La cebra de Santa Bárbara donde el peatón es figurante

"Lo que está pasando en el Paseo de la Rosa no es una discusión de tráfico, es una forma de desprecio cotidiano, la prisa imponiéndose como norma, la chapa reclamando privilegios, el peatón viviendo con ese sobresalto de quien sabe que su cuerpo no tiene airbag"

En el Paseo de la Rosa el peatón no cruza, negocia. Llega a la cebra con esa educación antigua de “ahora paso yo”, mira a izquierda, mira a derecha, y descubre que el barrio ha decidido ensayar otra forma de ciudadanía, la del que aprieta manda y el que camina aprende a apartarse con dignidad.

La escena tiene algo de sainete moderno, tú con tu vida a cuestas, una bolsa, un carrito, el bastón del padre, el paso tranquilo de quien no compite, y enfrente el coche con prisa, esa ideología de bolsillo, esa soberbia con matrícula. El conductor llega embalado, recorta la rotonda como quien recorta una esquina de su propia conciencia, y te mira, cuando te mira, como si fueras un bache con derechos. Entonces entiendes que aquí la prioridad no se respeta, se discute a golpe de acelerador.

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Lo más fino, lo más irónico, es que las señales están, limpias, oficiales, con esa tipografía de Estado que pretende ser seria. En Santa Bárbara hay tramos de 20 km/h y otros de 30, y el Paseo de la Rosa tiene uno a 20, veinte. Un número pequeño, civilizado, casi doméstico, un límite pensado para que la calle sea calle y no pasarela de chapa. Pero, ¿alguien se ha percatado?, ¿alguien lo ha leído sin esa sonrisa interior de “sí, hombre, claro”? Porque el 20, tal y como se usa, es decoración urbana, como la maceta en la oficina o el banco recién pintado que nadie se sienta porque pasan rozando.

Cuando la norma se convierte en adorno, entra en escena la ley verdadera, la del más rápido. Y ahí ya no hay educación vial, hay jerarquía. El coche como argumento, la prisa como excusa, el “yo paso” como doctrina. La rotonda, que nació para templar el ánimo, se endereza con naturalidad, total, no viene nadie. Esa frase es un tratado breve de incivismo, no viene nadie, hasta que viene alguien, y ese alguien suele venir sin carrocería, con vida en las manos y piel en vez de chapa.

La cultura, que a veces sirve para ponernos delante el espejo, tiene su paso de peatones más célebre en la historia pop. Los Beatles cruzando Abbey Road, la cebra convertida en icono, en mito, en postal mundial. Allí el paso es foto, aquí es cálculo. Allí se detuvo el tiempo para una portada, aquí el tiempo corre para esquivar una rueda. Qué diferencia tan elegante, Londres hizo arte con un cruce, Santa Bárbara está haciendo costumbre con el susto.

Y para rematar la escena, conviene una frase que no es de tráfico, pero parece escrita para este barrio. Lewis Carroll dijo en Alicia a través del espejo, “It takes all the running you can do, to keep in the same place”. Uno corre todo lo que puede para quedarse en el mismo sitio. Pues eso, el peatón corre con la mirada, con la prudencia, con el instinto, y aun así se queda donde lo han puesto, en el lugar del que tiene que pedir permiso para cruzar una calle que, en teoría, es de todos.

Aquí es donde la ironía se vuelve amarga, porque ya no hablamos de una anécdota, hablamos de un patrón. ¿Cuántos atropellos más en Santa Bárbara necesitamos vivir para tomarnos en serio los 20 y los 30? ¿Cuántos sustos más, cuántas sirenas más, cuántos “yo le vi pero…” más, cuántos “es que iba rápido” más, cuántos “aquí pasa cada día” más, dicho como quien comenta la humedad, hasta que un día el comentario se convierte en silencio y el barrio aprende de golpe lo que llevaba meses fingiendo no saber?

Se nos vende la “concienciación” como quien reparte folletos de buenas maneras, muy bonito, muy fotogénico, muy de rueda de prensa. Pero la conciencia no suele aparecer cuando hay prisa, la prisa es una fuerza social, una forma barata de poder. La primera responsabilidad, por supuesto, es individual, nadie te obliga a pasar de 30, nadie empuja tu pie al pedal, nadie firma por ti el “yo controlo”. Pero cuando el “yo controlo” se repite tanto, termina siendo el himno de los que no controlan nada, solo empujan.

Así que dejémonos de terciopelo. Si el problema está localizado, y lo está, si se sabe dónde se corre, y se sabe, la respuesta no puede ser un cartel y un deseo. Hace falta control real, sanción real, radares de verdad, no para fastidiar, sino para devolver a la calle su medida humana. Que el 20 deje de ser un chiste, que el 30 deje de ser un guiño, que la cebra deje de ser un dibujo simpático y vuelva a ser lo que es, una orden simple, aquí se frena.

Porque lo que está pasando en el Paseo de la Rosa no es una discusión de tráfico, es una forma de desprecio cotidiano, la prisa imponiéndose como norma, la chapa reclamando privilegios, el peatón viviendo con ese sobresalto de quien sabe que su cuerpo no tiene airbag. Y un barrio no debería acostumbrarse al sobresalto como quien se acostumbra al ruido del tren. El sobresalto es una alarma, no una tradición.

La solución no necesita poesía, necesita voluntad. Menos excusas, menos “ya veremos”, menos campañas de espuma, y más medidas que funcionen el lunes, el martes y el jueves a la misma hora en la que el coche se cree dueño del mundo. Que el Paseo de la Rosa deje de ser ese lugar donde la prisa se ríe de la señal, y la señal se queda plantada, muda, como un chiste malo repetido demasiadas veces. Porque los chistes, cuando se cobran en la acera y en el paso de peatones, dejan de tener gracia. Y aquí, hace tiempo que no la tienen.

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