes avisos sobre las consecuencias que podía tener la convivencia entre vehículos y personas. Más de un siglo después, hemos multiplicado la tecnología, las normas, los sistemas de seguridad y la capacidad de prevención. Precisamente por eso debería resultarnos todavía más difícil aceptar que sigamos perdiendo vidas por no proteger adecuadamente a quien camina.

Hemos progresado muchísimo desde 1896. Los vehículos actuales reconocen señales, detectan obstáculos, llevan sensores, cámaras, radares, navegadores, asistentes de carril y ordenadores capaces de avisarnos de que tenemos sueño, de que nos hemos salido dos centímetros de la trayectoria o de que hay una papelera aproximadamente en Cuenca. Algunos coches aparcan solos y otros prácticamente te conocen mejor que tu cuñado. Sin embargo, seguimos sin encontrar el mecanismo electrónico definitivo que obligue a determinados conductores a detenerse ante un paso de peatones. Tal vez porque esa pieza ya venía instalada de fábrica en el ser humano y se llamaba educación.

En Toledo tenemos experiencia suficiente para estudiar al peatón en su hábitat natural. Toledo fue diseñada cuando el concepto de movilidad urbana consistía fundamentalmente en tener piernas y ganas. Hay cuestas que sirven de prueba cardiovascular, callejones donde dos personas pueden conocerse íntimamente sin haberse presentado y calles que llevan siglos recordándonos que el cuerpo humano ocupa bastante menos que un todoterreno. Aun así, también nosotros hemos abrazado con entusiasmo esa moderna doctrina según la cual un coche no ocupa espacio público, sino que ejerce sobre él una especie de derecho nobiliario. Uno aparca, y aquello deja de ser calle para convertirse en señorío jurisdiccional.

Castilla-La Mancha tampoco es ajena al fenómeno. Somos tierra de paciencia, de horizontes y de gente capaz de esperar con dignidad. Esperamos la lluvia, los proyectos, las inversiones, algunas infraestructuras y, cuando hace falta, que un semáforo se ponga en verde. El peatón castellanomanchego ha desarrollado así un temple extraordinario. Puede aguardar junto a un paso de cebra observando cómo circulan treinta vehículos mientras medita sobre la inmortalidad del alma y calcula si el trigésimo primero pertenece finalmente a esa escuela filosófica minoritaria que considera conveniente frenar.

España entera ofrece magníficos ejemplos de convivencia entre el peatón y el automóvil. En nuestro país hemos desarrollado una institución jurídica de enorme solera, no recogida todavía en el Código Civil, llamada “son cinco minutos”. Gracias a ella es posible aparcar sobre una acera, bloquear una rampa, invadir un paso de peatones o crear una segunda fila de vehículos con la sencilla condición de pronunciar, con rostro compungido, “si no tardo nada”. Esos cinco minutos poseen además propiedades físicas que habrían apasionado a Einstein. Pueden durar siete, diecisiete o cuarenta y cinco minutos y, si uno entra a tomar café y se encuentra con Manolo, alcanzar dimensiones próximas a la eternidad.

La prueba irrefutable de que “solo son cinco minutos” constituye una figura de nuestro derecho consuetudinario son las cuatro luces de emergencia. Para algunos conductores no significan “mi vehículo está inmovilizado por una emergencia”, sino “he decidido hacer aquí lo que me da la gana, pero con destellos”. Uno podría dejar un turismo dentro de una farmacia y, mientras las cuatro luces estuvieran parpadeando, habría quien argumentaría que técnicamente no está aparcado. Está iluminado.

Y después están los semáforos. Qué gran invento. Qué prodigio de la técnica. Qué obra sublime del ingenio humano. Tres colores colocados en vertical han conseguido algo que miles de años de filosofía no pudieron: hacer comprender a millones de personas cuándo deben parar. Bueno, a millones menos algunos.

Hay instituciones públicas, a veces conocidas como Ayuntamientos, que periódicamente redescubren este artefacto. Puede ocurrir en Toledo, en Castilla-La Mancha, en cualquier punto de España, en Europa o más allá. Primero hay un cruce peligroso. Después los vecinos lo advierten. Más tarde escriben. Luego vuelven a escribir porque el primer escrito quizá estaba muy solo. Se producen sustos, reclamaciones, reuniones, preguntas, alguna noticia y tal vez algún accidente. Finalmente, después de un proceso de maduración administrativa comparable al de un queso manchego de gran reserva, alguien exclama: “¿Y si ponemos un semáforo?”.

Entonces se produce uno de los grandes momentos de la democracia local: se pone.

Y aquello puede alcanzar proporciones épicas. Llega la nota de prensa: “El Gobierno municipal culmina una actuación decisiva para reforzar la seguridad vial y avanzar hacia un modelo urbano más amable, sostenible, accesible, resiliente, transversal y probablemente biodegradable”. Uno lee el titular y espera descubrir que han trasladado Toledo tres metros hacia la izquierda para evitar un terremoto. Pero no. Han puesto un semáforo.

Y está muy bien ponerlo. Fantásticamente bien. Si hacía falta, había que ponerlo. Precisamente por eso resulta fascinante que algunos altos cargos o representantes institucionales esperen alrededor del semáforo el agradecimiento de varias generaciones. Falta el alcalde con tijeras, el concejal sujetando una cinta y el cronista municipal tomando nota para que dentro de quinientos años los escolares estudien aquel día: “En la mañana del día correspondiente, la corporación procedió a la instalación del semáforo, iniciándose así el Renacimiento”.

Un día acabaremos inaugurando pasos de peatones. Cortaremos una cinta blanca sobre la primera raya blanca. Habrá discursos. El alcalde recordará las dificultades técnicas del proyecto. El concejal explicará que “la actuación responde a una demanda histórica de los vecinos”. Después se descubrirá una placa: “Aquí cruzó por primera vez un peatón sin encomendarse a san Cristóbal”. Y todos a tomar un vino español.

La política posee una capacidad prodigiosa para convertir una obligación en generosidad. Se arregla una acera y parece que el alcalde la haya pagado personalmente vendiendo unas tierras. Se ilumina un paso de peatones y casi habría que mandarle una caja de mazapán. Se rebaja un bordillo y uno espera escuchar las campanas de la catedral. Cualquier día recibiremos una comunicación municipal que diga: “Cumpliendo nuestro firme compromiso con la ciudadanía, esta mañana el Ayuntamiento ha procedido a recoger la basura”. Gracias. De corazón. No sabíamos cómo corresponder a tanto desprendimiento.

Lo más extraordinario es que la hegemonía del automóvil ha penetrado tanto en nuestro pensamiento que basta quitar una sola plaza de aparcamiento para que alguien invoque inmediatamente el colapso de Occidente. Puedes construir un carril nuevo y hablamos de progreso. Puedes ensanchar una carretera y hablamos de inversión. Pero ensancha cuarenta centímetros una acera y aparecerá un ciudadano con gesto de estadista preguntando: “¿Y dónde aparcamos ahora?”. Sócrates se preguntaba qué era la virtud; Kant, qué podemos conocer; el español contemporáneo, dónde deja el coche mientras compra dos barras de pan. Cada época tiene la metafísica que se merece.

El aparcamiento es, de hecho, una cuestión emocional. No buscamos un lugar donde dejar el coche, sino un lugar exactamente pegado a nuestro destino. Si vamos a una tienda situada a ciento cincuenta metros y encontramos aparcamiento a ciento veinte, sufrimos la sensación psicológica de haber estacionado en otra provincia. Estamos dispuestos a dar seis vueltas a una manzana para evitar caminar cien metros, y después pagamos una cuota mensual para andar cinco kilómetros sobre una cinta sin llegar a ninguna parte. La especie humana es apasionante.

El peatón, entretanto, continúa con su entrenamiento. Para cruzar determinadas calles necesita visión periférica, anticipación, reflejos, cálculo vectorial y cierta confianza en la Providencia. Debe distinguir entre el coche que efectivamente frena y el que se aproxima reduciendo mínimamente la velocidad para transmitir una falsa sensación de esperanza. Debe saber si el vehículo va a girar aunque no utilice el intermitente y debe interpretar la mirada del conductor para averiguar si lo ha visto o está buscando una canción en la pantalla central. En algunos cruces, más que un peatón hace falta un controlador aéreo.

Especial mención merece el semáforo peatonal programado por alguien que posiblemente jamás haya conocido a una persona mayor. El muñeco se pone verde, una señora de ochenta y siete años inicia el cruce y, aproximadamente cuando ha levantado el segundo pie de la acera, comienza a parpadear. A partir de ahí la planificación municipal parece sencilla: señora, corra. Puede que lleve bastón, prótesis de cadera y dos bolsas, pero el algoritmo ha hablado. Si llega al otro lado, medalla. Si no llega, probablemente al año siguiente ampliemos la campaña de concienciación.

Luego está el conductor que se enfada porque el peatón tarda. Qué espectáculo. Mira el reloj, resopla, mueve las manos y transmite a través del parabrisas el sufrimiento insoportable de un hombre que acaba de perder nueve segundos. Nueve. Probablemente después llegue a casa y pase cuarenta minutos viendo vídeos de gente cocinando recetas que nunca preparará, pero esos nueve segundos eran esenciales para su proyecto vital.

Y sucede entonces el fenómeno más hermoso de toda la movilidad urbana. Ese mismo conductor encuentra aparcamiento, apaga el motor, abre la puerta y ocurre la metamorfosis. Ya es peatón. Hace treinta segundos consideraba intolerable que otro ser humano cruzara despacio y ahora se indigna porque un coche no le cede el paso. Antes defendía la fluidez del tráfico; ahora exige respeto. Antes la acera le parecía excesivamente ancha; ahora protesta porque hay una moto encima. No tenemos suficientemente estudiado este milagro, pero sucede miles de veces cada día sin intervención médica conocida.

Porque hay algo que debería escribirse en caracteres gigantes sobre las puertas de todos los organismos responsables de movilidad: no todos somos conductores, pero todos somos peatones. También quien tiene cuatro coches. También quien no camina más de doscientos metros seguidos desde 2008. También quien considera treinta kilómetros por hora una afrenta a la dignidad humana. También el alcalde, el concejal, el director general, el presidente y el señor que comenta indignado todas las noticias de tráfico. Tarde o temprano bajan del coche. Y, en ese preciso segundo, desean fervientemente que los demás conductores hayan leído este artículo.

Para contribuir a la conservación de la especie, propongo que el Día Mundial del Peatón incorpore desde este año un decálogo de aplicación universal, especialmente recomendado para Toledo, Castilla-La Mancha y aquellos territorios del planeta donde todavía no haya llegado la noticia de que las rayas blancas sobre el asfalto tienen una finalidad.

Decálogo para no convertir al peatón en patrimonio arqueológico

1. Si ves un peatón aproximándose a un paso de cebra, conserva la calma. No viene a quitarte el coche, no piensa pedirte dinero y probablemente tampoco quiera hablar contigo. Su objetivo consiste en atravesar aproximadamente ocho metros de asfalto. Frenar para que lo haga no ha provocado hasta la fecha pérdidas significativas de tiempo, prestigio, patrimonio ni posición social. Se puede hacer. Incluso sin avisar a la familia.

2. Si el peatón tarda demasiado, estudia detenidamente qué significa “demasiado”. Una persona mayor no atraviesa despacio para castigarte por tus pecados. Un niño tampoco calcula el cruce en función de tu próxima reunión. Y una persona con dificultades de movilidad no debería tener que presentar disculpas por no haber entrenado los cien metros lisos. Si tus nueve segundos son verdaderamente tan importantes, quizá deberías haber salido de casa nueve segundos antes.

3. Un paso de peatones no es un aparcamiento premium con rayas. Tampoco es una zona de carga y descarga emocional, una extensión natural de la terraza del bar ni un lugar especialmente indicado para detenerse porque “veo el coche desde aquí”. Si hay unas líneas blancas, existe una posibilidad considerable de que alguien pretenda utilizarlas para cruzar y no para admirar tu matrícula.

4. Las cuatro luces de emergencia no convierten una infracción en patrimonio inmaterial. Encenderlas no concede inmunidad parlamentaria al vehículo. Si dejas el coche bloqueando una acera y activas los cuatro intermitentes, sigue bloqueando la acera; simplemente lo hace con iluminación festiva. Podríamos colocarle una orquesta, pero seguiría estando mal aparcado.

5. El ámbar no significa “¡dale, Antonio, que todavía pasas!”. Significa otra cosa. Tampoco constituye una prueba de reflejos, una salida de MotoGP ni una invitación a descubrir qué capacidad de aceleración tiene tu vehículo. Si ante el ámbar dudas entre frenar y pisar más, quizá el problema no esté en el semáforo.

6. Si eres alcalde, concejal, director general o alto cargo y colocas un semáforo necesario, enhorabuena sinceramente. Hazte una foto si quieres; hasta puedes elegir tu perfil bueno. Pero intenta evitar la mirada de quien acaba de erradicar la malaria. No hace falta llamar a las academias suecas para comunicar el hallazgo. Es una actuación pública necesaria pagada con dinero público. Si además funciona, maravilloso: para eso estaba.

7. Si repintas un paso de peatones, tampoco necesitas inaugurar la pintura. La ciudadanía puede soportar perfectamente que aparezcan rayas blancas durante la noche sin conocer el nombre completo de todos los cargos que participaron en el expediente. La democracia seguirá funcionando aunque ningún concejal señale el suelo con el dedo ante tres cámaras.

8. Una acera es fundamentalmente para caminar, descubrimiento que quizá merezca financiación europea para ser investigado. No es un garaje lineal, un circuito para patinetes, un almacén de motos, una extensión ilimitada de establecimientos ni un museo permanente de obstáculos. Si para recorrer cien metros una persona con silla de ruedas tiene que elaborar previamente una ruta alternativa mediante satélite, tenemos margen de mejora.

9. Antes de tocar el claxon a una persona mayor que cruza despacio, imagina durante cinco segundos que es tu madre, tu padre o tú mismo dentro de treinta años. Si después de ese ejercicio todavía necesitas pitar, adelante: al menos todos los presentes sabrán exactamente quién es el problema de tráfico.

10. Al bajar del coche mírate durante un instante. Acabas de convertirte en aquello que tanto te molestaba. Eres peatón. Necesitas la acera que no querías ensanchar, el paso de cebra ante el que no querías detenerte, el semáforo cuya instalación te parecía innecesaria y que ese conductor que viene hacia ti quite el pie del acelerador. Bienvenido a la resistencia. No entregamos carné porque ya pertenecías a ella desde que aprendiste a andar.

Podríamos incluso ampliar el ceremonial del 17 de agosto. A medianoche, todos los Ayuntamientos sacarían solemnemente un semáforo al balcón consistorial. El alcalde lo mostraría a la multitud mientras el pregonero anunciaría: “¡Toledanos, castellanosmanchegos, españoles, europeos, habitantes todos del planeta: este artefacto se pone rojo!”. El pueblo respondería emocionado: “¡Y cuando está rojo se para!”. Después habría fuegos artificiales, salvo que alguien hubiera aparcado el coche encima del lugar desde el que debían lanzarse porque, naturalmente, solo iba a ser un momento.

Pero detrás de toda esta broma hay una cuestión que no tiene ninguna gracia. Cuando un coche y un peatón se encuentran de la peor manera posible, no compiten dos iguales. La carrocería, la velocidad y la masa están de un lado; el cuerpo está del otro. El peatón es siempre la parte vulnerable y, por eso, resulta profundamente injusto construir el discurso de la seguridad cargando sobre él toda la responsabilidad: que mire más, que tenga cuidado, que no se distraiga, que se haga visible, que cruce deprisa, que calcule bien. Claro que todos debemos actuar con prudencia, pero proteger al peatón exige calles diseñadas para perdonar errores, velocidades compatibles con la vida, pasos seguros, tiempos semafóricos humanos y administraciones que actúen antes del atropello, no después. Tenemos una Dirección General de Tráfico; quizá nos falte una Dirección General del Peatón, una DGP dedicada a recordar desde Toledo hasta el último rincón del mundo que la movilidad empieza por la persona y no por la máquina.

Puede que entonces, solo entonces, el 17 de agosto dejara de servir para proteger durante un día a una especie supuestamente exótica y empezara a recordarnos algo mucho más sencillo: cuando el sistema falla, el peatón no pierde puntos; puede perder la vida. Y eso ya no tiene ninguna gracia.

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