El POM de Toledo y el olvido de los de siempre

"No es solo un documento técnico. Es una declaración moral... Si este POM quiere dejar de ser ruido de cifras y convertirse en política pública con dignidad, tiene que empezar por lo que ha olvidado desde el primer día, los vecinos y vecinas que sostienen Toledo cuando nadie mira"

Este POM ha empezado con ruido. Ruido de cifras, de si son tantas viviendas o menos, de si se sube o se baja el listón, como si estuviéramos en una puja y no ante una decisión seria que va a marcar la ciudad durante décadas. Parecía más un regateo público que un debate responsable sobre qué Toledo necesitamos. Y sí, el POM ha arrancado incomodando, pero no por valiente, sino porque, sobre todo y ante todo, ha empezado olvidando a los de siempre.

Olvidando a quienes viven al límite, a quienes sostienen la ciudad con salarios bajos, con trabajos precarios, con cuidados invisibles, con cuerpos cansados y derechos recortados. Olvidando que una ciudad no se planifica solo con suelo y renderizados. Se planifica con vidas, con tiempos, con accesos, con barrios. Se planifica mirando a los vecinos y vecinas que no salen en la foto, pero pagan cada día el precio de una ciudad que, para ellos, funciona peor.

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En los documentos se repiten palabras que tranquilizan, “cohesión”, “asequible”, “regeneración”, “mezcla de usos”. Pero Toledo no se arregla con un diccionario de buenas intenciones. Se arregla con prioridades que duelan, con decisiones que molestan a quienes nunca son molestados. Y aquí aparece la pregunta que no se puede seguir escondiendo detrás de tecnicismos, dónde está el enfoque de pobreza, el enfoque de pobreza de verdad.

Porque la pobreza no es un apartado social para cumplir, ni una coletilla para quedar bien. La pobreza es una forma de habitar la ciudad. Es el alquiler clavado en el sueldo. Es el autobús que no te cuadra con los turnos. Es la compra que se hace con calculadora. Es la factura de la luz que te cambia el invierno. Es el ascensor que no existe. Es la acera estrecha que te obliga a bajar a la calzada con un carrito. Es el barrio donde llegar al centro de salud parece una expedición. Y si el POM no parte de ahí, si no ordena la ciudad desde ahí, entonces no está siendo neutral. Está eligiendo. Y lo hace, como casi siempre, a favor de la comodidad de quien ya tiene margen.

Se habla mucho de “hacer Toledo atractivo”. Pero la pregunta es inevitable, atractivo para quién. Y cuando alguien dice “asequible”, la pregunta es todavía más clara, asequible para quién. Porque si “asequible” no se mide con rentas bajas, con jóvenes en alquiler, con hogares monomarentales, con pensiones ajustadas, con quienes encadenan contratos y cuidados, entonces “asequible” es una palabra que suena bien y sirve para poco.

El problema de fondo es que Toledo no es una ciudad homogénea. No lo es por renta, no lo es por accesos, no lo es por forma urbana. Hay barrios cosidos y barrios que viven “accediendo”. Hay zonas donde el tiempo vale más y zonas donde el tiempo se pierde más, y ese tiempo perdido es dinero y es salud. Hay barreras físicas que son, en la práctica, barreras sociales. Y si un plan urbanístico no convierte esas desigualdades en la brújula, las convierte en destino.

La segregación urbana no es una teoría para una mesa redonda. Se nota cuando una parte de la ciudad depende de una conexión principal y todo se organiza alrededor de atascos, transbordos y esperas. Se nota cuando ir al médico, al instituto, a un trámite o a un empleo supone cruzar fronteras de asfalto. Se nota cuando la movilidad no es libertad, sino gasto. Y ese gasto no lo pagan igual todos los vecinos y vecinas. Un POM que describe esto sin ponerlo en lo más alto de su lista de urgencias está normalizando la ciudad partida. Está diciendo, con elegancia técnica, que habrá quienes tengan un Toledo completo y quienes vivan un Toledo recortado.

Luego está la vivienda, que es el campo de batalla donde se ve de qué lado está un plan. Se reconoce que el alquiler turístico ha tensionado el acceso a la vivienda para quienes viven aquí, se admite el peso creciente del alquiler, se habla de rehabilitación como gran palanca. Bien. Pero cuando el diagnóstico se queda en diagnóstico, la vida sigue subiendo de precio mientras el papel se llena de buenas palabras.

En el Casco, cualquiera que lo camine lo ve, menos vecindario, más rotación, más consumo rápido, más negocio efímero, menos vida cotidiana. Y eso, por mucho que se envuelva en lenguaje suave, tiene una traducción simple, expulsión. No siempre con portazo, muchas veces con una crueldad limpia, sube el alquiler, se van los de siempre, entra quien puede, y lo que era barrio se convierte en decorado. Una ciudad que pierde vecinos y vecinas en su corazón no solo pierde población, pierde comunidad, pierde memoria, pierde vínculos, pierde la mezcla social que hace que una ciudad sea ciudad y no parque temático.

Aquí no valen equilibrios tibios. O el POM blinda el derecho a quedarse, o acompaña la sustitución y luego se sorprende de sus consecuencias. O pone herramientas reales para que el centro no sea un producto, o se limita a gestionar la postal mientras la vida se va por la puerta de atrás. Y no, no basta con cumplir mínimos legales o con anunciar reservas de vivienda protegida como si fueran un conjuro. La pregunta relevante es si esa vivienda será realmente accesible para rentas bajas, si existirá alquiler asequible de verdad, si habrá contrapesos frente al drenaje hacia usos más lucrativos, si la rehabilitación se hará con criterios sociales y no solo estéticos. Si no, la rehabilitación se convierte en el paso previo a la sustitución, se mejora el barrio y se cambia a su gente.

La perspectiva de género tampoco puede seguir tratándose como un adorno de última hora. La ciudad no se recorre solo para ir y volver del trabajo. Se recorre para cuidar, para llevar y traer, para acompañar, para sostener. Y esa red de tareas sigue cayendo de forma desigual, con menos ingresos, menos tiempo y más carga. Un POM que no planifica desde los cuidados está planificando desigualdad. Se nota en lo concreto, en la proximidad real a escuelas, centros de salud y comercio básico, en la movilidad que sirve para trayectos encadenados, en la seguridad de los recorridos cotidianos, en la iluminación, en el diseño del espacio público, en aceras que se puedan usar con carrito, con muletas, con prisa, con cansancio. Si el plan se queda en frases generales y no fija estándares, cronogramas y prioridades territoriales, no es neutral. Está diseñando una ciudad para quien tiene coche, tiempo y espalda libre, y dejando el resto del esfuerzo a los hombros de siempre.

Y cuando hablamos de inclusión social, Toledo tiene un examen que no se aprueba con palabras solemnes, accesibilidad. Aquí sobran listados de normas y faltan rampas reales, continuidad, mantenimiento, itinerarios completos. No vale con decir “accesibilidad universal” si luego aparece el “ya veremos”, el “depende del coste”, el “si es viable”. Cuando un derecho se somete a la lógica de la viabilidad presupuestaria, deja de ser derecho y se convierte en favor. Y una ciudad que convierte derechos en favores es una ciudad que excluye, aunque hable de inclusión.

La mirada de los mayores del siglo XXI es especialmente reveladora, porque no hablamos solo del cliché de la persona mayor “frágil” que pasea despacio. Hablamos de mayores con vidas complejas y activas, mayores que trabajan o buscan ingresos, mayores que sostienen hogares con pensiones ajustadas, mayores que cuidan nietos o cuidan a otros mayores, mayores que viven solos con la soledad como un problema urbano, mayores con enfermedades crónicas que necesitan proximidad, descanso y transporte fiable, mayores que hacen trámites digitales a medias y requieren apoyo, mayores que quieren seguir participando en la vida cultural y comunitaria. Envejecer hoy no es “retirarse”, es seguir viviendo con más necesidades y, muchas veces, con menos margen.

Una ciudad que piensa en esos mayores planifica con sentido, bancos a distancia humana, sombras, cruces seguros, semáforos que no tratan a nadie como estorbo, baños públicos, transporte accesible y frecuente, itinerarios sin trampas, vivienda adecuada para envejecer en el barrio, equipamientos cercanos para que cualquier gestión no sea una odisea. Y planifica también con respeto, porque envejecer con dignidad no puede depender de tener coche o de tener familia disponible. Si el POM no incluye esta realidad como eje, no está “ignorando un colectivo”, está diseñando una ciudad que expulsa a los mayores hacia el aislamiento o la dependencia.

Con la infancia pasa lo mismo, pero en otra dirección. La infancia es el termómetro más honesto del urbanismo. Una ciudad donde niños y niñas no pueden ir andando al cole con seguridad, donde jugar en la calle es impensable, donde el barrio es un lugar de paso y no de pertenencia, es una ciudad enferma. Hablar de movilidad sostenible y espacio público sin pacificar entornos escolares, sin ensanchar aceras, sin cruces seguros, sin parques de verdad, sin sombra y agua, sin calles donde la vida pueda ocurrir, es quedarse en el eslogan. Y una ciudad que no cuida la infancia está hipotecando su futuro con la misma alegría con la que imprime folletos.

Aquí hay una frase que conviene dejar escrita sin suavizantes, una ciudad que no se adapta a la pobreza, y también a la visión de los mayores y de la infancia, al enfoque de género, está quebrando la inclusión. Porque la inclusión no es una palabra amable, es una arquitectura concreta de derechos, accesos y dignidad. Si el POM diseña una ciudad cómoda para quien no tiene problemas y deja el resto en el “ya veremos”, entonces no está ordenando, está seleccionando.

Además, hay un efecto político que nadie debería subestimar. Cuando la desigualdad se cronifica y la segregación residencial crece, se abren brechas en salud, educación y empleo, y la convivencia se vuelve frágil. No hace falta mucha teoría para entenderlo. La polarización no nace solo de ideas, nace de vidas partidas, de sentir que la ciudad no te pertenece, de sentir que no cuentas, de sentir que siempre pagas tú. Y ahí aparece la trampa más peligrosa, enfrentar a los de abajo entre sí, barrio contra barrio, recién llegados contra vecinos y vecinas de siempre, precarizados contra precarizados, mientras se evita discutir lo que de verdad reparte desigualdad, vivienda, accesos, transporte, servicios, cuidados, oportunidades. Si el POM no se atreve con esto, no solo planifica calles, planifica resentimientos.

Por eso la participación ciudadana no puede ser un trámite decorativo. No basta con abrir un periodo y recoger papeles. Si el plan afecta a vidas, la ciudadanía tiene que influir de verdad, y tiene que recibir respuestas motivadas, con compromisos claros, con rendición de cuentas. Y, sobre todo, quienes viven la exclusión no pueden ser destinatarios pasivos de soluciones. Tienen que ser sujetos con voz y con capacidad real de orientar prioridades. Un POM que habla de pobreza sin escuchar a quienes la viven, de accesibilidad sin escuchar a quienes no pueden moverse, de cuidados sin escuchar a quienes los sostienen, de barrio sin escuchar a vecinos y vecinas, está condenado a repetir lo mismo con un envoltorio nuevo.

Toledo tiene una oportunidad histórica, pero no la de “ser más atractivo”, esa frase suele tranquilizar a quien ya está dentro. La oportunidad real es decidir si quiere ser una ciudad que se encuentra o una ciudad que se selecciona. Y eso se decide en lo concreto, con un mapa de vulnerabilidad que mande, con barrios priorizados con plazos y presupuesto, con vivienda asequible medible y verificable, con herramientas que frenen la expulsión residencial, con control efectivo del drenaje turístico donde esté rompiendo la vida vecinal, con rehabilitación socialmente justa, con urbanismo de cuidados como columna vertebral, con accesibilidad universal sin excusas, con calendario, financiación y mantenimiento.

Al final, un POM no es solo un documento técnico. Es una declaración moral. Quién importa, quién cuenta, quién queda fuera. Y si este POM quiere dejar de ser ruido de cifras y convertirse en política pública con dignidad, tiene que empezar por lo que ha olvidado desde el primer día, los vecinos y vecinas que sostienen Toledo cuando nadie mira.

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