Cuarenta y tres muertos en el trabajo y seguimos llamándolo accidente

"Cuando la gente trabaja sabiendo que levantar la voz puede costarle el puesto, la seguridad deja de ser un derecho y se convierte en una promesa frágil"

Cuarenta y tres.

No es una cifra para un titular y ya está. Son cuarenta y tres ausencias que han entrado en casas de Castilla-La Mancha sin pedir permiso. Cuarenta y tres sillas que se quedan vacías. Cuarenta y tres vidas cortadas a mitad de frase, con la ropa de trabajo puesta, con planes para esa tarde, con una llamada que nunca debería existir.

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Entre enero y noviembre de 2025 han muerto 43 personas en accidentes laborales en Castilla-La Mancha. Treinta y seis murieron en su lugar de trabajo. Siete murieron yendo o volviendo. La mayoría no falleció “de camino” como quien tropieza con el azar, sino dentro de espacios que, en teoría, deberían estar organizados para cuidar la vida. Si esto no nos sacude, es que estamos aprendiendo a vivir sin temblar ante lo intolerable.

¿De verdad lo hemos aceptado?, ¿de verdad hemos colocado estas muertes en el cajón de lo “que pasa”? Se habla de “siniestralidad” con una frialdad que no se permitiría en ninguna otra tragedia. Pero aquí no hay tormenta ni destino: hay decisiones, omisiones, prisas escondidas, controles insuficientes, y demasiado silencio. Un silencio que se vuelve cómplice cuando sirve para que todo siga igual.

Los datos no permiten maquillaje. En el mismo periodo se registraron 23.167 accidentes laborales, menos que los 23.642 del año anterior. Y, sin embargo, aumentaron los accidentes graves en los centros de trabajo: 188 frente a 177. Menos accidentes en total, más accidentes que destrozan. ¿Qué estamos corrigiendo, entonces? ¿El riesgo o la apariencia?

También hay un mapa del dolor. Toledo suma 13 muertos. Ciudad Real, 11. Cuenca, 9. Guadalajara, 6. Albacete, 4. No es azar repartido a ciegas. Son territorios concretos, con sectores concretos, con cadenas de subcontratación, con precariedad que se camufla y miedo que se aprende. Cuando la gente trabaja sabiendo que levantar la voz puede costarle el puesto, la seguridad deja de ser un derecho y se convierte en una promesa frágil.

Y están las causas, que también hablan. Infartos y derrames cerebrales. Caídas. Atrapamientos y aplastamientos. Accidentes de tráfico. Amputaciones. Aquí no sirve reducirlo todo a un gesto individual o a un “descuidado”. Esto tiene que ver con cuerpos empujados al límite, con tareas en altura sin protección real, con máquinas que no perdonan, con trayectos largos que se vuelven parte de la jornada aunque nadie los nombre. Tiene que ver con vidas expuestas y con una cultura que termina por normalizar lo peligroso… hasta que lo peligroso se cobra su precio.

Lo más hiriente es la palabra “inevitable”. Se pronuncia para que no haya responsables. Para apagar la conversación. Para pasar página. Pero si fuera inevitable, no existirían lugares donde estas muertes se reducen drásticamente cuando se inspecciona de verdad, cuando se sanciona de verdad, cuando se escucha al que advierte, cuando se protege al que denuncia, cuando se evita que el miedo mande. No es magia. Es decisión.

La pregunta, por tanto, no es si alguien “cumplió” o “no cumplió”. La pregunta que incomoda es otra: ¿quién tiene el poder de cambiar las condiciones y decide no hacerlo?, ¿quién firma protocolos que luego no se verifican?, ¿quién convierte la prevención en un trámite?, ¿quién mira hacia otro lado porque es más fácil que enfrentarse a la verdad? Y, sí, también, ¿cuántas veces hemos oído hablar de una muerte en el trabajo y hemos seguido con lo nuestro como si no fuera con nosotros?

Porque lo es.

Hay una violencia que no deja titulares espectaculares, pero mata. La violencia de tratar la vida como algo negociable. La violencia de exigir que la persona se adapte al riesgo en lugar de adaptar el trabajo a la persona. La violencia de llamar “accidente” a lo que tantas veces es abandono: abandono de recursos, de controles, de inspecciones suficientes, de sanciones que duelan, de protección real para quien dice “así no”.

Cuarenta y tres muertes no son mala suerte. Son una acusación.

Y ahora la interpelación ya no es abstracta, es personal. ¿Qué hacemos con esto?, ¿nos limitamos a indignarnos un minuto y volver a lo de siempre?, ¿o aceptamos que cada vez que tragamos con la idea de que “son cosas que pasan” estamos ensanchando el margen para la próxima muerte?, ¿a quién le conviene que nos acostumbremos?

Cuarenta y tres.

Que no nos ocurra lo peor: que el número crezca y el corazón se acostumbre. Que el dolor ajeno se vuelva ruido de fondo. Que el trabajo, que debería sostener la vida, siga siendo para algunos una puerta de salida.

No hace falta un minuto de silencio. Hace falta conciencia que incomode, palabras que señalen, medidas que se cumplan, inspección que llegue, responsabilidades que se asuman. Y hace falta algo aún más difícil: una sociedad que no mire para otro lado cuando la vida de quienes trabajan se pone en juego. Porque si somos capaces de tolerar esto, la pregunta final es insoportable, pero necesaria: ¿qué clase de sociedad estamos siendo?

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