Ilustres lectoras, ilustres lectores,
La metáfora del poste de la iluminación navideña interrumpiendo toda circulación en una de las principales arterias de Toledo este pasado miércoles me parece un buen punto de partida para celebrar que, por fin, se han acabado las Navidades.
Hace unos 50 días ya había comenzado la cuenta atrás para ese momento en este mismo espacio. Tras el descanso de las fiestas, es el momento de hacer balance.
¡Miles de personas han visitado Toledo! ¡Es el culmen del éxito! ¡Qué más se puede pedir! Mientras las riadas de personas se desplazaban –como podían- entre Zocodover y la Catedral, hubo también un grupo de vecinos y vecinas que estuvieron varios sábados levantando la voz.
Haciendo uso de la tan necesaria creatividad, especialmente graciosos fueron los villancicos del fin de semana antes de Navidad en el que advertían al Gobierno municipal que las Navidades efectivamente no comienzan en noviembre. Las vecinas y los vecinos se plantaron de forma valiente en medio de los turistas para reclamar que el Casco no es un decorado para visitar, sino un barrio para vivir.
Las peticiones parecen bastante razonables: por ejemplo, que si alguien necesita una ambulancia, no se quede atascada sin posibilidad de moverse como ocurrió en pleno centro de las Cuatro Calles el fin de semana del puente de diciembre. Lo que no se ve ni en el Viña Rock, donde las ambulancias avanzan lentamente, sí, pero avanzan, ocurrió en medio del Casco Histórico de Toledo. Llega a ser espeluznante, considerando el carácter avanzado de la edad media de la población del entrañable barrio.
Este sábado se ha convocado una nueva concentración. Porque la necesidad de recuperar una ciudad para el vivir, no para el pasar, se vuelve cada vez más urgente. Resulta reconfortante pensar que será con las calles más en calma; un Toledo recogido para la época invernal, en el que ahora las vecinas podemos disfrutar de paseos lentos para reencontrarnos con una ciudad enloquecida tras 50 días de furor navideño.











