Azarquiel y Alfonso X, los toledanos que descubrieron la cara visible de la luna hace mil años

Hace apenas unas horas, cuatro astronautas pisaban tierra después de emprender un histórico vuelo hacia la Luna para ver su cara oculta. Esta misión es posible gracias a los primeros mapas del cielo que tienen su origen en la ciudad de las tres culturas

Hace apenas unas horas, cuatro astronautas pisaban tierra después de emprender un histórico vuelo en la nave Orión hacia la Luna -casi medio siglo después- para ver su cara oculta. Pero para que Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen hayan podido realizar este viaje a principios de abril, alguien tuvo que desarrollar planteamientos astronómicos que permitiesen cartografiar el cielo.

Y los primeros mapas del cielo, hace más de mil años, que se acercaron al universo van unidos a un nombre propio y es toledano: Azarquiel (1029-1100). Ahora, las nuevas generaciones le conocerán por dar nombre a uno de los puentes de la ciudad pero, en aquel Toledo del siglo XI fue astrónomo, geógrafo, matemático e instrumentista andalusí que dedicó su vida al estudio del cosmos.

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Azarquiel no estuvo perdido en otra dimensión, como canta M-Clan, ni pisó la Luna. Pero comenzó fabricando astrolabios, que son la representación bidimensional de la esfera celeste y permiten reproducir, de forma manual, el movimiento de rotación diario de la Tierra. Sirve principalmente para medir alturas y profundidades y calcular el tiempo, aunque tiene otras aplicaciones matemáticas relacionadas con el álgebra o la trigonometría.

Astrolabios andalusíes (Museo Arqueológico Nacional, Madrid)/ Imagen cedida

El toledano combinó su faceta de astrónomo con la de fabricante de instrumentos de medición, e inventó uno que le ha dado fama mundial (y lunática): el astrolabio universal, un instrumento independiente de la latitud, y por tanto posible de emplear en cualquier lugar del planeta, al que denominó azafea.

Gracias a esto, sus observaciones y cálculos se volvieron más exactos y consiguió corregir la visión del cosmos que se tenía. Azarquiel representó la órbita de Mercurio como una elipse y no
una circunferencia, atreviéndose a romper la astronomía basada en círculos para pasar a las secciones cónicas, algo que sólo pudo ser confirmado cinco siglos después con las leyes que formularía el astrónomo alemán Johannes Kepler.

Azarquiel se adelantó a la Revolución científica del Renacimiento, observando el mismo cielo que hoy observamos quienes seguimos viviendo donde él vivió. Y con la posibilidad de mirarlo como nadie lo había hecho antes.

Las ventajas de la azafea

El astrónomo toledano hizo accesible al mundo entero los avances científicos que se desarrollaban en la ciudad, sin tener que envidiar a Londres o Houston. Y a mediados de siglo, construyó dos tipos distintos de azafeas y una lámina universal.

La azafea permitía saber, por la posición de los planetas, la hora del lugar desde el que se observaba, así como obtener otros datos sobre longitudes planetarias y algo enormemente relevante hoy: la distancia de la tierra a la luna en un momento determinado.

En el anverso de una de esas láminas reflejó las posiciones de Venus, Marte, Júpiter y Saturno, y en el reverso las de Mercurio, la Luna y el Sol. Esto permitía determinar de forma precisa la
posición del planeta seleccionado.

Los cálculos presentados en las tablas astronómicas, que luego fueron perfeccionadas por Alfonso X, no sólo servían a estudiosos de la astronomía. Eran fundamentales también para el desarrollo de aplicaciones como la navegación.

El astrolabio guio a Colón hacia América

Encender el móvil, poner el GPS y llegar al destino que se quiera forma parte del actual y cómodo presente. A veces, parece increíble como hace apenas 20 años se llegaba a Benidorm -por ejemplo- mientras un mapa de papel arrugado y guardado en la guantera del coche hacía de guía. ¿Y Colón para llegar a América? Tenía su propia tecnología: el astrolabio de Azarquiel.

Según traslada el historiador y guía turístico, Felipe Vidales, Colón llevaba un diario de a bordo y varios libros como el 'Imago Mundi de Pierre d’Ailly' (edición de Lovaina de 1483, hoy en la Biblioteca Colombina de Sevilla), en el que anotó en latín en uno de sus márgenes: “Tabule toletane ponunt verum occidens longe plusquam Ptholomeus super capite S. vicencii”. Que significa: "Las tablas toledanas sitúan el verdadero occidente mucho más lejos de lo que lo hace Ptolomeo sobre el cabo de San Vicente".

Las tablas toledanas creadas por Azarquiel y renovadas por Alfonso X habían servido al navegante para su travesía hasta el Nuevo Mundo.

Cráteres de «Alphonsus» (Alfonso X) y «Arzachel» (Azarquiel) en la parte central izquierda de la imagen./ Imagen cedida

Y así Copérnico descubrió que la Tierra giraba alrededor del Sol

Si los cálculos de Azarquiel ayudaron a Colón a viajar hacia lo desconocido, también fueron fundamentales para Copérnico y su gran obra, en la que llegó a unas conclusiones peligrosas e imposibles de asumir para cualquier creyente, y aún más en esa época: que la Tierra giraba alrededor del sol.

En su obra 'De Revolutionibus Orbium Coelestium' ('Sobre las revoluciones de las esferas celestes'), el polaco vuelve a contradecir a la Biblia y planteaba el heliocentrismo y confirmaba, junto a Colón, lo que ya muchos suponían: que la Tierra era redonda y que no era más que uno de los planetas que giraban alrededor del Sol.

En el prólogo de este libro que, supuso un punto de inflexión en la historia de la ciencia, detallaba la tradición de astrónomos que habían observado y calculado antes que él, dejando constancia del valor de las tablas toledanas y de los trabajos de Azarquiel.

¿Qué usamos en la actualidad gracias a Azarquiel y a Alfonso X?

Desde que Azarquiel y Alfonso X desarrollaron y perfeccionaron los mapas de la Luna, los avances continuaron. Por ejemplo, el jesuita italiano, Giovanni Battista Riccioli, gracias al telescopio perfeccionado por Galileo, cartografió la luna de forma exacta y bautizó cada uno de los accidentes lunares. Entre ellos -y en la cara visible- están los espacios reservados para los protagonistas de estas líneas.

Ahora, el telescopio se ha quedado obsoleto. Igual que el astrolabio y cualquier otro invento de hace mil años mencionado anteriormente. Pero en nuestras manos, mucho más cerca de la luna, tenemos los resultados en constante evolución de aquella revolución científica.

Cada vez que abrimos Google Maps o activamos un GPS, se pone en marcha una tecnología de geolocalización que es el último estado de cálculos y observaciones, como los de Azarquiel.

Y cada vez que se haga uso de Instagram o de Spotify, se nombrará el apellido (castellanizado) del persa Al-Juarismi, padre del álgebra y descubridor de los algoritmos que llevan su nombre. Y que fue lo que permitió a Azarquiel desarrollar desde Toledo sus revolucionarios trabajos.

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