El otro día, paseando a mi perra, presencié una escena que, en un universo mínimamente civilizado, sería impensable: una dueña con tres perros saltándose el vallado de Vega Baja -un bien público protegido- para pasearlos dentro, como quien entra en su finca porque “total, esto es descampado”. Subí la fotografía al grupo “Toledo. Sociedad, patrimonio y cultura”, porque estas cosas, por desgracia, solo existen socialmente cuando se ven. La publicación tuvo apoyo mayoritario, pero también apareció el circo habitual: el de los que no vienen a discutir el hecho, sino a explicarte por qué el hecho no importa.
Entre estos últimos comentarios, dos fueron repetidos. El primero insistía en que “los pobres perros no tienen lugares”. O sea que, como faltan pipicanes, nos saltamos el vallado de un Bien de Interés Cultural (BIC). Eso no es un argumento, sino una falacia de apelación a la compasión (manipular emociones con el “pobrecito”) y otra de falsa dicotomía (o permitir que el yacimiento funcione como zona canina o ser “anti-perros”). El segundo comentario decía: “hay cosas más importantes”. Ahí, tenemos la falacia de privación relativa (como existen problemas mayores, este no merece atención). Luego vino un comentario que, aunque más aislado, me pareció estrella: “Si tanto te molesta que te dañen Vega Baja, llévatela a tu casa”. Falacia de falso dilema (plantea que “o me la llevo o me callo” evitando hablar del hecho: colarse en un espacio protegido). La frase pretende ser ingeniosa, pero, en realidad, es el resumen perfecto de una enfermedad cívica que se está extendiendo con demasiada facilidad: del desprecio por lo común, de la incapacidad para asumir responsabilidades y del rechazo a cualquier forma de exigencia colectiva. Como si el patrimonio pudiera trasladarse para no molestar a quien quiere comodidad sin límites. En el fondo, lo que molesta no es la denuncia. Molesta que alguien recuerde que hay normas, que hay límites y que hay un deber mínimo de convivencia.
Y, a pesar de que todas mis intervenciones fueron en todo momento constructivas, centradas en el contenido, en cuanto señalé dichas falacias, el debate lo desplazaron a lo personal: “falta de humildad”, “pedantería”... en fin, lo de siempre: cuando no se puede rebatir el argumento, se desacredita a quien lo expone . Aquí entra un punto que debería ser obvio, pero que parece necesario repetir. Todos tenemos derecho a hablar, sí. La libertad de expresión es un pilar democrático. Pero a ese derecho le antecede -o al menos debería acompañarle- el deber de saber expresarse con rigor, sobre todo cuando se habla públicamente de patrimonio, ley y responsabilidad pública. Porque la imprecisión no es inocente: banaliza, confunde, desactiva y, al final, legitima el deterioro.
Dicho esto, me gustaría recalcar que esto no va de culpabilizar a “los dueños de perros”. Va de conductas. De decisiones. De gente que se salta un vallado, entra donde no debe, y luego pretende que el problema sea quien lo señala. Es la inversión moral más cómoda: el incívico se presenta como víctima, y el vecino que defiende un bien protegido como exagerado, pedante o problemático. Y así, entre bromas, se erosiona lo esencial: la idea de que hay cosas que no se tocan porque no nos pertenecen individualmente, sino a todos.
Vega Baja no es un capricho ni una manía personal de quien “se indigna demasiado”. Vega Baja es un yacimiento arqueológico. Un espacio donde la historia está enterrada en capas frágiles, irrepetibles, que se destruyen con una facilidad insultante: un pisotón, una excavación, un acceso indebido, una rutina cotidiana convertida en costumbre. El daño no siempre se ve, pero siempre ocurre.
Lo más triste es que cuando desde arriba se minusvalora este lugar, se envía un mensaje claro: “esto no importa”. Y cuando lo público “no importa”, cualquiera se siente autorizado a hacer lo que quiera. Pero una cosa no excusa la otra. La dejadez del poder no legitima la dejadez ciudadana. Se suman. Se retroalimentan. Y el resultado es siempre el mismo: pérdida irreversible.
Así que no, no podemos llevarnos Vega Baja a casa. Lo que sí podemos -y debemos- es asumir que protegerla es una obligación, no una manía. Porque cuando tratamos el pasado como un estorbo acabamos descubriendo, demasiado tarde, que también hemos perdido nuestro futuro.










