La Sala Thalía abre la primavera familiar del Teatro de Rojas con un libro y un retablo de Oriente

Con el espectáculo 'Ábrete Sésamo. Alí Babá y los 40 ladrones', una historia que lleva siglos sobreviviendo por su precisión moral

Al principio, un zoco, quizá ya estábamos en Zocodover, un primer diálogo sin desenfreno, un ofrecer medido, casi ceremonial, como quien despliega telas y especias con la calma de los que saben que la prisa estropea la belleza, y en ese intercambio de guiños y palabras, entre la promesa de lo exótico y lo cercano, aparece un libro, no como mercancía, sino como umbral, como la primera llave silenciosa que abre la historia.

No es un detalle ornamental, de esos que se colocan para que la foto salga más culta. Es un libro de verdad, Las mil y una noches, con el peso simbólico que tienen los libros cuando no se usan como atrezo, sino como puerta, y con ese gesto da comienzo, en esta ocasión en la Sala Thalía, la programación de primavera del ciclo familiar del Teatro de Rojas, como quien inaugura una estación entera con una llave pequeña, silenciosa, definitiva.

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Y entonces el libro se revela como lo que siempre ha sido, uno de los grandes inventos de la humanidad, quizá el más obstinado, el que vuelve una y otra vez, siglo tras siglo, a recordarnos que no solo se vive de lo que se toca, sino también de lo que se imagina, un artefacto que hace soñar y hace volar, que te mete dentro de otras vidas para que vuelvas a la tuya con más mundo en los ojos, y que, en un teatro, adquiere su forma más natural, convertirse en escena para que la escena, a su vez, te devuelva a la lectura. Y es significativo que el comienzo sea así, no con ruido, sino con lectura, no con una gran proclama, sino con la promesa íntima de un cuento. Porque 'Ábrete Sésamo. Alí Babá y los 40 ladrones' convierte el escenario en ese lugar raro donde la imaginación vuelve a ser un asunto serio, serio en el sentido teatral, hecho con oficio, con ritmo, con verdad. Sherezade y Sahriar aparecen como dos mercaderes del Rajastán, entre especias, telas y baratijas, y guardan un tesoro muy especial, antiguos libros que encierran leyendas del mundo oriental, desde ahí invitan a viajar con la imaginación y a descubrir la magia de los cuentos.

Lo que sostiene ese marco, y lo eleva, es que detrás hay escritura y dirección, no solo una idea bonita. La adaptación y la dramaturgia, firmadas por Olga Mata G., no se limitan a ordenar una historia conocida, la vuelven respirable, la llenan de tránsito, de imágenes, de ese hilo fino que une relato y escena sin que se note la costura. Y la dirección escénica, compartida por Olga Mata y Alex Hernández, tiene el pulso de quien sabe que el teatro familiar no admite condescendencia, o tiene verdad, o se cae, y aquí la verdad aparece en la precisión del ritmo, en cómo el relato se hace juego sin perder densidad.

A partir de ahí, el espectáculo hace algo que parece sencillo y, sin embargo, hoy es casi un lujo, te devuelve la capacidad de atender. El retablo se abre como una arquitectura de miniatura, un mundo portátil, diseñado artísticamente por Estela Labajo Duque, y en cuanto aparece se entiende que no es un soporte, es una caja de resonancia, un lugar donde el ojo aprende a escuchar.

Y entonces entran los títeres, creados por Ana Montes de Miguel, y la sala se transforma. Porque un títere no es un muñeco en el sentido pobre de la palabra. Un títere es una criatura de frontera, vive del pulso ajeno, sí, pero vive, y vive doblemente, porque necesita la mano que lo anima y la mirada que lo cree. Esa vida prestada tiene algo asombroso cuando está bien hecha, un gesto mínimo, un giro, una pausa exacta, y de pronto hay carácter, hay intención, hay presencia.

Los niños y niñas, entregados, lo captan de inmediato. No miran un espectáculo, miran seres. Interactúan, responden, se ríen, se adelantan a los giros, entran en diálogo con los dos intérpretes, Olga Mata y Alex Hernández, y con las marionetas, como quien entra en un juego serio, con todo el cuerpo, con toda la voz, con toda la imaginación encendida. Y esa es la sorpresa mayor de la tarde, la conjunción entre actores, títeres y público no se siente como una mecánica de participación, se siente como una complicidad real, orgánica, de sala viva, sostenida, con la atención encendida de principio a fin.

La historia, claro, lleva siglos sobreviviendo por su precisión moral, la cueva, la contraseña, el tesoro, los ladrones, el peligro. Pero aquí el cuento no se limita a pasar por el escenario, se entrelaza con el perfume narrativo de Sherezade y el imaginario de Las mil y una noches hasta conseguir algo que no es poca cosa, que Toledo, por un rato, y la Sala Thalía, por un rato, se conviertan en un lugar de imaginación y palabra, un lugar donde lo oriental no es postal, es relato, es cadencia, es viaje.

Espectáculo 'Ábrete Sésamo. Alí Babá y los 40 ladrones', interpretada por Olga Mata y Alex Hernández

Hay, además, una respiración musical y corporal que empuja ese viaje, música y danzas tradicionales de Oriente, no como adorno, sino como pulso. Y en ese pulso se nota una técnica cuidada, la iluminación y el sonido, a cargo de Alex Plaza, no buscan lucirse, buscan acompañar, sostener la atmósfera, afinar los cambios, dar relieve cuando toca tensión, y dejar espacio cuando toca risa o asombro.

La puesta en escena, con estética radiante, humor sutil y una creatividad que no necesita subrayarse, va construyendo una poesía visual que hace que el cuento vuelva a ser peligroso, y a la vez luminoso. La avaricia rompe el saco, se entiende sin golpes de efecto, como una ley narrativa, el tesoro no es premio, es prueba, y esa lección entra suave, como entran las verdades que de verdad se quedan.

Y aquí aparece una de las ideas más teatrales del montaje, la contraseña es una palabra. En escena se entiende con nitidez, hay palabras que abren puertas y palabras que abren personas. La cueva se abre porque la palabra tiene poder. Y el niño, sin que nadie se lo explique, aprende que la palabra no es ruido, es herramienta, no es relleno, es llave. Por eso esta obra, con pedagogía teatral suave, termina invitando también a la lectura, el teatro como puerta abierta a la literatura.

Y entonces, al final, un libro.

Un libro vuelve a aparecer como quien regresa a la primera escena para cerrarla con una llave más íntima. Y ese libro se queda esperando, no como objeto quieto, sino como promesa, para volver a decir Ábrete Sésamo o quizá, y mejor, Ábrete, libro. Ábrete tú, página, ábrete tú, lectura, ábrete tú, imaginación.

Y ese círculo, del libro al libro, sostiene la función con una coherencia preciosa, lo que se abre en escena no es solo una cueva, es una casa para la palabra, una habitación donde el cuento recupera su autoridad tranquila, y donde la imaginación, en manos del teatro de títeres, se vuelve contagiosa.

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