Toledo volvió a vestirse de gala el sábado. Hubo escenario, focos y ese ambiente tan reconfortante en el que todo parece funcionar aunque no funcione nada. Los Premios Talento Joven 2025 hicieron exactamente lo que se esperaba de ellos: simular una política juvenil sin necesidad de practicarla. El problema es que, cuando se apagaron las luces, los jóvenes toledanos siguieron exactamente donde estaban. Porque este acto pareció responder menos a una política pública y más a un talent show: de MasterChef incorpora la meritocracia, y de Sálvame el envoltorio de la emoción.
Primero. Si, como recuerda Jazmín Beirak, directora del Observatorio de derechos culturales del Ministerio, la cultura es conflictiva, desordenada, híbrida y difícil de cerrar, esta gala planteó el reto contrario: hacerla controlable. Como en MasterChef: hay reglas previas, un jurado que decide, una comparación constante y una lógica de selección que premia a quien destaca. Y, como en Sálvame, al público solo le llega lo que se puede mostrar sin que obligue a pensar demasiado.
Segundo. Las categorías de los premios: “Cultura”, “Artes Escénicas”, “Creación Musical” no hacen referencia a una clasificación, sino un sudoku mal resuelto. Porque las artes escénicas y la creación musical son cultura... Separarlas no aclara nada; pero imagino que hay que decidir qué prácticas merecen visibilidad, y cuáles pueden diluirse en “Cultura”, convertida en un cajón de sastre. Hay contenidos que, como MasterChef y Sálvame, se programan en prime time y otros que se relegan a la madrugada, cuando nadie mira. De ahí, la ausencia de una categoría específica de Patrimonio no haya sido un despiste, sino una contradicción: en una ciudad vendida como Patrimonio de la Humanidad hasta en los posavasos, aquello que define su identidad queda reducido en la nada mientras nuestra Ayuso de provincias y su concejal de Planeamiento Urbanístico se sueltan la melena explicando, con un arsenal de falacias digno de un concurso de retórica infantil, cómo privatizarlo. Y si no se puede privatizar, se entierra. Sin estudiar. Palada y listo, como ya afirmó el portavoz municipal con los muros romanos de Santa Teresa. Todo un vodevil discursivo que choca frontalmente con el cuerpo legislativo y constitucional que dicen defender a diario, pero claro, viendo lo bien que encaja en su lógica de aplaudir a Trump y justificar invasiones cuando conviene, se entiende que para ellos la legalidad sea como el patrimonio: algo que se nombra mucho y respeta poco.
Tercero. El jurado: un par de perfiles académicos y antiguos premiados. Es decir, un circuito cerrado donde los reconocidos pasan a reconocer, y el relato se reproduce sin sobresaltos. Multidisciplinar, dicen. En realidad, endogámico. No hay vecinos, no hay colectivos, no hay cultura de base, no hay gente corriente. Solo expertos y premiados decidiendo quién encaja mejor este año. Come onnnn. Como en MasterChef o Sálvame, se decide desde dentro. Paradójico que un certamen que presume tanto de mérito no se pregunte si un jurado compuesto por instituciones y mayormente por antiguos ganadores es el mejor garante de pluralidad. Transparente, sí. Democrático, participativo o representativo de la juventud real de Toledo, en absoluto.
Sin embargo, para rematar la faena de fontanería sale el alcalde, el señor Velázquez, muy a lo Jordi Cruz, hablando en redes sociales de: esfuerzo, constancia, inspiración. Byung-Chul Han describe esta lógica como la violencia de la positividad: si triunfas es mérito, si fracasas es culpa tuya. Así, la juventud, como afirma en su post de Facebook, se convierte en “patrimonio” y “valor” de la ciudad. Es decir, algo que se exhibe como la ropa que Raquel Bollo repartía entre los colaboradores: no porque tenga valor propio, sino porque sirve para que otros la promocionen. Al sermón se apuntaron influencers de turno, contratados como peluqueros para la cita. Lo cual es paradójico cuando esta derecha se pasa el día acusando a otros jóvenes, como Inés Herranz, de estar “al servicio del poder”. O sea que usar jóvenes cuando te hacen el trabajo de promoción es “conectar con la juventud”; pero que otros lo hagan desde otro sitio es “estar al servicio”. I can´t believe it.
Eso sí, en Toledo, Juventud y Festejos comparten concejalía. La combinación no es inocente. Cuando la juventud se gestiona desde las fiestas, el mensaje es claro: la juventud como agenda de actividades, no como sujeto de derechos ni como eje transversal de políticas públicas. He cometido el error de pasearme por el Instagram de esta concejalía. Y dan ganas de llorar, ya no por el pastizal que, según cuentas públicas, se gastan en cada vídeo…sino porque lo que aparece ahí no es juventud: es su versión edulcorada, infantilizada y domesticada. Más curioso es que quienes más insisten en la defensa de la meritocracia, acaben gestionando áreas como Juventud y Festejos desde una experiencia que, según información de la web municipal, se resume exclusivamente en ser “empresario del barrio de Santa Bárbara”. Obviamente, no cuestiono aquí la idoneidad de ninguna trayectoria, sino la coherencia del discurso. Porque si la meritocracia sirve para explicar por qué unos jóvenes merecen premios y otros no, cabría esperar que también operase a la hora de asignar responsabilidades políticas de juventud. De lo contrario, el mensaje vuelve a ser el mismo que en el caso “Noelia Nuñez”: la meritocracia es el argumento útil de algunos para gestionar a los de abajo, pero sorprendentemente flexible para gestionar a los de arriba.
Llegados a este punto, quizá la pregunta al alcalde no sea qué se premia, sino qué se oculta. ¿Puede llamarse política juvenil a un modelo que solo se activa cuando hay escenario, y desaparece en cuanto se trata de infraestructuras estables, recursos sostenidos y políticas públicas a largo plazo? Siguiendo su discurso, si eres un joven que no concursa, no se expone y no entra en ninguna categoría, ¿ para usted tendría talento? Sinceramente, ¿qué espacio tiene en este modelo una juventud que no quiere ser inspiradora, ni premiada, ni gobernable, sino simplemente crítica, colectiva y libre? Y la pregunta incómoda: ¿considera esta iniciativa una política pensada para que los jóvenes vivan mejor en Toledo o para que el Ayuntamiento pueda decir que apoya al “talento” joven?
Y para el concejal de Juventud. Díganos, ¿cuántos jóvenes han participado en el diseño real de sus políticas durante esta legislatura -salir en fotos o vídeos promocionales no cuenta, que nos conocemos-? ¿Qué diagnóstico maneja su concejalía sobre cuántos se han ido de Toledo en los últimos años por falta de oportunidades, espacios o condiciones materiales para crear? ¿Por qué Toledo sigue sin una Casa de la Juventud mientras su gobierno ha creado estas galas, así como multiplicado sus campañas y contratos con influencers? ¿Cree usted que la juventud necesita ser más entretenida o crítica? Y la pregunta clave: ¿Está su concejalía pensada para garantizar derechos juveniles o para gestionar la imagen juvenil del Ayuntamiento?
Como dice Walter Benjamin, cuando la cultura se organiza para ser exhibida pierde su capacidad crítica. Así que, no lo relativicemos. Los Premios Talento Joven no son un homenaje, sino una tecnología. Delimitan qué cuenta como “talento”, quién puede representarlo y en qué condiciones. Fijan categorías, seleccionan trayectorias y producen un relato romantizado de la juventud. Pero los jóvenes no necesitan ser ejemplares ni gobernables. No tienen la obligación de encajar en relatos amables ni de justificar su existencia a base de esfuerzo, sonrisa y agradecimiento. Tienen derecho a ser socráticos, a estar enfadados, a ser conflictivos, y a cuestionar un modelo que les ofrece premios sin estructuras, discursos sin espacios y aplausos sin derechos. Así que lo siento, pero Toledo no necesita jóvenes de foto, sino jóvenes con los derechos, la voz y la libertad -incómoda pero imprescindible- de decir que esto no basta.











