El Consejo de Gobierno de Castilla-La Mancha ha oficializado la declaración del damasquinado de Toledo como Bien de Interés Cultural (BIC), bajo la categoría de Bien Inmaterial. Este acuerdo, fraguado tras un exhaustivo expediente iniciado en enero de 2025, blinda una de las manifestaciones artesanales más emblemáticas de la ciudad y de la región.
La distinción no solo reconoce el valor artístico intrínseco de estas piezas, sino también el vínculo identitario que une este oficio con la historia de la capital toledana. Una tradición que ha sido también respaldada por informes favorables de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.
Se trata, según recoge el acuerdo que se publica este miércoles en el Diario Oficial de Castilla-La Mancha (DOCM), de un legado milenario que se popularizó en España en el siglo XIX. La técnica hunde sus raíces en la antigüedad, con precedentes en Egipto, China y la cultura visigoda. En España, se conocía originalmente como ataujía, definida ya en 1611 como una labor morisca de embutido de metales preciosos sobre hierro.
La edad de oro del damasquinado occidental se alcanzó en el siglo XVI con la decoración de armaduras de parada para los Austrias, pero fue en 1761, con la fundación de la Real Fábrica de Espadas por Carlos III, cuando Toledo se convirtió en el epicentro indiscutible de este arte. Durante el siglo XIX, la llegada de artesanos eibarreses consolidó la técnica en la ciudad, eliminando la necesidad de enviar las piezas al norte para su decoración y dando lugar a una "primera edad dorada" personificada por maestros como Mariano Álvarez y Críspulo Avecilla.
La maestría del proceso: el arte de "dibujar con oro"
El damasquinado de Toledo destaca por una complejidad técnica que transforma el acero en joyas únicas mediante un proceso que los expertos describen como una obra alquímica. Todo comienza con el picado, donde el artesano o artesana utiliza una punceta para crear una red de finísimos surcos sobre la superficie metálica, dotándola de la aspereza necesaria para recibir el metal precioso.
Posteriormente, se procede a la incrustación, el paso más delicado donde el artesano guía con una mano el hilo de oro de 24 quilates mientras la otra lo presiona con un punzón. Una vez fijado el diseño, la pieza se somete al pavonado, un tratamiento químico a altas temperaturas (entre 700 y 800 grados) que oxida el acero hasta tornarlo de un negro profundo y homogéneo, resaltando por contraste el brillo inmutable del oro. Finalmente, el sombreado y repasado otorgan vida y volumen a las figuras, utilizando bruñidores y punzones para crear efectos de sombra y movimiento.
La declaración destaca el papel fundamental de dos instituciones: la Fábrica de Armas y la Escuela de Artes y Oficios Artísticos. Estos centros no solo han sido motores de producción, enviando regalos protocolarios a reyes y primeros ministros de todo el mundo, sino que han servido como pilares de la formación de generaciones de damasquinadores.
El sistema de aprendizaje tradicional, basado en la jerarquía de aprendices, oficiales y maestros, ha garantizado la transmisión del conocimiento. Grandes sagas familiares y nombres como Mariano San Félix, nombrado maestro en 1961, representan la excelencia de un oficio que requiere años de práctica para dominar el manejo de la 'maceta' (pequeño martillo) y la 'bola de grabador'.
El damasquinado toledano se manifiesta principalmente en dos estilos tradicionales: el Árabe, que está basado en la complejidad geométrica de la lacería, estrellas y atauriques, creando redes hipnóticas que cubren toda la superficie; y el Renacimiento, inspirado en el plateresco, donde el "follaje animado" y los grutescos -figuras fantásticas de seres mitad humanos, mitad vegetales- son los protagonistas.
Este oficio ha evolucionado desde la decoración de armamento de lujo hasta convertirse en una forma de orfebrería y joyería de prestigio internacional que hoy goza de la máxima protección jurídica en Castilla-La Mancha.
Salvaguarda para el futuro
La declaración como BIC conlleva la implementación inmediata de medidas de salvaguarda y protección. El acuerdo contempla el fomento de la investigación histórica, la creación de planes de señalética turística para identificar los antiguos talleres-vivienda y el impulso de programas educativos para que las nuevas generaciones conozcan y valoren este patrimonio.
Asimismo, se busca potenciar la certificación de origen y calidad, diferenciando el trabajo artesanal de la producción industrial mecánica que surgió a finales del siglo XX. Se trata de una de las principales reclamaciones que había puesto el sector sobre la mesa en los últimos meses, al tiempo que advertían de que se estaba "dejando morir este oficio" milenario que ya goza de su protección como BIC.











