CRÓNICA TEATRAL

Mano de titiritero contra colmillo de lobo

El Corral de don Diego ha sido escenario este fin de semana de una relectura teatral de Caperucita Roja de la mano de Tropos Teatro de Títeres

El títere no entra en escena para adornar un cuento. Entra para disputarle el cuerpo. Esa es su fuerza antigua y todavía incómoda: no reproduce la vida, la concentra; no imita al actor, lo obliga a desaparecer y a permanecer al mismo tiempo; no necesita grandes dimensiones porque su verdadero tamaño depende de la precisión con que una mano le concede respiración. En la Plaza del Salón Rico de Toledo, Caperucita Roja, de Tropos Teatro de Títeres, recordó que el teatro infantil alcanza su mayor dignidad cuando deja de pedir indulgencia y se presenta como una forma mayor de inteligencia escénica.

Hay que detenerse, antes que nada, en el nombre de la compañía. Tropos Teatro de Títeres. Conviene escribirlo completo porque la programación oficial había olvidado el nombre del grupo de títeres, y ese olvido no es un detalle neutro. En el teatro para la infancia, y especialmente en el teatro de títeres, borrar la compañía es borrar oficio, autoría, memoria, repertorio y pensamiento. Los muñecos no llegan solos a una plaza. No se animan por simpatía. No levantan un relato por pura inercia festiva. Detrás hay titiriteros, manos entrenadas, años de gira, montaje, manipulación, prueba, fracaso, ajuste y escucha. Nombrar a Tropos no es añadir una cortesía al programa. Es reconocer que el teatro infantil tiene genealogía, firma y responsabilidad artística.

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También conviene recuperar la figura del titiritero. Durante demasiado tiempo se le ha tratado como un operario discreto del entretenimiento familiar, casi como alguien que presta la mano para que el muñeco “haga gracia”. Esa reducción empobrece una de las artes más complejas de la escena. El titiritero es actor, manipulador, músico del gesto, constructor de ritmo, dramaturgo de la materia, arquitecto de la mirada. Trabaja en una frontera difícil: debe estar presente sin devorar al títere, debe desaparecer sin ausentarse, debe prestar cuerpo a una criatura que no lo tiene y, al mismo tiempo, contener su propia expresividad para que la figura respire. Recuperar al titiritero es recuperar una fuerza teatral que la escena contemporánea necesita más de lo que admite: la del cuerpo que piensa a través de otro cuerpo.

La trayectoria de Tropos explica esa fuerza. La compañía nació en 1992 como un grupo de amigos que hacía títeres por diversión, actuaba a la gorra en parques de Madrid, acudía a hospitales infantiles y llevaba sus muñecos a cumpleaños. Ese comienzo no debe leerse como una postal amable, sino como una escuela de resistencia escénica. En un parque, en un hospital, en una fiesta infantil, el títere aprende una ley dura: la atención no se hereda, se conquista. Después, cuando el grupo inicial se fue disgregando y Guillermo Gil quedó como titiritero solista, esa experiencia se convirtió en una poética más depurada. Gil trabajó con compañías como La Tartana Teatro, El Retablo o Producciones Cachivache, y en 1998 Tropos se estableció como compañía profesional. Desde entonces, su repertorio ha ido trazando un mapa reconocible: Federico, inspirado en la poesía de García Lorca, La historia del Capitán AjabAventuras y desventuras de KikoLos tres cerditosEl sastrecillo valienteLos caballeros de PezY los sueños sueños sonPequeñecesEl MonstruitoCaperucita Roja y El abuelo Teo. Esa continuidad importa. Habla de una compañía que no usa el títere como instrumento ocasional, sino como idioma propio.

La existencia de Tropos Librería, abierta en 2004 y transformada más tarde en Planeta Títere, refuerza esa lectura. Una compañía que además de representar cuida libros, películas, títeres, teatrillos y materiales vinculados a este arte no está pensando sólo en su próxima función. Está sosteniendo un campo cultural. El títere ha sobrevivido muchas veces gracias a esas redes pacientes, a esa circulación de saberes manuales, a esa memoria que pasa de taller en taller y de función en función. De ahí la necesidad de nombrar bien. Una programación que anuncia un título y olvida a la compañía deja al teatro infantil en una zona de anonimato injusto. Y el anonimato, en el mundo del títere, suele ser la antesala del menosprecio.

Caperucita Roja pertenece a una de las materias más delicadas del teatro para la infancia: los clásicos infantiles. Un clásico no es un relato viejo que se repite porque el público lo reconoce. Es un organismo simbólico que sigue generando preguntas. Caperucita RojaLos tres cerditosEl sastrecillo valientePinochoHansel y GretelPulgarcitoAlicia o La bella durmiente no permanecen vivos por nostalgia, sino porque contienen conflictos elementales: el miedo, el hambre, la astucia, la obediencia, el deseo de salir de casa, la amenaza del camino, la promesa del regreso, la tentación de cruzar el límite. El mal teatro infantil los convierte en estampas dóciles. El buen teatro los abre sin destruirlos.

Tropos acierta al no tratar Caperucita Roja como una pieza de museo ni como un simple soporte para guiños actuales. La obra desplaza el centro del cuento. El lobo está, claro, porque pertenece al imaginario profundo del relato, pero no ocupa en solitario el corazón dramático. El verdadero animal que muerde la escena es la desobediencia. El espectáculo arranca con Flop, amante de tartas, pasteles y galletas de chocolate, ante una nota materna que reserva unas galletas para la abuela y prohíbe coger ninguna. No hace falta un gran aparato narrativo. Basta una galleta vedada para que el teatro empiece a trabajar.

Ahí se ve la inteligencia de la adaptación. La prohibición no detiene el deseo; lo vuelve más intenso. El “no” no cierra la puerta de la acción; la abre. Antes del bosque, antes de la abuela, antes del lobo, aparece una tensión doméstica que cualquier niño y cualquier adulto pueden reconocer. Flop recuerda entonces una historia que su madre le contaba en la cocina, la historia de una niña que no era buena ni mala, ni lista ni tonta, pero que no podía parar quieta. Esa definición libera a Caperucita del corsé moral. No la convierte en ejemplo ni en advertencia. La deja ser personaje, es decir, movimiento, contradicción y apetito.

Los clásicos infantiles necesitan precisamente ese tipo de intervención. Durante generaciones se han usado como pequeñas máquinas de obediencia, relatos destinados a corregir conductas mediante miedo, premio o castigo. Pero el teatro puede hacer otra cosa con ellos. Puede devolverles ambigüedad. Puede mostrar que la infancia no es una edad de pureza simple, sino un territorio de impulsos, tanteos, fugas, errores, imaginación y conflicto. En esta Caperucita Roja, la desobediencia no queda encerrada en la niña. La obra sugiere que también la madre y la abuela participan de esa misma materia rebelde. La conducta infantil deja de ser una anomalía que el adulto examina desde fuera y pasa a ser un espejo compartido.

Ese matiz resulta esencial en el teatro familiar. Muchas propuestas para niños y niñas siguen funcionando con una estructura vertical: los pequeños aprenden, los mayores supervisan, la escena confirma una moraleja. Tropos rompe esa comodidad. Aquí el adulto no queda absuelto. También él conoce la atracción de hacer lo contrario de lo que le ordenan. También él entiende que una prohibición puede cambiar la temperatura de un objeto. La galleta prohibida no es una galleta más. Es una forma mínima del deseo. Y el títere, con su economía material, sabe convertir esa miniatura en conflicto escénico.

El valor del títere está precisamente ahí. Su fuerza no procede de parecerse al cuerpo humano, sino de reducirlo a signos cargados de intención. Una inclinación de cabeza, una pausa, una torpeza calculada, un giro de voz, una entrada apenas retrasada puede construir carácter con una limpieza que el realismo muchas veces enturbia. El títere no necesita psicología explicada. Tiene otra ley. Piensa por articulación, por ritmo, por relación entre mano y objeto. En una época saturada de imágenes cerradas, el títere sigue enseñando al espectador infantil algo decisivo: que la imaginación no consiste en recibirlo todo hecho, sino en completar una presencia incompleta.

Por eso el títere no debe ser tratado como una antesala menor del teatro. No es teatro pequeño. Es teatro concentrado. Su aparente fragilidad obliga a una precisión extrema. Si la mano falla, la figura cae. Si la voz se impone demasiado, el muñeco pierde autonomía. Si el ritmo se acelera sin necesidad, la atención infantil se dispersa. Si el manipulador no escucha al público, la escena se queda sin temperatura. El titiritero trabaja con esa amenaza constante. Y ahí reside su grandeza. No manipula un objeto muerto; negocia vida escénica con una materia que sólo existe mientras la mano, la voz y la mirada del público aceptan sostenerla.

La Plaza del Salón Rico añadía otra dificultad. El teatro en la calle no ofrece las condiciones de obediencia que proporciona una sala. No hay oscuridad que concentre a los espectadores ni arquitectura que discipline la escucha. Todo alrededor puede interrumpir: el ruido, el paso, la dispersión visual, la intemperie. Frente a ese riesgo, Tropos no busca llenar el espacio con exceso. Hace algo más titiritero: reduce el mundo a un foco. El retablo, el muñeco, la voz y la situación construyen un centro de gravedad. La plaza no queda invadida por la función; queda atraída hacia ella.

La comicidad de la obra nace de esa precisión. No se apoya en la agitación permanente, uno de los vicios más dañinos de cierto teatro familiar que confunde infancia con excitación continua. Tropos no parece temer al niño atento. Sabe que la atención infantil no siempre se expresa en carcajada, y que el silencio también puede ser una forma intensa de participación. La risa aparece cuando debe aparecer, porque la situación ha sido reconocida. La galleta prohibida, la orden materna, el recuerdo del cuento, la niña inquieta: todo responde a una lógica clara, pero no simplona.

La relectura de Caperucita Roja adquiere así una densidad particular. El bosque deja de ser sólo un lugar de peligro exterior y se convierte en una zona de decisión. El lobo conserva su fuerza simbólica, pero ya no monopoliza el miedo. El riesgo está también en el impulso que empuja a desviarse, en esa mezcla de curiosidad y apetito que define buena parte de la experiencia infantil. La abuela no aparece sólo como destino del trayecto, sino como parte de una cadena familiar donde la obediencia y la rebeldía se heredan de forma menos ordenada de lo que querrían los manuales educativos.

La crítica teatral infantil debe ser exigente con este tipo de trabajos porque la condescendencia daña al género. No basta decir que una obra entretiene, que los niños se ríen o que la familia pasa un buen rato. Eso no es crítica; es una nota de consumo. Hay que mirar la dramaturgia, la calidad de la manipulación, el modo de usar el cuento clásico, la concepción de infancia que sostiene la función, la relación entre títere y titiritero, la administración del ritmo, la capacidad de crear atención en condiciones difíciles. Desde esos criterios, Caperucita Roja merece atención porque no se limita a ilustrar un relato conocido. Lo somete a una pregunta teatral.

También merece atención porque pone en evidencia el lugar que el títere debería ocupar en la programación cultural. No como relleno para tardes familiares ni como actividad amable para completar agenda, sino como una forma escénica con historia, técnica y pensamiento. El títere conserva una relación radical con el origen del teatro: materia, voz, máscara, artificio, comunidad reunida ante una figura que no vive y, sin embargo, actúa. Recuperar al titiritero significa recuperar esa raíz. Significa volver a mirar la escena como un acto de animación, no sólo de representación. Significa admitir que una mano escondida o visible puede contener tanta potencia teatral como el actor más celebrado.

En Toledo, esa recuperación tenía además una dimensión simbólica. Una ciudad acostumbrada a celebrar su memoria de piedra debería saber reconocer también las memorias frágiles, ambulantes, artesanales, las que viajan en cajas, telas, muñecos y retablos. El títere pertenece a esa cultura móvil que ha llevado teatro a plazas, patios, escuelas, hospitales y ferias. Su historia no siempre queda inscrita en placas, pero permanece en la mirada de quienes lo vieron aparecer y aceptaron, por unos minutos, que un objeto podía tener alma escénica.

Caperucita Roja dejó esa impresión: la de una obra aparentemente sencilla que conoce la hondura de su material. Una niña que no puede estarse quieta, una galleta que no debe tocarse, una madre que prohíbe, una abuela que espera, un lobo que acecha y un titiritero que organiza todo ese pequeño sistema de fuerzas desde la precisión de su oficio. Nada de eso es menor. En el teatro infantil, la escala no determina la importancia. A veces una figura de trapo, bien animada, dice más sobre el deseo y el límite que muchas escenografías aparatosas.

Tropos Teatro de Títeres, escrito así, con su nombre completo, merece quedar unido a esta representación. Porque el nombre importa, porque el títere importa y porque el titiritero importa. Sin esa tríada, título, compañía y mano creadora, el teatro infantil queda reducido a servicio cultural sin rostro. Con ella, recupera carácter, memoria y responsabilidad artística. Y entonces Caperucita Roja deja de ser sólo un cuento representado en una plaza para convertirse en algo más valioso: una defensa viva del títere como una de las formas más exactas, más antiguas y necesarias de pensar la infancia desde la escena.

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