En 2000, el Consejo de Europa aprobó el Convenio Europeo del Paisaje que los países del continente ratificaron posteriormente, España lo hizo 2007 y entró en vigor en 2008. En ese Convenio se define el paisaje como “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Es una definición más amplia que la de “paisaje cultural” de la UNESCO en su Convención de 1992: “El paisaje cultural es resultado de las obras conjuntas del hombre y la naturaleza, ilustrando la evolución de la sociedad y sus asentamientos bajo la influencia de limitaciones u oportunidades naturales y fuerzas culturales”. Como se ve, la primera considera “paisaje” cualquier parte del territorio, y la segunda pone el acento en lo que comporta excepcionalidad por su naturaleza e historia. Nuestra ciudad encaja en ambas definiciones y comparte un rasgo común: “el paisaje es identidad, colectiva e individual”. El paisaje es lo que hace a las personas identificarse con el lugar en el que viven, lo que les proporciona seguridad emocional y les hace sentir el territorio como propio, necesitado de cuidados. Por eso, el paisaje de Toledo es nuestro primer y principal elemento de identidad: el torno del Tajo y las vegas con el peñasco sobre el que se asienta la ciudad histórica nos hacen únicos y distintos a cualquier otra ciudad.
Llevamos años insistiendo sobre la importancia del paisaje de nuestra ciudad, con la fortuna de poder seguir reconociendo en él descripciones de geógrafos y viajeros desde el siglo XII, e identificando sin problema representaciones por pintores universales que están en la mente de todos. Y no digamos cuando a finales del siglo XIX, desde el Krausismo, la Institución Libre de Enseñanza, la Generación del 98 y la pintura de la época, el paisaje de Toledo se convierte en símbolo de la identidad de España. No obstante, como muchos interpretarán que esto son cosas del pasado, de la cultura, de intelectuales descontextualizados y nostálgicos de otros tiempos, me permito señalar que los principios del Convenio Europeo no son simples recomendaciones, sino normas de obligado cumplimiento al ser asumidos por la legislación española, algo que el nuevo POM parece olvidar. A modo de ejemplo, el Decreto Legislativo 1/2023, de 28 de febrero, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Ordenación del Territorio y de la Actividad Urbanística. «DOCM» núm. 45, de 06/03/2023, dice en su artículo 5, “De los fines de la actuación pública territorial”: Toda actuación pública que tenga por objeto regular el uso, aprovechamiento o utilización del suelo deberá perseguir los siguientes fines: e) Preservar las riquezas del patrimonio cultural, histórico y artístico. f) La protección del patrimonio arquitectónico, del ambiente y del paisaje urbano y rústico. Y no citamos más artículos para no aburrir al lector, como tampoco lo hacemos de lo dispuesto sobre el paisaje en la legislación de patrimonio y de medioambiente.
Ahora bien, a la vista de proyectos y actuaciones que se vienen sucediendo como amenazas contra la “IDENTIDAD, ORIGINALIDAD Y AUTENTICIDAD” de los paisajes de Toledo: instalaciones hoteleras frente al Baño de la Cava, Ciudad del Cine en Polvorines, nuevo barrio de 5.099 viviendas y 12.749 habitantes en La Peraleda, mirador con “playa” colgada en el Valle, sí conviene recordar que esos paisajes están protegidos por su calificación como conjunto histórico artístico por el Estado en 1940, por las Instrucciones de la Dirección General de Bellas Artes de 1965, por la declaración de Toledo como Ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, y por el propio PECHT de 1997, que explicita los “conos visuales” de protección de paisaje. Resulta, pues, difícil entender que el Ayuntamiento promueva y apruebe las actuaciones citadas sin reserva alguna, teniendo en cuenta que no sería la primera vez en verse obligado a someterse a imperativos legales, como la anulación del POM del 2007 y la ubicación del cuartel de la Guardia Civil en La Vega Baja, primero, y La Peraleda, luego.
En el caso del Mirador del Hospital de la Virgen del Valle que tan fuerte polémica ciudadana está levantando, a la vista del proyecto, no cabe duda de que “artificializa” innecesariamente una de las zonas de mayor valor ambiental de Toledo, con destrucción de vegetación natural, y que, a través de sendas ensanchadas, tratamiento de suelos, mobiliario urbano y puntos de luz, convierte en urbano un espacio natural, alterando la “ORIGINALIDAD, AUTENTICIDAD E IDENTIDAD” de uno de los paisajes del bien protegido por la UNESCO. Además, si la vegetación es importante, no lo son menos sus suelos, tal como nos los presenta la naturaleza, sin necesidad de más paso y acceso que los existentes. No hay justificación para la alteración de suelos por movimiento de tierras y explanación de una zona de alto valor ecológico que forma parte de un lugar como el torno del Tajo, catalogado de “interés geológico” y que siempre ha atraído a geólogos y geógrafos, a pintores, vecinos de la ciudad y a visitantes interesados por el conocimiento profundo de nuestra ciudad y la autenticidad de los lugares.
Todos conocemos el actual mirador, somos conscientes de la belleza y espectacularidad del lugar, de su naturaleza y del espléndido panorama que se disfruta desde el mismo. Sólo requiere cuidados y limpieza, que se le deje como está, que no quiere ser Montmartre, porque ese es otro paisaje cultural, otro lugar, con otra identidad y otras referencias, nada que ver con el nuestro y nuestra identidad, con lo que nos sugiere Miguel de Cervantes en Los trabajos de Persiles y Segismunda (1617) cuando dice aludiendo a Toledo, ¡Oh, peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades! ¡Qué mejor lugar para comprobar la fuerza de esa frase y su adecuación a la vista que se abre a nuestros ojos! Y también para recordar las dos vistas de la ciudad representadas más o menos desde el mismo lugar por Hoefgnagel en el siglo XVI, una en 1572 y otra en 1599. En cualquier caso, ¡por favor, no alteren el lugar, no coloquen una “playa colgada” con una fuente con chorros, que esto no son las riberas del Manzanares en Madrid-Río, ni las del Sena en París! ¡No pongan luces serpenteando en ascenso desde la carretera del Valle al Mirador, contaminando lumínicamente ese frente y el lugar! El personal de la “Oficina de Turismo Japonesa” que, al parecer, hizo el descubrimiento de esa vista panorámica y la declaró la mejor del mundo en 2022, seguro que lo hizo en plena obscuridad. Lo más probable es que no reparara en la belleza de ese mismo escenario natural contemplado desde la ciudad, la vista que ofrece al espectador el escarpe de falla en el que se encaja el río a más de 100 m de profundidad observado desde sus orillas, de abajo a arriba, o desde la muralla visigoda y los baños árabes, sin mobiliario urbana alguno ni artilugios que alteren el lugar y menos provocando contaminación lumínica por discreta que se quiera. El actual mirador no necesita más que atención y limpieza, como la carretera del Valle.
¡Olvidemos también referencias a un auditorio que nunca tendría nada que ver con el teatro romano de Verona o el griego de Epidauro! Entre múltiples razones, porque la espectacularidad en nuestro caso no está en el “escenario” y lo que se representa en él, sino en la naturaleza del lugar, en la vegetación, la flora, la fauna, el roquedo, la geología y la geografía, y, por supuesto, en la excepcionalidad de la panorámica antes de que invadamos La Peraleda con un nuevo barrio, absolutamente visible desde ese mirador. ¡Qué manía por compararnos inadecuadamente con otros ámbitos ajenos al nuestro! Esto mismo nos trae a la memoria la presentación del anulado POM de Toledo de 2007 en el Colegio de Arquitectos de Madrid, cuando se nos ensalzaba un tratamiento urbanístico del Tajo que nos recordaría al Sena en Paris. Y en todo caso, ¿qué obsesión por ser lo que no somos y querer dejar de ser lo que sí somos? Ni más ni menos que Toledo, nuestra ciudad, una ciudad de todos, patrimonio de la humanidad, y diferente de las demás por su emplazamiento, sus paisajes y pasado histórico. Y por cierto, con suelo suficiente para las innovaciones que se quiera, pero en sitios adecuados, sin cerrar “conos visuales” ni ocupar llanuras de inundación, sin provocar daños medioambientales, porque el Toledo del futuro ha de ser “verde”, “azul” y “sostenible”. A eso aspiran todas las ciudades y el urbanismo más reciente, y Toledo tiene las condiciones para conseguirlo si no se eliminan sus oportunidades, sólo hay que apoyarse en la naturaleza y en la geografía, en lo que existe, sin alterarlo.
Y por último, si queremos ampliar la oferta turística para descargar presión sobre el CHT, como se nos argumenta, demos a conocer las incomparables panorámicas que se ofrecen desde Polvorines, sin nuevos hoteles en sus inmediaciones, o desde La Peraleda y La Vega Baja, con otros recursos monumentales e históricos en la zona desconocidos por los turoperadores, aunque difíciles de incluir en sus paquetes turísticos, con visita a Segovia o Ávila y a Toledo en el mismo día. Por eso, pensando en los vecinos y en un turismo sostenible, pedimos conservación y respeto para nuestros paisajes, los de todos, los que forman parte de la identidad y originalidad de la “Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Y en cuanto a los “Fondos Next Generation” conseguidos, nuestro reconocimiento a la gestión realizada por Ayuntamiento, pero utilicémoslos para mejorar realmente nuestra ciudad, la calidad de vida de todos y la transición a una economía más verde.







