Rigoberta Bandini cantaba 'Ay mamá' como un grito de hartazgo. Pues eso es exactamente lo que muchos sentimos cada vez que escuchamos al concejal de Urbanismo, Florentino Delgado, hablar de Toledo: ay mamá, otra vez. Otra vez el numerito. Otra vez la ocurrencia. Otra vez el concejal tratando la ciudad como si fuera el Monopoly. Y dan ganas de decirle lo mismo que canta ella: “Escúchame”. Porque hace un par de semanas, en la última comisión de Urbanismo, Florentino “estalló”, pero no para dar datos concretos sobre alguna de sus ocurrencias, sino para montar el show, el berrinche y la pose de visionario incomprendido. Por eso, se deben desmontar sus poses una a una, porque detrás de cada una de ellas hay algo peor que una mala idea: hay una forma irresponsable de gobernar.
Eso sí, como dice Rigoberta, “perdóname antes de empezar”, pero uno debe contestar cuando ve la política convertida en un ejercicio de rabieta. Digo rabieta porque consiguió convertir una comisión en un espectáculo de victimismo: “en esta ciudad parece que no se puede hablar ni debatir”, como si Toledo fuera una dictadura y él un perseguido. Pero no. Nadie le calla. Habla en comisión, para prensa y desde el cargo. Lo que ocurre es que hay muchas personas que le contestan, especialmente en redes. Y eso no es censura: es democracia. El problema es que Florentino confunde la crítica como ofensa. De hecho, en cuanto se le cuestiona, utilizó la siguiente escapatoria: “Como persona puedo proponer lo que me dé la gana”. Claro. Como persona puede decir lo que quiera. Pero como concejal de Urbanismo no está para lanzar ocurrencias como quien tira una bengala y espera aplausos. Está para gobernar con rigor, para cumplir la ley, para trabajar con informes. No para un “a ver si cuela”. Y cuando el rigor no llega, entró el dramatismo: “Esta ciudad está medio muerta”, dijo. La exageración fue útil: si todo está muerto, entonces cualquier barbaridad parece necesaria. Con ese marco, el que discrepa ya no es un ciudadano, es un obstáculo. Por eso habló de “los sabios de turno”, a quienes “se les va a caer la ciudad encima”. ¿Quiénes son esos “sabios”? ¿Arqueólogos? ¿Urbanistas? ¿Técnicos? ¿Vecinos? Señor Florentino: el criterio técnico no es una manía, es lo único que evita que el urbanismo se convierta en una irresponsabilidad ¿No le ha enseñado nada la DANA de Valencia? Pero pronto, en aquella comisión, entró en escena su palabra favorita: “ambición”. “Hay que hacer propuestas ambiciosas”, insistió. Pero la ambición no es un rascacielos para el titular. Él mismo lo delató cuando dijo que buscaba “generar debate público”. Traducido: hacer ruido. Salir en prensa. Un concejal serio no gobierna a base de globos sonda. El debate se construye con diagnósticos, participación y estudios, no con ocurrencias lanzadas al aire sin aportar ningún dato técnico. Por eso sonó también tramposa la falacia de falso dilema: “Si no se propone nada, nunca se logra nada”. Nadie está diciendo “nada”. Se trata de proponer con cabeza. No es torre o vacío. Existen alternativas: rehabilitación, equipamientos públicos, usos mixtos. Pero el fondo real asoma cuando habla de “ampliar la edificabilidad y, con ello, el número de viviendas”. Ahí está el corazón del asunto: más edificabilidad no significa revitalizar; podría significar especulación, encarecimiento del suelo y expulsión vecinal. Si no hay garantías, el beneficio podría ser para el mercado, no para Palomarejos. Y todavía remató con “no todo es Casco Histórico”, como si el patrimonio terminara en una muralla. Toledo no es solo el casco: existe el paisaje urbano histórico, el skyline, la integridad visual del conjunto. Una torre de veinte plantas afectaría a la lectura global de la ciudad aunque estuviera fuera del casco. Ahí se revela, sin disimulo, su desprecio por lo que significa gobernar una ciudad UNESCO.
Cuatro meses antes, en la presentación del POM, Delgado ya había dejado clara su visión en relación con este organismo: “Me parecen muy bien los valores patrimoniales, pero no podemos estar maniatados”. Nadie está “maniatado”. Hay límites porque no se gobierna una ciudad UNESCO como un descampado. Decir eso es como decir que las normas de seguridad “atan” a un cirujano. No: evitan que destroce al paciente. Con esa lógica se entiende que afirmase: “este club, que será muy prestigioso, que es el de Patrimonio de la Humanidad, no nos deja”. Veamos: la UNESCO no es un club caprichoso. Es un marco internacional que Toledo aceptó porque su valor patrimonial es excepcional. Nadie “nos deja” o “no nos deja”: lo que hay son obligaciones legales. Presentarlas como un enemigo es irresponsable. No es la UNESCO la que limita a Toledo: es Toledo la que se protege de ocurrencias como estas. Y lo más llamativo es que hable de la UNESCO solo como un estorbo, cuando es exactamente lo contrario: es prestigio internacional, es protección legal, es acceso a financiación, es cooperación internacional, es cohesión social. Y si un concejal la ve como una molestia, entonces el problema no es el “club”, sino su incapacidad para entender qué ciudad gobierna. Aun así, Florentino siguió erre que erre: “Tenemos limitaciones con el río, con las zonas
inundables, con la declaración de la UNESCO… ¿qué nos queda?”. Pues nos queda lo que siempre ha quedado en una ciudad seria. Nos queda gobernar con responsabilidad. Nos queda respetar el río, la seguridad, la ley. Y dan ganas de repetir con Rigoberta: “paremos la ciudad”, pero no para hacer espectáculo, sino para recordar que Toledo no se gestiona a golpe de rabieta. Cumplir con la UNESCO es una obligación legal. La pregunta no es “¿qué nos queda?”, sino: ¿cómo desarrollamos Toledo sin cargarnos lo que es Toledo? Y ya el remate fue el esperpento: “Aquí surgen honguitos que nos ponen pegas”. Señor, los vecinos no son “hongos”: son ciudadanía, viven en los barrios, pagan impuestos y tienen derecho a opinar sobre proyectos que les afectan. Llamarlos así es deslegitimar su participación para imponer una agenda, la de su gobierno.
Y si todo esto ya es grave, su posición contra la Vega Baja es directamente escandalosa. En aquella presentación, Florentino la tachó de exageración porque “no es la Acrópolis de Atenas o Santa Maria del Fiore”. El mismo gesto clasista que ya mostró al ridiculizar un botijo: la idea de que solo merece respeto lo monumental, lo turístico, mientras lo humilde se desprecia como si no valiera nada. Y no contento, afirmó que, tras “documentarse”, Vega Baja es “una mentira”. Vega Baja está documentada por excavaciones, universidades y especialistas. Negarla es despreciar su trabajo científico y alimentar desinformación sobre su importancia para la comprensión de la Edad Media de la Península y Europa. Y si se considera tan “valiente” y “visionario”, lo mínimo exigible es que diga qué informes leyó y quiénes le asesoraron, y, a raíz de ahí, emita su concejalía un informe donde diga claramente que “Vega Baja es una mentira”. No se puede lanzar una frase así y esconder la mano. La política no es una barra de bar. Y si Vega Baja le parecen “dos piedras”, quizá sea porque no se ha hecho un trabajo de educación patrimonial. ¿Qué ha hecho la Concejalía de Educación para explicarla? ¿Qué programas escolares ha impulsado? Absolutamente nada. Primero abandonan el yacimiento. Luego se burlan de él.
En fin, Rigoberta cantaba 'Ay mamá', pero aquí 'ay mamá' no es una canción, sino lo que se te escapa cuando escuchas a un concejal decir que Vega Baja es mentira, cuando ves que se insulta a vecinos, que se desprecia a científicos, que se trata a la UNESCO como un estorbo y que se juega con Toledo desde el ego. Porque Toledo no es un experimento. Toledo es la gente que vive aquí, es lo que hemos heredado y lo que tenemos la obligación de no destrozar. Porque esto no va de torres ni de titulares. Va de una ciudad real, de vecinos reales. Va, como canta Rigoberta, “con ganas de llorar, pero con fortaleza”. Y da rabia, mucha rabia, que quienes deberían protegerla sean quienes la ridiculizan. Ay mamá, sí. Pero no como estribillo: como vergüenza.







