El Valle: el campo donde Cañizares y Velázquez compiten por dejar huella

"El Valle ya es uno de los espacios más visitados de Toledo. No es un vacío por activar. Mejorarlo difícilmente redistribuirá flujos. Y si de verdad quieren equilibrar territorialmente la ciudad, ya saben: doña Vega Baja de Toledo"

En Toledo ya casi no da tiempo a digerir una gran idea cuando aparece la siguiente. Hemos pasado en cuestión de días de un concejal de Urbanismo que públicamente despacha a la UNESCO como un “club que impide actuar” y a ciudadanos discrepantes como “hongos”, mientras fantasea con su particular Empire State en Palomarejos, a un alcalde que ahora eleva el listón hasta el teatro de Epidauro. Nuestro alcalde ha anunciado que tendremos algo comparable al mítico teatro griego en el Valle. La referencia impresiona. Sin embargo, basta con leer un poco más para que el mármol del Pentélico se convierta en pavimento de solera: senderos, plaza-mirador, fuente con chorros y un pequeño graderío. Porque entre la acústica de la Grecia clásica y un banco con papelera hay, digamos, una ligera distancia conceptual. Pero, más allá del inevitable marketing emocional -muy en línea del urbanismo neoliberal que convierte cualquier actuación en epopeya-, este proyecto termina por ser, según el propio Ayuntamiento, “urbanización ligera”.

Aquí comienzan las acrobacias conceptuales. Porque “ligera” es una palabra relajante, casi saludable, como si el hormigón pudiera hacerse vegano. Pero una plaza, un graderío, unas balizas, un mobiliario y unos aseos no son precisamente una pluma. Son infraestructuras que cambian la función del lugar: de paisaje a escenario. Según el Ayuntamiento, porque el Valle es un espacio “sin tratar” que debe transformarse en “un lugar de contemplación especial”. La expresión merece enmarcarse. Sugiere que hasta ahora la panorámica más icónica de Toledo habría permanecido incompleta durante siglos, esperando una fuente con chorros para alcanzar su plenitud estética. El mensaje implícito: el valor natural no basta; necesita intervención para legitimarse. Eso sí, esta intervención la envuelven con el adjetivo obligatorio del urbanismo contemporáneo: “sostenible”. LED de alta eficiencia, balizas energéticamente responsables, tecnología amable... Todo impecable en la superficie. Pero la sostenibilidad no se mide solo en vatios, sino en presión de uso, capacidad de carga e impacto. Lo digo porque es paradójico argumentar lo primero para posteriormente recalcar que esto generará “efecto llamada”. Es decir, más tránsito, más desgaste, más transformación de un entorno sensible. Todo muy sostenible… siempre que la sostenibilidad se mida en bombillas. Y para completar la coreografía llega la frase más reveladora: “la clave estará en que la gente se acostumbre”. Una pedagogía interesante. Primero se interviene. Luego se normaliza. Después se diluye la crítica porque lo excepcional se ha vuelto cotidiano. Plan sin fisuras.

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ARBA Toledo denuncia afecciones a vegetación, ensanchamientos de senderos e introducción de hormigón. Y, pese a ello, el concejal del río Tajo, el señor Lozano, sostiene que “se contó con esta asociación” y que su reivindicación carece de sentido. Naturalmente. Porque en esta nueva sintaxis, “contar con” parece equivaler a “haber intercambiado mensajes” o “haber coincidido en una reunión cordial”. Una concepción minimalista de la participación: se escucha, se agradece, se continúa. Pero una cosa es informar y otra codiseñar. Y si la entidad supuestamente “tenida en cuenta” termina convocando una concentración, quizá el problema sea la elasticidad acrobática con la que se conjuga el verbo “contar”. Y esa flexibilidad terminológica no se detiene en la participación. También alcanza al material estrella del debate. El concejal afirmó, con solemnidad casi teológica, que “no se usará ni un metro de hormigón”. Ni uno. Declaración tajante. Sin matices. Sin letra pequeña. Sin embargo, esa misma tarde una vecina decidió cometer un acto revolucionario: abrir el expediente técnico, pulsar la función “conteo de palabras” y publicar el resultado en el grupo de “Demandas Vecinales de Toledo”. El veredicto fue demoledor: 556 menciones a la palabra “hormigón”. Quinientas cincuenta y seis. Puede que sea drenante, impreso, armado, estructural o bendecido con algún adjetivo ecológico de última generación; puede que ahora el hormigón adelgace por acumulación de apellidos sostenibles. Pero sigue siendo hormigón. Y cuando un material aparece más de quinientas veces, sostener que no se utilizará “ni un metro” empieza a sonar menos a precisión técnica y más a alquimia discursiva.

Eso sí, mientras el señor Velázquez presenta su proyecto “sostenible” y de obra “ligera”, la señora Cañizares, que aspira a que su legado municipal trascienda algo más que llamar “plataforma radical de locas” al colectivo del 8M, ha reactivado la maquinaria para que la extrema derecha saque adelante su teleférico. Así, la lógica de ambos proyectos coincide: rentabilizar el Valle hasta el último metro cuadrado, compartiendo para más inri los mismos argumentos. El primero: la descentralización del turismo. Ambos afirman que sus ideas aliviarán la presión del Casco Histórico. El argumento suena estratégico, incluso técnico. El pequeño inconveniente es que el Valle ya es uno de los espacios más visitados de Toledo. No es un vacío por activar. Mejorarlo difícilmente redistribuirá flujos. Y si de verdad quieren equilibrar territorialmente la ciudad, ya saben: doña Vega Baja de Toledo, donde sí existe potencial infrautilizado y margen para crear un nuevo polo estructural. Quizá antes de añadir teleféricos, auditorios, norias, rascacielos, viaductos, casinos y montañas rusas convendría cuidar lo existente, claro que esto no da el mismo rédito electoral. El segundo argumento es aún más llamativo: sus proyectos son actuaciones “para los vecinos” que mejorarán su calidad de vida. Pero si realmente son proyectos para ellos, ¿dónde está su participación previa? Porque, curiosamente, cuanto más se les invoca, más crece la oposición. Y, seguimos, en el caso del auditorio, la actuación se enmarca en el Plan de Sostenibilidad Turística de Toledo, financiado por fondos Next Generation EU. Es decir, se justifica a Europa en clave turística. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Es una infraestructura pensada para aliviar flujos turísticos y generar “efecto llamada”, o es un equipamiento destinado al disfrute vecinal?

“Hechos, no milagros” ¿Se acuerdan de esta frase tan limpia, tan prometedora, tan aparentemente adulta? Porque tal vez uno empiece a preguntarse qué entendían exactamente por “hechos”. ¿Es un hecho describir el Valle como un espacio “sin tratar” cuando ha sido durante décadas uno de los paisajes más reconocidos de la ciudad? ¿Es un hecho hablar de sostenibilidad mientras se presume de generar un “efecto llamada” que incrementará la presión en él? ¿Es un hecho afirmar que no se utilizará “ni un metro de hormigón” cuando el expediente menciona el hormigón 556 veces? ¿Es un hecho sostener que se “contó con ARBA” cuando la propia asociación termina convocándoles una manifestación? ¿Es un hecho invocar a los vecinos como beneficiarios mientras no ha articulado un proceso de participación previa? ¿Es un hecho presentar la descentralización turística como argumento cuando el Valle ya es uno de los puntos más visitados de Toledo? Y, ya puestos, ¿es un hecho el silencio absoluto de quienes en la anterior legislatura reclamaban transparencia, humildad, pensamiento crítico, bien común, participación e incluso patrimonio como principios sagrados, y que hoy no tienen absolutamente nada que decir ante estos desatados egos políticos, estas mentiras comprobables, estos constantes descalificativos, esta indigencia argumentativa y esta ausencia palmaria de participación real? Nada. Silencio absoluto. Ni una sola apelación a aquella transparencia que entonces proclamaban como irrenunciable. Resulta revelador que conceptos tan nobles se evaporen en cuanto cambian las siglas o tus intereses se ven beneficiados. Tal vez el problema nunca fue la falta de “hechos”, sino el oportunismo de quienes solo los invocan cuando les conviene. Francamente, bochornoso. Qué indignidad.

No puedo evitar acordarme de Avatar. No por la fantasía azul, sino por la lógica neoliberal que subyace. En Pandora, unos veían un organismo vivo; otros, una reserva. Unos hablaban de equilibrio; otros, de especulación. Nadie se presentaba como destructor: se hablaba de progreso, desarrollo, oportunidad histórica -el léxico siempre es noble cuando se quiere intervenir-. El Valle se sitúa en esa frontera. Para algunos es un paisaje que exige límites porque es valioso; para otros es un espacio infrautilizado que debe rentabilizarse. En Pandora se hablaba de “recursos”; aquí se habla de “sostenibilidad”, “descentralización” y “calidad de vida”. Pero cuando un territorio empieza a justificarse por lo que produce -visitantes, eventos, impacto- pierde su identidad para convertirse en un activo más. Por eso la cuestión no es estética. Es de modelo. ¿Queremos ser los Na’vi que entienden el territorio como algo que merece límites porque es valioso? ¿O preferimos la tranquilidad de pensar que toda intervención es mejora, que todo proyecto es automáticamente avance y que el paisaje siempre gana cuando le añadimos algo? Porque hay lugares cuyo valor reside exactamente en no haber sido rediseñados. Y el verdadero coraje político no siempre consiste en dejar huella. A veces consiste, sencillamente, en no tocar. Y, sobre todo, en pensar en la RES PUBLICA (COSA PÚBLICA) de quienes te colocaron ahí.

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