“¿De qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?”. No hay mejor manera de entrar en esta Alicia en el País de las Maravillas que por la misma rendija por la que Lewis Carroll abrió su clásico. Porque la versión de Teatro Narea, presentada en el Teatro de Rojas de Toledo, no se limita a adaptar una historia célebre: convierte esa primera pregunta en una poética, en una defensa de la lectura y en una celebración escénica de todo lo que un libro puede seguir provocando cuando alguien se atreve a abrirlo de verdad. Ahí está su principal acierto. No toma a Alicia como una reliquia de la infancia ni como un repertorio de estampas complacientes. La toma como una llave. Como un pasadizo. Como una invitación a recuperar el libro, a recuperar los libros, a recuperar, en rigor, cada libro.
Eso es lo que vuelve singular a esta propuesta. Lo fácil habría sido conformarse con la iconografía conocida: el vestido, el conejo, el sombrero, la reina, los juegos de escala, la extravagancia de un mundo donde todo parece obedecer a la ley del capricho. Lo difícil era otra cosa: construir una adaptación atrevida que no rebajara la inteligencia del original y que, al mismo tiempo, supiera entrar con soltura en el territorio del musical, de la imagen y de la escena familiar. La dramaturgia de Llanos Campos y la dirección de Javier Moncada escogen justamente ese camino. No simplifican a Carroll. Lo vuelven hospitalario sin volverlo dócil. Lo hacen accesible sin volverlo menor. Lo dejan respirar como lo que siempre fue: una maquinaria brillante para desordenar la mirada y ensanchar la imaginación.
Y el primer gran fogonazo de esa maquinaria llega, como debe llegar, con el Conejo Blanco. Su “llegaré tarde”, que en escena funciona como una campanada cómica y una llamada al vértigo, no es un detalle menor. Es el pistoletazo de salida de un mundo entero. Es la prisa que pone en marcha la aventura, la alarma que rompe la quietud, el reloj convertido en personaje, casi en amenaza y en promesa al mismo tiempo. En esta adaptación, la escena del conejo conserva esa electricidad inaugural. Todo empieza a correr detrás de él. Alicia, claro, pero también la música, los cambios de espacio, las transiciones de tono y el propio patio de butacas, arrastrado desde ese instante a una lógica distinta, más juguetona, más libre, más despierta.
Lo admirable es que esa energía no se pierde en el mero efectismo. Al contrario. La mezcla de música, vídeos, vídeo escena, montajes múltiples y cambios ágiles demuestra algo que el espectáculo defiende con rara claridad: que la lectura no compite con la imaginación visual, sino que la alimenta. Que el libro no queda anulado por la escena contemporánea, sino reactivado por ella. Que un montaje con recursos técnicos vivos, transiciones veloces y un pulso escénico muy móvil puede terminar diciendo, justamente, que leer sigue siendo una invitación constante a la creatividad. Esta Alicia lo va mostrando sin pesadez, casi con picardía, como si cada giro musical y cada viraje visual quisiera recordarnos que la imaginación nace muchas veces de una página abierta.
De ahí que el montaje acabe funcionando, más allá de su eficacia teatral, como una pequeña manifestación a favor de la literatura. No de la literatura en abstracto, como palabra noble de cartel, sino de la lectura concreta, encarnada, cotidiana. De esa lectura que ayuda a imaginar y ayuda también a soñar. De esa lectura que ensancha la conversación, despierta la amistad y vuelve menos estrecho el mundo. Esta Alicia parece decir, con una claridad muy limpia, que los libros no son un deber escolar ni una reliquia cultural: son una fuente de juego, una fábrica de vínculos, una reserva de libertad. Y esa defensa de la lectura no se dirige solo a la infancia o a la adolescencia. Se dirige a todos. A los que leen mucho y a los que han dejado de leer. A los que todavía se dejan sorprender por una página y a los que han sustituido el asombro por la costumbre.
Por eso resulta tan feliz la presencia del Sombrerero Loco y de su célebre “no cumpleaños”. Hay algo profundamente teatral y profundamente lector en esa escena. El “no cumpleaños” es una broma genial, sí, pero también una filosofía. Viene a decir que cualquier día puede ser motivo de celebración cuando uno ha entrado de verdad en el país de la imaginación. En esta adaptación, la irrupción del Sombrerero y la lógica absurda del “no cumpleaños” aportan humor, velocidad y travesura, pero además dejan una idea de fondo muy fértil: que la literatura no necesita fechas solemnes para ser celebrada. Cada libro puede abrirse como quien celebra un no cumpleaños. Cada lectura puede ser una fiesta inesperada. Cada página puede tener el descaro alegre de una taza levantada a destiempo. Ahí la función se vuelve casi programática: leer no es cumplir con un calendario; leer es entrar en una fiesta del pensamiento.
Y esa fiesta está muy lejos de ser unívoca. Lo más interesante de esta Alicia es que el País de las Maravillas se convierte en un espacio de confluencia donde parecen darse cita grandes autores, escritores, pensadores, músicos y creativos, como si la obra quisiera recordarnos que ningún libro grande vive aislado. La escena se comporta por momentos como una biblioteca en movimiento, una biblioteca musical, juguetona, mestiza, donde la imaginación de Carroll convoca ecos de otras tradiciones y otras voces. No es solo Alicia la que atraviesa el espejo. Es la literatura misma la que parece entrar y salir del escenario, mezclándose con la música, con el humor, con el ritmo de los cambios, con la plasticidad del montaje, con el gusto por la referencia compartida.
En ese punto, los guiños a Cervantes y la presencia literaria de Don Quijote y Sancho Panza resultan especialmente sabrosos. No aparecen como una erudición metida con calzador, sino como una declaración de principios: Alicia no viaja solo por el territorio de Carroll, sino por la república de los libros. Y qué natural resulta entonces que Don Quijote y Sancho asomen por ese país de maravillas, porque tampoco ellos están tan lejos. También ellos leyeron el mundo de otra manera. También ellos desafiaron la grisura de lo literal. También ellos hicieron de la imaginación una forma de realidad. La huella cervantina no distrae del núcleo de la obra, sino que lo enriquece y lo expande.
Y ahí aparece, aunque sea de pasada, la sola mención del bálsamo de Fierabrás, suficiente ya para encender la imaginación de quienes siguen siendo lectores vivos y de quienes ya han descubierto, con hambre y con gozo, las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza. Basta nombrarlo para que se abra, detrás de esa alusión, todo un mundo de resonancias. Basta su recuerdo para que la escena se ensanche y deje entrar otra vez la literatura dentro de la literatura, la memoria lectora dentro del juego teatral, la música de los libros dentro de la música misma de la adaptación. Ahí está uno de los placeres más finos del montaje: comprender que los grandes textos se visitan unos a otros, se citan sin solemnidad, se llaman de lejos y se reconocen.
Ese diálogo entre tradiciones no enfría la función. La vuelve más rica. La vuelve más desternillante, incluso. Porque el montaje tiene gracia, tiene velocidad, tiene una alegría muy bien entendida del cambio continuo. Hay apariciones súbitas, mutaciones, sorpresas visuales, irrupciones que ensanchan el espacio y devuelven al escenario esa condición de caja de asombros que el teatro familiar debería proteger siempre. También la presencia de algún gigante contribuye a esa sensación de desproporción jubilosamente infantil, de mundo agrandado, de realidad corrida de su tamaño ordinario. Y, sin embargo, nada se dispersa. Todo parece estar al servicio de una misma idea: mostrar que la imaginación no es un añadido decorativo, sino la corriente central que atraviesa los libros y, cuando el teatro acierta, vuelve a atravesar la sala entera.

Ahí el reparto juega un papel decisivo. Silvia Alcázar, Javier Moncada, César Alcázar, Lem Rabadán, Alex González y Juan Bravo sostienen la función no como un escaparate de personajes célebres, sino como un organismo coral que debe pasar con rapidez del humor al extrañamiento, de la agilidad musical al guiño literario, del juego físico a la complicidad con el patio de butacas. Lo más valioso de su trabajo es que no ejecuta una colección de estampas: fabrica una circulación. Hace que todo fluya. Que el Conejo Blanco no sea solo un conejo. Que el Sombrerero no sea solo un sombrero. Que cada figura entre y salga con una energía que mantiene viva la respiración del espectáculo. Los créditos artísticos y técnicos del montaje confirman precisamente esa apuesta por una maquinaria de conjunto: adaptación de Llanos Campos, dirección de Javier Moncada, música y dirección musical de Silvia Garal y Álvaro Negro, con sonido de Álvaro Negro, iluminación de Iñigo Benítez y escenografía de Las Ideas del Ático.
También la música merece un elogio particular. No acompaña desde fuera: va enlazando la función de manera muy divertida, muy orgánica, muy cómplice. Teje puentes entre escenas, sostiene cambios de atmósfera, hace de la transición un placer y no una simple necesidad técnica. Esa ligereza musical, tan bien engarzada en la dramaturgia, ayuda a que el espectáculo no se convierta nunca en una conferencia sobre los libros, sino en una fiesta escénica que defiende los libros con sus propios medios. Ahí está una de las virtudes más finas del montaje: reconocer su apuesta pedagógica y teatral sin perder nunca la alegría. Porque sí, esta Alicia tiene una pedagogía clara, pero una pedagogía de las buenas, de las que no explican desde arriba, sino que despiertan desde dentro el deseo de seguir leyendo.
Y ese deseo se vuelve especialmente visible en la relación con las familias. La función no construye una suma de edades, sino una comunidad provisional de espectadores que ríen, reconocen, siguen el ritmo, participan y terminan formando parte del mismo latido de la sala. El Teatro de Rojas de Toledo, además, inserta esta propuesta en una línea estable de teatro y danza en familia, una apuesta única, auténtica, necesaria y de calidad, con un ciclo propio, abonos específicos y una clara conexión con campañas escolares y materiales didácticos. Esa continuidad no es un adorno administrativo. Es una idea de institución: la de un teatro público que entiende que la escena para familias merece estructura, cuidado y exigencia.
Por eso el final musical de la obra tiene un valor mayor que el de una simple despedida amable. El teatro entero, casi unánimemente, se deja llevar por el estribillo final. Se canta. Se participa. Se sale con la música todavía rondando. Y ese cierre compartido no rebaja nada; al contrario, confirma la vocación del espectáculo. La literatura aquí no se presenta como un acto solitario y hosco, sino como una experiencia que puede convocar cercanía, complicidad y memoria común. Leer, parece decir la función, también sirve para esto: para cantar juntos, para reconocerse en una historia, para tender puentes entre generaciones, para que la familia deje de ser solo acompañamiento y se convierta también en comunidad lectora.
Hay además un detalle de una inteligencia hermosa: la lectura de Alicia reaparece al final. La obra vuelve al libro del que salió. Y esa forma circular, comenzar con una niña ante un libro y terminar devolviéndonos a él, le da al montaje una coherencia muy poco frecuente. Como si todo el viaje por el País de las Maravillas hubiera tenido, en el fondo, un único propósito: recordar que el teatro puede conducirnos de nuevo a la lectura y que la lectura, a su vez, puede abrirnos de nuevo el teatro. Es un regreso lleno de sentido. El principio y el final se tocan. La primera pregunta vuelve enriquecida por todo lo que ha ocurrido entre medias.
Y acaso ahí resida el logro más hondo de esta Alicia. No solo en haber levantado un musical ágil, culto, divertido y participativo. No solo en haber trenzado con soltura vídeos, música, cambios rápidos, humor, referencias literarias, presencia cervantina, Sombrerero, conejo, gigantes y canciones. Su logro mayor está en haber recordado con una claridad jubilosa que la lectura sigue siendo una invitación constante a la imaginación y a la creatividad. Que los libros ayudan a soñar, sí, pero también a vivir mejor con otros. Que ayudan a la amistad porque dan conversación y símbolos compartidos. Que ayudan a la libertad porque ensanchan la mirada. Que ayudan, en fin, a que la realidad no se nos quede pequeña.
“¿De qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?”. Sirve para esto. Sirve para que Alicia entre en escena y el teatro entero vuelva a leer. Sirve para que el Conejo Blanco lance su llegaré tarde y nos recuerde que todavía estamos a tiempo. Sirve para que el Sombrerero convierta cualquier día en un no cumpleaños de la imaginación. Sirve para que Don Quijote y Sancho crucen también, desde su presencia literaria, por el País de las Maravillas, y para que hasta el bálsamo de Fierabrás, apenas nombrado, despierte una biblioteca entera en la memoria de los lectores. Sirve para que, al salir del Teatro de Rojas de Toledo, uno no sienta solo que ha visto una función, sino que debe volver a casa y abrir un libro.
Y todavía más. Sirve para recordar que leer no puede seguir siendo una actividad arrinconada en la nostalgia, ni una costumbre defendida con voz baja, ni una obligación que se arrastra como tarea. Leer tiene que volver a ser una fiesta de la inteligencia, una urgencia del corazón y una forma de teatro interior. Hace falta recuperar el temblor de la página, el hambre de las historias, la respiración compartida de los grandes personajes, la conversación secreta entre autores, músicas, imágenes y escenas. Hace falta que niños, adolescentes y adultos regresen a los libros no por disciplina, sino por deseo. Y cuando un espectáculo como este, acogido por el Teatro de Rojas de Toledo dentro de su apuesta única, auténtica, necesaria y de calidad por el teatro familiar, consigue que el público salga cantando, sonriendo y con ganas de leer, entonces el teatro ha cumplido una de sus misiones más altas: no solo entretener una tarde, sino devolverle al mundo lectores.
Ficha técnica
Obra: Alicia en el País de las Maravillas
Compañía: Teatro Narea
Adaptación y dramaturgia: Llanos Campos
Dirección: Javier Moncada
Música y dirección musical: Silvia Garal y Álvaro Negro
Intérpretes: Silvia Alcázar, Javier Moncada, César Alcázar, Lem Rabadán, Alex González y Juan Bravo
Sonido: Álvaro Negro
Iluminación: Iñigo Benítez
Escenografía: Las Ideas del Ático
Equipo creativo asociado: Javier Bercebal.














