Como miles de estudiantes, Samuel Ros se conectó a la hora prevista para conocer el resultado de la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU). Como miles de estudiantes, se encontró con una web colapsada. Así que decidió esperar. Estaba en casa, acompañado por sus padres y por su hermana, apenas un año menor que él.
Cuando la plataforma volvió a funcionar llegó la noticia que ningún estudiante se atreve a dar por segura: un 14 sobre 14, la máxima calificación posible. "Mis padres estaban emocionados, mi hermana súper contenta y yo más todavía", recuerda.
Lo primero que hizo Samuel fue compartir la noticia con sus amigos y a la vez, compañeros de batalla. También llegaron los mensajes, las llamadas y una atención mediática a la que todavía se está acostumbrando. "Demasiado, demasiado", responde entre risas cuando se le pregunta por su repentina fama.
Detrás de la nota perfecta está un estudiante del IES Sefarad de Toledo que, como tantos otros jóvenes de su edad, ha pasado los últimos meses entre exámenes, nervios y dudas sobre el futuro.

La biblioteca, los agobios y "algún lloro"
A Samuel no le cuesta reconocer que el curso ha sido exigente. Segundo de Bachillerato, explica, es exactamente lo que todos les habían advertido que sería: semanas en las que se acumulan exámenes, madrugones, alguna noche trasnochando y la sensación permanente de que siempre queda algo pendiente.
"En la medida de lo posible he intentado llevar todo al día para que no se me hiciera mucha bola", explica. Aun así, admite que hubo momentos complicados.
"Algunas semanas sí que me ha tocado algún lloro", confiesa. También jornadas de apurar hasta el último momento y afrontar un examen con la sensación de haber llegado al límite.
Durante las semanas previas a la PAU cambió la improvisación por una planificación mucho más estricta. Su rutina transcurrió entre casa y biblioteca, aunque pronto descubrió cuál era su lugar.
"En casa te distraes con cualquier cosa. Buscas algo en el ordenador o te levantas un momento y cuando te das cuenta has perdido media hora o una hora", cuenta.
En la biblioteca era diferente. Allí todos compartían el mismo objetivo. "Solo con ver a todo el mundo concentrado estudiando para lo mismo, dices: no me puedo distraer aquí".
"Se te abren tantas posibilidades que también agobia"
Natural del Casco Histórico de Toledo y amante del fútbol, Samuel -de 18 años- todavía no ha decidido cuál será su próximo paso académico.
Las matemáticas y la física son las materias que más le han atraído desde pequeño y entre las opciones que baraja aparece la Ingeniería Aeroespacial que se imparte en Toledo, además de distintos grados relacionados con las ciencias en Madrid.
Paradójicamente, conseguir la máxima nota no ha despejado todas las dudas. "Se te abren tantas oportunidades y tanta variedad de cosas que también agobia un poco", reconoce.
Por ahora prefiere tomarse estas semanas con calma, hablar con estudiantes que ya han recorrido ese camino e informarse antes de tomar una decisión. "Tampoco me quiero agobiar de más", resume.

"Joder, ya se acaba esto"
Con el curso finalizado y diciendo adiós al instituto, hay otro sentimiento que aparece una y otra vez durante la conversación: la nostalgia. Después de años entrando cada mañana en el mismo centro, Samuel empieza a asumir que una etapa importante de su vida está terminando.
"Los últimos días en el instituto han sido bonitos y no te lo crees después de estar allí tantos años", explica. "Hay un poco de nostalgia y de decir: joder, ya se acaba esto".
Cuando habla de los profesores que le han acompañado durante estos años le cuesta elegir nombres concretos. Menciona a docentes de Historia, Francés y Química, pero termina ampliando el agradecimiento a prácticamente todo el centro.
"No es por quedar bien, es que de verdad he estado muy a gusto", asegura. "Es un centro muy cercano. Me han acompañado todo el curso y durante todos estos años".
El consejo para quienes vienen detrás
Si pudiera volver atrás y encontrarse con aquel niño de 12 años que entró por primera vez al instituto, Samuel tendría claro qué decirle. "¡Que se le vayan los miedos!".
También le pediría que rebajara la presión que tantas veces acompaña a las notas. "He aprendido con el tiempo a manejarlo mejor. Al principio quizá me agobiaba un poco más con el tema de las calificaciones".
Por eso, cuando piensa en los estudiantes que el próximo año tendrán que enfrentarse a la PAU -entre ellos su propia hermana- intenta transmitir un mensaje sencillo: "La PAU parece un monstruo porque todo el mundo está súper nervioso, pero al final no deja de ser un examen más".
Y si las cosas no salen bien a la primera, tampoco considera que sea el fin del mundo. "Es importante saber manejar cuando algo no sale. El curso es largo y al final todo sale".
Un verano para descansar y aburrirse
Ahora, con los exámenes ya terminados y las notas publicadas, los planes son mucho más sencillos. Samuel quiere viajar, ir a la playa, pasar tiempo con amigos, disfrutar de la familia y recuperar todo aquello que los estudios habían dejado en pausa. Y también hacer algo que durante meses parecía imposible. "¡Un día de sofá y no hacer nada!".
Dentro de diez años no sabe exactamente dónde estará. Quizá trabajando en un laboratorio. Quizá participando en algún proyecto de investigación, una idea que le atrae desde pequeño. "No me veo en algo mecánico. Me veo desarrollando algún proyecto, haciendo cosas".
Pero el futuro puede esperar unas semanas más. Después de un curso entero mirando hacia delante, Samuel Ros tiene ahora una tarea mucho más urgente: disfrutar del verano.













